—En los tiempos que corren, actuar así probablemente fue lo más juicioso —respondió Perrin con cuidado—. Pero tendréis que manifestaros abiertamente antes o después, en un sentido u otro. —Cortés y al grano, era lo mejor. Una reina no querría perder el tiempo con un tipo que decía tonterías. Y él no quería decepcionar a Faile comportándose otra vez como un patán—. ¿Por qué vinisteis personalmente? Sólo teníais que enviar una carta o dar vuestra respuesta a Berelain. ¿Os declararéis a favor de Rand o no? En cualquier caso, no temáis en cuanto a regresar sana y salva a Bethal. —Muy acertado eso. Cualesquiera otras cosas que pudieran atemorizarla, encontrarse sola allí debía de ser una.
Faile lo observaba, aunque simulaba lo contrario, mientras bebía el ponche y dirigía sonrisas a Alliandre, pero él captó las fugaces ojeadas que le echaba. Berelain no fingía en absoluto, y lo observaba abiertamente, con los ojos ligeramente entrecerrados, sin apartarlos un momento de su rostro. La mirada de Annoura era igualmente atenta, tan pensativa como la de la Principal. ¿Es que todas creían que iba a cometer otro desliz?
—La Principal me ha hablado mucho de vos, lord Aybara —comentó la reina, sin responder la pregunta importante—, y del lord Dragón Renacido, que la Luz bendiga su nombre. —Eso último sonó a algo aprendido de memoria, a coletilla que se añade sin pensar—. No podía verlo a él antes de tomar mi decisión, de modo que quería veros a vos, formarme un juicio. Se puede descubrir mucho sobre un hombre por los que elige para que hablen en su nombre. —Inclinó la cabeza hacia la copa que tenía en la mano y miró a Perrin a través de las pestañas. Viniendo de Berelain, eso habría sido coquetear, pero Alliandre observaba cautelosamente a un lobo, tan seguro como que estaba frente a ella—. También vi vuestras banderas —añadió quedamente—. La Principal no las mencionó.
A pesar de sí mismo, Perrin frunció el entrecejo. ¿Que Berelain le había contado mucho sobre él? ¿Qué le había dicho?
—Las banderas están para que se vean. —La ira puso un dejo duro en su voz, que requirió un gran esfuerzo por su parte tragárselo. Vaya, Berelain sí que era una mujer que necesitaba que le gritaran—. Creedme, no existen planes de resucitar a Manetheren. —Bien, su tono era tan frío como el de Alliandre—. ¿Cuál es vuestra decisión? Rand puede situar aquí diez mil soldados, o cien mil, en un abrir y cerrar de ojos, o casi. —Y quizá tuviera que hacerlo. ¿Los seanchan en Amador y en Ebou Dar? Luz, ¿cuántos serían?
Alliandre sorbió delicadamente el ponche antes de hablar y de nuevo soslayó la pregunta.
—Corren miles de rumores, como sabréis, e incluso el más disparatado es verosímil cuando el Dragón ha renacido, aparecen gentes extrañas que afirman ser el ejército de Artur Hawkwing que regresa, y la propia Torre está dividida por la rebelión.
—Eso es asunto de las Aes Sedai —espetó bruscamente Annoura—. No le concierne a nadie más.
Berelain lanzó una mirada exasperada a la hermana, que fingió no advertirlo.
El semblante de Alliandre acusó una ligera crispación y la soberana se giró un poco a fin de no tener de frente a la Gris. Ni que fuese reina ni que no, nadie quería oír ese tono en boca de una Aes Sedai.
—El mundo se está volviendo del revés, lord Aybara. Vaya, pero si incluso me han llegado informes de Aiel saqueando un pueblo justo aquí, en Ghealdan.
De pronto Perrin comprendió que había algo más en la mujer que la mera ansiedad por haber ofendido a una Aes Sedai. Alliandre lo miró, esperando. Pero ¿qué? ¿A que le diese alguna seguridad que la tranquilizara?
—Los únicos Aiel en Ghealdan están conmigo —le dijo—. Los seanchan pueden ser descendientes del ejército de Artur Hawkwing, pero Hawkwing lleva mil años muerto. Rand ya se encargó de ellos en una ocasión y volverá a hacerlo. —Recordaba Falme tan claramente como los pozos de Dumai, a pesar de que intentaba olvidarlo. Sin duda no había habido suficientes allí para tomar Amador y Ebou Dar, incluso con sus damane. Balwer aseguraba que también tenían soldados taraboneses—. Y quizás os alegre saber que esas Aes Sedai rebeldes apoyan a Rand. O lo harán pronto.
Eso era lo que Rand decía, un puñado de Aes Sedai que no tenía a donde ir salvo con él. Perrin no lo veía tan claro. Por Ghealdan corría el rumor de que un ejército acompañaba a esas hermanas. Por supuesto, ese mismo rumor hablaba de un número de Aes Sedai en dicho grupo mayor incluso que el que había en todo el mundo, pero aun así… ¡Luz, ojalá hubiese alguien que pudiera darle seguridad a él!
—¿Por qué no nos sentamos? —sugirió—. Responderé cualquier pregunta que queráis plantearme a fin de ayudaros a tomar una decisión, pero podríamos hacer lo mismo estando cómodos.
Se acercó una de las sillas plegables y recordó a tiempo no sentarse de golpe en ella, pero aun así el mueble crujió bajo su peso.
Lini y las otras dos sirvientas corrieron para poner más sillas en un círculo con la suya, pero ninguna de las otras mujeres se acercó a ellas. Alliandre lo miraba, y los demás la miraban a ella, excepto Gallenne, que se sirvió otra copa de ponche de una jarra de plata.
Perrin cayó en la cuenta de que Faile no había vuelto a abrir la boca después del comentario sobre los comerciantes. Agradecía el silencio de Berelain, del mismo modo que agradecía que no le hubiese hecho ojitos delante de la reina, pero le habría venido bien alguna ayuda por parte de su mujer en ese momento. Un pequeño consejo. Luz, Faile sabía diez veces más que él qué hacer o decir en esa situación.
Preguntándose si debería ponerse de pie como los demás, dejó su copa de ponche en una de las mesitas y, de un modo sutil, le pidió que hablase ella con Alliandre.
—Si alguien sabe cómo hacerle ver el mejor curso para seguir, adelante —dijo. Faile le dedicó una sonrisa complacida, pero siguió muda.
Inopinadamente, Alliandre soltó su copa a un lado, sin mirar, como si esperase que hubiese una bandeja allí mismo. Había una, apenas a tiempo de coger la copa, y Maighdin, que era quien la sostenía, murmuró algo que Perrin esperó que Faile no hubiese oído. Su mujer era inflexible con los criados que usaban esa clase de lenguaje. Hizo intención de incorporarse cuando Alliandre se aproximó a él, pero, para su estupefacción, la reina se arrodilló grácilmente ante él y lo cogió de las manos. Antes de que supiera qué hacía, ella giró las muñecas de manera que sus manos se unieron dorso contra dorso entre las palmas de él. Se las aferraba con tal fuerza que debían de dolerle; desde luego, no estaba seguro de que él hubiese podido soltarse sin lastimarla.
—Con la Luz por testigo —empezó en voz firme, mirándolo a los ojos—, yo, Alliandre Maritha Kigarin, prometo fidelidad y servicio a lord Perrin Aybara de Dos Ríos, ahora y para siempre, salvo que él decida exonerarme por propia voluntad. Mis tierras y mi trono son suyos, y los pongo en sus manos. Así lo juro.
Por un instante reinó el silencio, roto únicamente por la ahogada exclamación de Gallenne y el apagado golpe de su copa al caer en la alfombra.
Entonces Perrin oyó a Faile, de nuevo en un susurro tan quedo que ninguna persona cerca de ella podría haber percibido sus palabras: «Con la Luz por testigo, acepto vuestra promesa y juro defenderos y protegeros a vos y a los vuestros a través de la guerra y sus azares, del invierno y sus rigores y de todo lo que el tiempo depare. Las tierras y el trono de Ghealdan os los entrego como mi fiel vasalla. Por la Luz, acepto…». Ésa debía de ser la forma de aceptación de los saldaeninos. Gracias a la Luz que su esposa estaba demasiado concentrada en él para advertir el cabeceo enérgico de Berelain apremiándolo a lo mismo. ¡Parecía como si las dos hubiesen esperado que sucediese aquello! Por el contrario, Annoura, boquiabierta, estaba tan pasmada como él, igual que un pez que ve desaparecer el agua.