Tras saludar con un leve cabeceo a Sulin y a las Doncellas, que seguían bajo el cedro como si hubiesen echado raíces, Perrin dio media vuelta para marcharse y entonces se detuvo. Dos hombres subían la colina, uno de ellos un Aiel con el cadin’sor pardo, el arco estuchado colgado a la espalda, una aljaba repleta de flechas a la cadera y las lanzas y la adarga de cuero en la mano. Gaul era un amigo, y el único Aiel varón del campamento que no vestía de blanco. Su compañero, una cabeza más bajo que él, cubierto con un sombrero de ala ancha y vestido con chaqueta y pantalones de color verde apagado, no era Aiel. También llevaba una aljaba llena colgada del cinturón, y un cuchillo aún más largo y pesado que el de Gaul, pero llevaba en la mano el arco, más corto que los de Dos Ríos, pero más largo que los de asta de los Aiel. A pesar de sus ropas, no tenía aspecto de granjero y tampoco de hombre de ciudad. Tal vez fue su cabello gris, atado en la nuca y largo hasta la cintura, o la barba que se extendía sobre su pecho o quizás el modo en que se movía, muy semejante al del hombre que caminaba a su lado, deslizándose alrededor de los arbustos para asegurarse de que ninguna ramita chasquearía a su paso ni ningún hierbajo se quebraría bajo sus pies, por lo que Perrin lo reconoció aunque no lo veía desde lo que a él le parecía muchísimo tiempo.
Al llegar a la cumbre, Elyas Machera miró intensamente a Perrin, con sus ojos dorados brillando débilmente bajo la sombra del ala del sombrero. Sus iris se habían vuelto de ese color años antes que los de Perrin; Elyas le había presentado a los lobos. Por entonces vestía con pieles.
—Me alegra volver a verte, muchacho —saludó quedamente. El sudor le brillaba en el rostro, aunque poco más que a Gaul—. ¿Por fin abandonaste esa hacha? Creía que nunca dejarías de odiarla.
—Aún la odio —contestó Perrin en un tono igualmente bajo. Mucho tiempo atrás, el otrora Guardián le había dicho que conservase el hacha hasta que ya no detestara usarla. ¡Luz, pero todavía la aborrecía! Y ahora tenía más razones para ello—. ¿Qué haces por está parte del mundo, Elyas? ¿Dónde te encontró Gaul?
—Él me encontró a mí —dijo el Aiel—. Ignoraba que lo tenía detrás hasta que tosió. —Habló en voz lo bastante alta para que lo oyeran las Doncellas, y la repentina quietud en ellas fue casi palpable.
Perrin esperaba como poco unos cuantos comentarios hirientes —el humor Aiel podía ser corrosivo, y las Doncellas aprovechaban cualquier oportunidad para lanzar pullas al hombre de ojos verdes—, pero en cambio, algunas de las mujeres cogieron lanzas y adargas para golpearlas entre sí a fin de demostrar su aprobación. Gaul asintió en un gesto de elogio.
Elyas gruñó de forma ambigua y se tocó el ala del sombrero, pero olía a complacido. Era muy poco lo que merecía la aprobación de los Aiel a ese lado de la Pared del Dragón.
—Me gusta moverme —le contestó a Perrin—, y dio la casualidad de que me encontraba en Ghealdan cuando unos amigos comunes me dijeron que viajabas con toda esta procesión. —No nombró a los amigos comunes; no era sensato hablar abiertamente de que se conversaba con los lobos—. Me contaron un montón de cosas. Y que olían un cambio próximo, aunque no sabían qué. A lo mejor tú lo sabes. He oído que has andado en compañía del Dragón Renacido.
—Pues no lo sé —contestó lentamente Perrin. ¿Un cambio? No se le había ocurrido preguntar a los lobos nada más que dónde se encontraban los grandes grupos de hombres, para así evitarlos. Incluso allí, en Ghealdan, a veces se sentía culpable con ellos por los lobos muertos en los pozos de Dumai. ¿Qué clase de cambio?—. Indudablemente Rand está cambiando cosas, pero no sabría decir a qué se refieren. Luz, el mundo entero está dando vueltas de campana, a pesar de él.
—Todo cambia —dijo Gaul displicente—. Hasta que despertamos, los sueños se deslizan en el viento. —Los observó un instante a Elyas y a él, comparando sus ojos, a buen seguro, pero no comentó nada; al parecer, los Aiel consideraban los iris dorados como una peculiaridad más entre los habitantes de las tierras húmedas—. Os dejaré para que podáis hablar. Los amigos largo tiempo separados necesitan conversar a solas. Sulin, ¿están Chiad y Bain por aquí? Las vi cazando ayer, y pensé que podría enseñarles cómo tensar un arco antes de que cualquiera de ellas se dispare a sí misma.
—Me sorprendió verte regresar hoy —respondió la mujer de cabello blanco—. Esas dos salieron a poner trampas para conejos.
Estallaron las risas entre las Doncellas, y los dedos se movieron con rapidez en el lenguaje de señas.
Suspirando, Gaul puso los ojos en blanco de manera ostentosa.
—En ese caso, creo que iré a soltarlas. —Aquello también hizo reír a las Doncellas, incluida Sulin—. Que encuentres sombra en este día —le dijo a Perrin, una despedida habitual entre amigos, pero a Elyas le estrechó el brazo y manifestó—: Mi honor es tuyo, Elyas Machera.
—Un tipo raro —murmuró Elyas mientras seguía con la mirada a Gaul, que descendía al trote por la ladera—. Cuando tosí, se giró, listo para matarme, creo, y entonces, en lugar de eso, se echó a reír. ¿Tienes algún inconveniente en que vayamos a otra parte? No conozco a la hermana que está intentando matar a golpes esa alfombra, pero no me gusta correr riesgos con ninguna Aes Sedai. —Sus ojos se estrecharon—. Gaul me contó que hay tres con vosotros. No planearás encontrarte con ninguna más, ¿verdad?
—Espero que no —contestó Perrin. Masuri miraba en su dirección entre golpe y golpe de sacudidor; no tardaría en enterarse de lo de los ojos de Elyas, y empezaría a tratar de sonsacarle qué más cosas tenían en común y qué vínculos había entre los dos—. Vamos, ya debería estar de regreso en mi propio campamento, de todos modos. ¿Te preocupa encontrarte con alguna Aes Sedai que te conozca?
Los días de Elyas como Guardián habían llegado a su fin cuando se descubrió que podía hablar con los lobos. Algunas hermanas tomaron aquello como la marca del Oscuro, y él tuvo que matar a otros Gaidin para escapar.
El hombre mayor esperó hasta que se hubieron alejado una docena de pasos de las tiendas antes de contestar, e incluso entonces lo hizo en voz baja, como si sospechase que alguien a su espalda tuviese un oído tan agudo como ellos.
—Con que una conozca mi nombre, ya será mal asunto. Los Guardianes no huyen a menudo, muchacho. La mayoría de las Aes Sedai liberarían a un hombre que quisiera marcharse. No todas. Y, en cualquier caso, puede seguirte la pista por muy lejos que huyas si decide darte caza. Pero cualquier hermana que encuentre un renegado, pasará sus ratos de ocio dedicada a hacerle desear no haber nacido. —Tembló ligeramente. Su olor no era de miedo, sino de expectativa del dolor—. Después se lo entregará a su Aes Sedai para que sirva de lección. Un hombre no vuelve a ser el mismo después de eso. —Al inicio de la cuesta, miró hacia atrás. Masuri parecía querer realmente matar la alfombra, enfocando toda su rabia en intentar abrirle un agujero a golpes, pero Elyas volvió a temblar—. Lo peor sería toparme con Rina. Preferiría quedarme atrapado en un incendio forestal, con las dos piernas rotas.
—¿Rina es tu Aes Sedai? Pero ¿cómo ibas a toparte con ella? El vínculo te permite saber dónde se encuentra. —Aquello removió algo en la memoria de Perrin, pero lo que quiera que fuera se desvaneció con la respuesta de Elyas.