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Se produjo un largo silencio.

—Al este —aceptó después Therava. Pronunció las palabras suavemente; la suavidad de la seda extendida sobre un afilado acero—. Pero recuerda que algunos jefes de clan han vivido para lamentar haber rehusado demasiado a menudo seguir el consejo de una Sabia. También puede ocurrirte a ti. —La amenaza era patente en su voz y en su rostro, ¡pero Sevanna se echó a reír!

—¡Y tú recuerda esto, Therava! ¡Recordadlo, todas! ¡Si se me deja para pasto de buitres, correréis la misma suerte todas! Me he asegurado de que ocurra así, llegado el caso.

Las otras mujeres intercambiaron miradas preocupadas, excepto Therava, y Modarra y Norlea fruncieron el ceño.

Sentada sobre los talones, sollozando e intentando en vano aliviar la piel quemada con sus manos, Galina se encontró preguntándose qué significarían esas amenazas. Fue un pensamiento pequeño, que se abrió paso a través de la mortificante autocompasión. Cualquier cosa que pudiese utilizar contra esas mujeres sería bienvenida. Si se atrevía a usarla. Qué idea tan amarga.

De repente cayó en la cuenta de que el cielo se estaba poniendo oscuro. Nubes arremolinadas avanzaban desde el norte, cubriéndolo de gris y negro, ocultando el sol. Y bajo las nubes, ráfagas de nieve se arremolinaban en el aire. Ningún copo cayó al suelo —algunos llegaron a las copas de los árboles—, pero Galina se quedó boquiabierta. ¿Había perdido el Gran Señor su control sobre el mundo por alguna razón?

Las Sabias también miraban el cielo de hito en hito, boquiabiertas como si jamás hubiesen visto nubes, y mucho menos nieve.

—¿Qué es eso, Galina Casban? —demandó Therava—. ¡Habla si lo sabes! —No apartó la vista del cielo hasta que Galina le contestó que era nieve, y cuando lo hizo se echó a reír—. Siempre pensé que los hombres que dieron caza a Laman Asesino del Árbol mentían sobre la nieve. ¡Esto no frenaría ni a un ratón!

Galina cerró la boca para acallar la explicación sobre las nevadas, horrorizada de que su instinto hubiese sido tratar de ganarse el favor de la mujer. Espantada también por la fugaz sensación de placer que le produjo reservarse información. «¡Soy la Altísima del Ajah Rojo! —se recordó—. ¡Me siento en el Consejo Supremo del Ajah Negro!» Sonaba a mentiras. ¡No era justo!

—Si hemos acabado aquí —dijo Sevanna—, llevaré a la gai’shain al gran techo y me ocuparé de ponerla de blanco. Vosotras podéis quedaros a contemplar la nieve si queréis.

Su tono era tan suave, como mantequilla en la cubeta, que nadie habría imaginado que un momento antes estaba a matar con las demás. Se colocó el chal a la altura de los codos y se arregló algunos de los collares, como si no le preocupara nada más.

—Nosotras nos haremos cargo de la gai’shain —le contestó Therava con idéntica suavidad—. Ya que actúas como el jefe, te aguarda un largo día y gran parte de la noche ocupándote de todo si vamos a partir mañana.

Durante un instante los ojos de Sevanna centellearon otra vez, pero Therava se limitó a chasquear los dedos, haciendo un ademán perentorio a Galina, antes de darse media vuelta para marcharse.

—Ven conmigo —instó—. Y deja de hacer pucheros.

Gacha la cabeza, la Aes Sedai se puso de pie con dificultad y fue en pos de Therava y las otras mujeres que podían encauzar. ¿Hacer pucheros? ¡Tal vez se había puesto ceñuda, pero jamás habría hecho pucheros! Sus pensamientos buscaron desesperadamente una salida, cual ratas enjauladas, sin hallar esperanza de huida. ¡Tenía que haberla! ¡Tenía que haber una! Una idea que afloró en medio del torbellino casi la hizo ponerse a llorar otra vez. ¿Serían las ropas de gai’shain más suaves que la áspera lana negra que la habían obligado a llevar? ¡Tenía que haber una salida! Al echar una rápida ojeada hacia atrás, a través de los árboles, vio que Sevanna seguía plantada en el mismo sitio, contemplándolas con expresión iracunda. En lo alto, las nubes se arremolinaban y los copos de nieve se fundían en el aire del mismo modo que se desvanecían las esperanzas de Galina.

12

Nuevas alianzas

Graendal deseó que hubiese habido algo tan simple como un transcriptor entre las cosas que sacó de Illian tras la muerte de Sammael. La era actual era por lo general espantosa, primitiva e incómoda. No obstante, había cosas que le agradaban. En una gran jaula de bambú, al otro extremo de la estancia, un centenar de pájaros de llamativos colores cantaban melodiosamente, igualando casi en hermosura a sus dos animalitos de compañía con sus ropas transparentes, que aguardaban a cada lado de la puerta, prendidos los ojos en ella, ansiosos por complacerla. Si las lámparas de aceite no daban tanta luz como los globos radiantes, reforzadas por los grandes espejos de las paredes proporcionaban cierto esplendor primitivo con el techo de escamas doradas. Habría sido agradable no tener más que pronunciar las palabras, pero, en realidad, ponerlas sobre papel con su propia mano le producía un placer semejante al que sentía bosquejando. La escritura de esa época era muy simple, y aprender a copiar el estilo de otra persona, falsificándolo, tampoco le había costado mucho.

Firmó con una rúbrica —no con su nombre, por supuesto—, espolvoreó arena sobre la gruesa hoja y luego la dobló y la selló con uno de los anillos, de diferentes tamaños, que formaban una decorativa fila sobre el escritorio. La Mano y la Espada de Arad Doman quedaron impresas en un círculo irregular de cera azul verdosa.

—Lleva esto a lord Ituralde con la mayor rapidez —ordenó—. Y di sólo lo que te indiqué.

—Tan rápido como los caballos puedan llevarme, milady. —Nazran inclinó la cabeza y cogió la carta mientras se atusaba con un dedo el fino bigote negro que enmarcaba su sonrisa. Membrudo, de tez muy morena, vestido con chaqueta azul, era apuesto, aunque no suficientemente atractivo—. Esta misiva me la entregó lady Tuva, que murió por las heridas recibidas después de contarme que era un correo de Alsalam y que la había atacado un Hombre Gris.

—Asegúrate de que tenga manchas de sangre humana —advirtió. Dudaba que nadie en ese momento supiera distinguir la sangre humana de cualquier otra, pero se había encontrado con tantas sorpresas que no quería correr riesgos innecesarios—. Sólo la suficiente para dar realismo a la historia, no te excedas y vayas a emborronar lo que he escrito.

Mientras el hombre volvía a inclinarse, sus ojos negros se quedaron prendidos en ella afectuosamente, pero nada más erguirse, se encaminó hacia la puerta a buen paso, las botas resonando sobre el mármol amarillo pálido del suelo. No reparó en los sirvientes apostados en el umbral, con la ardiente mirada fija en ella, o fingió no verlos, aunque en otro tiempo había sido amigo del joven. Sólo había hecho falta un toque de Compulsión para que Nazran se mostrara casi tan ansioso de obedecer como ellos, por no mencionar la certeza de que aún podría gozar de sus encantos otra vez. Rió quedamente. Bueno, él creía que ya los había disfrutado; si sólo hubiese sido un poquito más hermoso, habría sido así. Claro que, en tal caso, no le habría sido útil para nada más. Reventaría caballos para llegar hasta Ituralde, y si ese mensaje, despachado por el primo de Alsalam y proveniente supuestamente del rey en persona y con Hombres Grises intentando interceptarlo, no satisfacía la exigencia del Gran Señor de acrecentar el caos, entonces es que nada menos contundente que el fuego compacto lo conseguiría. Y también serviría muy bien a sus propósitos. A sus propios fines.

La mano de Graendal fue hacia el único anillo sobre la mesa que no era un sello, un sencillo aro de oro, demasiado pequeño para cualquier otro dedo salvo el meñique. Había sido una agradable sorpresa encontrar un angreal femenino entre las pertenencias de Sammael. Una agradable sorpresa disponer de tiempo para hallar cualquier cosa útil, con al’Thor y esos cachorros que se llamaban a sí mismos Asha’man entrando y saliendo constantemente de los aposentos de Sammael, en la Gran Cámara del Consejo. Habían desvalijado todo lo que ella no había cogido. Cachorros peligrosos, del primero al último, en especial al’Thor. Y no había querido correr el riesgo de que nadie diera con una pista que conectase a Sammael con ella. Sí, debía acelerar el proceso de sus planes y distanciarse del desastre de Sammael.