De repente apareció una plateada línea vertical al fondo de la habitación, reluciente en contraste con los tapices que colgaban entre los dorados espejos, y sonó un tintineo cristalino. Sus cejas se enarcaron por la sorpresa. Alguien recordaba los buenos modales de una era más civilizada, al parecer. Se puso de pie, se metió el aro de oro junto al anillo de rubí que llevaba en el meñique y abrazó el saidar a través de él antes de crear un tejido que haría sonar un repique de respuesta para quienquiera que quisiera abrir el acceso. El angreal no brindaba gran ayuda, pero cualquiera que pensara que conocía su fuerza podría llevarse una sorpresa desagradable.
El acceso se abrió, y dos mujeres ataviadas con vestidos de seda rojos y negros casi idénticos lo cruzaron cautelosamente. Al menos, Moghedien se movía con cautela, pasando sus oscuros ojos de un lado a otro con rapidez, en busca de trampas, y alisándose con las manos la amplia falda; el acceso desapareció un instante después, pero no soltó el saidar. Una precaución sensata, aunque Moghedien siempre había sido una fanática de las precauciones. Tampoco Graendal soltó la Fuente. La compañera de Moghedien, una mujer baja, con largo cabello plateado y ojos de un intenso color azul, miraba fríamente a su alrededor, sin dirigir más que ligeras ojeadas a Graendal. Por su actitud, habríase dicho que era una Primera Consejera obligada a soportar la compañía de vulgares trabajadores e intentara hacer como si no los viera. Una muchacha estúpida, si imitaba a la Araña. El rojo y el negro no iban bien con su tez ni con el color de sus cabellos, y podría sacar más partido de su impresionante busto.
—Ésta es Cyndane, Graendal —la presentó Moghedien—. Estamos… trabajando juntas.
No sonrió cuando dijo el nombre de la altanera joven, pero Graendal sí. Un bonito nombre para una chica más que bonita, si bien ¿qué capricho del azar habría inducido a una madre de esa época a dar a su hija un nombre que significaba «última oportunidad»? La expresión de Cyndane permaneció fría e impasible, pero sus ojos centellearon. Una preciosa muñequita tallada en hielo, con fuego oculto. Al parecer, conocía el significado de su nombre y no le gustaba.
—¿Qué os trae a tu amiga y a ti, Moghedien? —preguntó. La Araña era la última persona que había esperado ver salir de las sombras—. No tengas miedo de hablar delante de mis servidores. —Señaló a la pareja de la puerta, y los dos se hincaron de rodillas, con los rostros casi pegados al suelo. No caerían muertos por una simple orden suya, pero casi.
—¿Qué atractivo encuentras en ellos si destruyes todo lo que podría hacerlos interesantes? —preguntó Cyndane mientras caminaba con aire arrogante por la habitación. Se mantenía muy estirada, esforzándose por alcanzar hasta el último milímetro de estatura—. ¿Sabes que Sammael ha muerto?
Graendal mantuvo el gesto impasible sin mayor esfuerzo. Había supuesto que la chica era una Amiga de la Sombra a la que Moghedien había escogido para hacer recados, tal vez una noble que creía que su título contaba, pero ahora que se encontraba más cerca… ¡La muchacha era más fuerte que ella en el Poder! Incluso durante su propia era, eso habría sido poco frecuente entre los varones, y realmente excepcional entre mujeres. Al punto, instintivamente, cambió su intención de negar cualquier contacto con Sammael.
—Lo sospechaba —contestó, dirigiendo una sonrisa falsa a Moghedien por encima de la cabeza de la joven. ¿Cuánto más sabía? ¿Dónde había encontrado la Araña una chica cuya fuerza superaba con creces la suya, y por qué viajaban juntas? Moghedien siempre había tenido envidia de cualquiera que fuese más fuerte. O más de cualquier cosa—. Solía visitarme, importunándome con la pretensión de que lo ayudara en uno u otro plan absurdo. Nunca rehusé categóricamente; ya sabes que Sammael es… un hombre peligroso si se lo rechaza. Aparecía cada pocos días, sin fallar, y cuando dejó de venir deduje que le había ocurrido algo grave. ¿Quién es esta joven, Moghedien? Un hallazgo notable.
La muchacha se acercó más y alzó hacia ella los ojos que semejaban fuego azul.
—Te dijo mi nombre. No necesitas saber más.
La chica era consciente de que hablaba con una de las Elegidas y, sin embargo, su tono seguía siendo gélido. Aun contando con su fuerza en el Poder, ésa no era simplemente una Amiga de la Sombra. A menos que estuviese loca.
—¿Has reparado en el tiempo, Graendal? —preguntó.
De pronto, Graendal cayó en la cuenta de que Moghedien estaba dejando que la muchacha llevase la voz cantante. Quedándose en segundo plano hasta que fuera evidente alguna debilidad, sin duda. ¡Y ella se lo había permitido!
—Supongo que no has venido sólo para informarme de la muerte de Sammael, Moghedien —instó, cortante—. O para hablar sobre el tiempo. Sabes que rara vez salgo al exterior. —La naturaleza era anárquica, carente de orden. En la estancia ni siquiera había ventanas, ni en la mayoría de las habitaciones que utilizaba—. ¿Qué quieres?
La mujer de cabello negro se desplazaba hacia un lado, a lo largo de la pared; el brillo del Poder Único seguía envolviéndola. Graendal cambió de posición como al desgaire, de manera que siguió teniendo a la vista a las dos.
—Cometes un error, Graendal. —Una fría sonrisa apenas curvó los labios turgentes de Cyndane; estaba disfrutando con ello—. De las dos, soy yo la que manda. Moghedien está a mal con Moridin por sus recientes equivocaciones.
Con los brazos ceñidos en torno a sí, Moghedien le lanzó una mirada ceñuda a la mujer de pelo plateado tan esclarecedora como una confirmación en voz alta. De pronto, los grandes ojos de Cyndane se abrieron aún más, y ésta dio un respingo, estremecida. La mirada hosca de la Araña se tornó maliciosa.
—Estás al mando de momento —se burló—. Tu posición ante él no es mucho mejor que la mía.
Y entonces le tocó el turno de dar un respingo y temblar, a la par que se mordía el labio.
Graendal se preguntó si no estarían jugando con ella; sin embargo, el odio mutuo reflejado en los rostros de las dos mujeres no parecía fingido. En cualquier caso, se vería cuánto les gustaba que jugasen con ellas. Frotándose las manos en un gesto inconsciente —frotando el angreal que llevaba en el meñique— se desplazó hacia un sillón sin quitar ojo a la pareja. La dulzura del saidar que fluía en su interior era reconfortante. No es que la necesitara, pero allí pasaba algo raro. El recto y alto respaldo, profusamente tallado y dorado, hacía que el sillón semejase un trono, aunque no era distinto a los otros que había en la habitación. Esa clase de cosas afectaban incluso a los más sofisticados, y en un grado del que no llegaban a ser conscientes.
Tomó asiento, recostada y con las piernas cruzadas, meciendo ociosamente el pie; la viva imagen de una mujer completamente a gusto y tranquila.
—Puesto que la que está al mando eres tú, pequeña —comentó, dando un tono aburrido a su voz—, dime, cuando ese hombre que se llama a sí mismo Muerte está en su propia piel, ¿quién es? ¿Qué es?
—Moridin es el Nae’blis. —La voz de la chica sonó sosegada, fría y arrogante—. El Gran Señor ha decidido que ya es hora de que tú también sirvas al Nae’blis.
Graendal levantó bruscamente la cabeza.
—Eso es ridículo. —No pudo evitar que la ira se transluciera en su voz—. ¿Que un hombre del que jamás he oído hablar ha sido nombrado Regente del Gran Señor en el Mundo? —No le importaba cuando otros intentaban manipularla, ya que siempre encontraba el modo de volver sus intrigas contra ellos, ¡pero Moghedien debía de haberla tomado por una completa estúpida! Ahora no le cabía duda de que era la Araña la que dirigía a esa chica detestable, dijeran lo que dijeran ellas, ni se lanzasen las miradas que se lanzasen—. Sirvo al Gran Señor y a mí misma, ¡a nadie más! Creo que las dos deberíais marcharos, ya. Id con vuestro jueguecito a otra parte. Tal vez a Demandred le divierta. O puede que a Semirhage. Y cuidado con cómo encauzáis al iros; he puesto unas cuantas redes invertidas, y supongo que no querréis hacer saltar alguna.