Le dio la impresión de que Sulin tardaba mucho en salir, y cuando lo hizo no contribuyó a que su ánimo mejorara. Sosteniendo en alto la solapa de la tienda para que entrara, pasó un dedo por el cuchillo del cinto con aire desdeñoso mientras él pasaba agachado.
—Deberías ir armado para esta danza, Perrin Aybara —comentó.
Dentro, se sorprendió al encontrar a las seis Sabias sentadas, con las piernas cruzadas, sobre cojines con borlas de colores muy vivos, los chales atados al talle y las faldas extendidas en perfectos abanicos sobre las alfombras. Había esperado que estuviese Edarra sola. Ninguna parecía cuatro o cinco años mayor que él, y algunas ni eso; aun así, de algún modo, siempre lo hacían sentirse como si se encontrara ante las componentes de mayor edad del Círculo de Mujeres, las mismas que se habían pasado años aprendiendo a olfatear todo aquello que quería ocultarles. Distinguir el efluvio de una mujer del de otra era casi imposible, pero la verdad es que tampoco le hacía falta. Seis pares de ojos se clavaron en él, desde los azules pálidos de Janina hasta los purpúreos de Marline, por no mencionar los verdes y penetrantes de Nevarin. Todos podrían haber pasado por punzones.
Edarra le indicó con un gesto brusco que se sentara, cosa que Perrin agradeció, aunque así se quedaba cara a cara con todas ellas, que formaban un semicírculo. Quizá las Sabias habían diseñado esas tiendas para obligar a los hombres a tener doblado el cuello si querían quedarse de pie. Curiosamente, hacía más fresco en el oscuro interior, pero él seguía sintiéndose sudoroso. Tal vez no pudiese distinguir un efluvio de otro, pero esas mujeres olían como lobos acechando una cabra atada. Un gai’shain de rostro cuadrado, que debía de sacarle dos cabezas, se arrodilló para ofrecerle una copa dorada con un ponche oscuro, sobre una bandeja de plata labrada. Las Sabias ya tenían copas de plata disparejas. Sin saber qué podría significar que a él se la dieran de oro —quizá nada, pero ¿quién sabía, con los Aiel?—, Perrin la cogió con cuidado. Olía a ciruelas. El tipo inclinó la cabeza con gran humildad cuando Edarra dio unas palmadas, y salió agachado de la tienda, caminando hacia atrás; el tajo medio curado que tenía en el rostro debía de datar de los pozos de Dumai.
—Ahora que estás aquí —empezó Edarra tan pronto como la solapa de la entrada cayó detrás del gai’shain—, volveremos a explicarte por qué debes matar al hombre llamado Masema Dagar.
—No deberíamos explicarlo otra vez —intervino Delora. Su cabello y sus ojos eran casi del mismo tono que los de Maighdin, pero nadie podría calificar de bonita su cara afilada. Su actitud era gélida—. Ese tal Masema Dagar es un peligro para el Car’a’carn. Debe morir.
—Las caminantes de sueños nos lo han dicho, Perrin Aybara. —Carelle sí era bonita, y aunque su cabello pelirrojo y sus penetrantes ojos revelaban un gran temperamento, siempre se mostraba afable. Para ser una Sabia, se entiende. Y desde luego no era blanda—. Han leído el sueño. El hombre debe morir.
Perrin tomó un sorbo de ponche de ciruelas para ganar tiempo; de algún modo, el ponche estaba frío. El asunto se repetía cada vez que estaba con ellas. Rand no había mencionado ninguna advertencia de las caminantes de sueños, y era lo que había comentado la primera vez que surgió el tema. No volvió a hacerlo; habían pensado que dudaba de su palabra, e incluso Carelle se había encrespado. No es que pensara que mentían. No exactamente. No les había pillado en ningún renuncio, en cualquier caso. Pero, lo que ellas querían para el futuro y lo que quería Rand —y lo que quería él mismo, ya puestos—, podrían ser cosas distintas. Tal vez era Rand el que se reservaba secretos.
—Si al menos pudieseis darme alguna idea de cuál es ese peligro —dijo finalmente—. La Luz sabe que Masema está loco, pero él apoya a Rand. Eso faltaría, que fuera por ahí matando personas que están de nuestra parte. A buen seguro que así convencería a la gente de que se uniera a Rand.
No entendieron el sarcasmo. Se limitaron a mirarlo fijamente, sin parpadear.
—El hombre debe morir —insistió finalmente Edarra—. Basta con que lo hayan dicho tres caminantes de sueños, y que seis Sabias te lo digan a ti.
Lo mismo de siempre. Quizá no conocían otra canción. Y quizás él debería entrar en el tema que lo había llevado allí.
—Quiero hablar de Seonid y Masuri —manifestó, y seis rostros se tornaron fríos como escarcha. ¡Luz, las miradas impertérritas de esas mujeres podían lograr que hasta una piedra apartara la vista! Dejó la copa a un lado y se inclinó hacia ellas, obstinadamente—. Se supone que he de demostrar a la gente que las Aes Sedai han jurado fidelidad a Rand. —De hecho, se suponía que debía demostrárselo a Masema, pero ahora no parecía el momento adecuado para mencionar tal cosa—. ¡No se mostrarán muy dispuestas a colaborar si vosotras las golpeáis! ¡Luz! ¡Son Aes Sedai! En lugar de hacerles acarrear agua, ¿por qué no aprendéis algo de ellas? Deben de saber todo tipo de cosas que vosotras ignoráis. —Demasiado tarde, se mordió la lengua. Las Aiel no se ofendieron, sin embargo; al menos, no lo exteriorizaron.
—Saben algunas cosas que nosotras no sabemos —respondió con firmeza Delora—. Y nosotras sabemos otras que ellas ignoran. —Tan firme como la punta de una lanza en sus costillas.
—Aprendemos lo que hay que aprender, Perrin Aybara —dijo sosegadamente Marline mientras se peinaba con los dedos el cabello casi negro. Era uno de los pocos Aiel que Perrin había visto con un pelo tan oscuro, y a menudo la mujer jugueteaba con él—. Y enseñamos lo que hay que enseñar.
—En cualquier caso —intervino Janina—, no es de tu incumbencia. Los hombres no interfieren entre las Sabias y las aprendizas. —Sacudió la cabeza desdeñosamente por la necedad del varón.
—Puedes dejar de escuchar desde fuera y entrar, Seonid Traighan —dijo de repente Edarra.
Perrin parpadeó sorprendido, pero ninguna de las mujeres movió una sola pestaña. Hubo un instante de silencio y luego la solapa de la entrada se apartó a un lado; Seonid se agachó para pasar y se arrodilló rápidamente en las alfombras. La tan cacareada serenidad Aes Sedai se había hecho añicos en ella. Su boca era una fina línea, sus ojos estaban apretados y sus mejillas ardían. Olía a ira, a frustración y a una docena más de emociones, todas sucediéndose con tal rapidez que Perrin apenas las distinguía.
—¿Puedo hablar con él? —preguntó con voz tensa.
—Si tienes cuidado con lo que dices… —respondió Edarra. La Sabia sorbió un poco de vino sin dejar de mirar por encima del borde de la copa. ¿Una maestra observando a su pupila? ¿Un halcón observando a un ratón? Perrin no habría sabido decirlo. Excepto que Edarra estaba muy segura de cuál era su lugar, fuese lo uno o lo otro. Al igual que Seonid. Pero eso mismo no rezaba en su caso. La Aes Sedai se giró sobre las rodillas para mirarlo a la cara, con la espalda bien recta y los ojos echando chispas. La rabia privaba sobre las demás emociones.
—Sea lo que sea lo que sepas, lo que crees que sabes —dijo coléricamente—, ¡lo olvidarás! —No, no quedaba en ella ni una brizna de serenidad—. ¡Lo que quiera que ocurra entre las Sabias y nosotras es asunto nuestro! ¡Te quedarás al margen, apartarás la vista y mantendrás la boca cerrada!
Estupefacto, Perrin se pasó los dedos por el cabello.
—Luz, ¿te enfadas porque sé que te han dado de varazos? —preguntó con incredulidad. Bueno, a él le habría pasado igual, aunque no si esa circunstancia se unía a todo lo demás—. ¿No sabes que estas mujeres podrían cortarte el cuello con la misma indiferencia con que te miran? ¡Te degollarían y te dejarían tirada a un lado del camino! ¡Bien, pues yo me prometí a mí mismo que no permitiría que ocurriera tal cosa! ¡No me caes bien, pero prometí protegeros de las Sabias o de los Asha’man o del propio Rand, así que deja de alzar el gallo conmigo!