Выбрать главу

—Con el té será suficiente —contestó—. Si hacéis el favor, decidle a Alanna Mosvani que quiero verla. Comunicádselo sin demora.

Las llaves de Corgaide tintinearon cuando la mujer saludó con una reverencia al tiempo que murmuraba con tono respetuoso que buscaría personalmente a «Alanna Aes Sedai». Su expresión grave no varió al marcharse. Muy probablemente estaría examinando la petición buscando sutilezas. Cadsuane prefería ser directa, cuando era posible. Había hecho meter la pata a muchas personas listas que no habían creído que decía exactamente lo que quería decir.

Abrió la tapa del cesto de costura y sacó el bastidor de bordar, con una labor a medias envuelta alrededor. El cesto tenía bolsillos cosidos en el interior para guardar artículos que no tenían nada que ver con la costura. Su espejo de marfil, un cepillo y un peine, un estuche de plumas y un tintero firmemente cerrado, distintas cosas que a lo largo de los años le había resultado útil tener a mano, incluidas algunas que habrían sorprendido a cualquiera con el valor necesario para registrar el interior del cesto. Tampoco es que lo dejara fuera de su vista muy a menudo. Puso con cuidado la cajita de plata para guardar hilos en la mesa, seleccionó las madejas que necesitaba y se sentó de espaldas a la puerta. El motivo principal de su bordado —una mano masculina asiendo el antiguo símbolo Aes Sedai— estaba terminado. Unas grietas surcaban el disco blanco y negro, y era imposible discernir si la mano intentaba mantenerlo de una pieza o romperlo en pedazos. Ella sabía lo que quería representar, pero el tiempo diría cuál era la verdad.

Enhebró una aguja y se puso a trabajar en uno de los motivos secundarios, una rosa de color rojo intenso. Rosas, crisantemos y jacintos se alternaban con margaritas, trinitarias y caléndulas, todas separadas por bandas de punzantes ortigas y brezo de afiladas púas. Cuando estuviese terminada, sería una pieza inquietante.

Antes de que hubiese bordado medio pétalo de la rosa, un fugaz movimiento, reflejado en la tapa pulida de la caja de hilos, atrajo su atención. La había colocado cuidadosamente para que reflejase la puerta. No levantó la cabeza del bastidor, Alanna se encontraba allí, mirando hoscamente su espalda. Cadsuane siguió el lento trabajo con la aguja, pero observó cada movimiento con el rabillo del ojo. Dos veces, Alanna se volvió a medias, como para marcharse, y luego, finalmente, se puso erguida, armándose de valor de manera ostensible.

—Entra, Alanna. —Sin alzar todavía la cabeza, Cadsuane señaló un punto frente a ella—. Ponte ahí. —Sonrió irónicamente cuando la otra mujer dio un respingo. Tenía sus ventajas ser una leyenda viviente; la gente rara vez se fijaba en lo obvio cuando trataba con un mito.

Alanna se internó en la habitación envuelta en el frufrú de la falda de seda y se situó en el lugar indicado por Cadsuane, pero en sus labios había un rictus malhumorado.

—¿Por qué insistes en importunarme? —demandó—. No puedo decirte nada más de lo que ya te he contado. ¡Y aunque pudiese, no sé si lo haría! ¡Él es m…!

Se interrumpió bruscamente y se mordió el labio inferior, pero habría dado igual si hubiese terminado la frase. El chico al’Thor era suyo, le pertenecía; era su Guardián. ¡Tenía la desfachatez de pensar eso!

—He guardado en secreto tu delito —manifestó quedamente Cadsuane—, pero sólo porque no vi razón para complicar más las cosas. —Alzó los ojos hacia la otra mujer y mantuvo el tono suave—. Si crees que ello significa que no voy a calarte como a una berza para sacarle el cogollo, piénsalo otra vez.

Alanna se puso tensa y el brillo del saidar la envolvió.

—Allá tú, si quieres actuar como una redomada estúpida. —Cadsuane sonrió, fríamente. No hizo intención de abrazar la Fuente. Uno de los adornos del cabello, unas medias lunas de oro entretejidas, tenía un tacto frío contra su sien—. Hasta ahora conservas entero el pellejo, pero mi tolerancia tiene un límite. De hecho, pende de un hilo.

Alanna luchó consigo misma e, inconscientemente, se alisó la falda de seda azul. De repente, el brillo del Poder se desvaneció, y la mujer giró hacia un lado la cabeza tan rápidamente que su negro cabello se meció.

—No sé nada más. —Las hoscas palabras salieron entrecortadas—. Estaba herido, y luego dejó de estarlo, aunque no creo que fuese una hermana la que realizó la Curación. Las heridas que nadie ha podido sanarle, siguen igual. Va de un lado a otro, Viajando, pero continúa en el sur. En alguna parte de Illian, creo, pero a esta distancia podría encontrarse en Tear, que yo sepa. Está lleno de rabia, de dolor y de desconfianza. No hay nada más, Cadsuane. ¡Nada!

Con cuidado por si la tetera de plata quemaba, Cadsuane se sirvió la infusión y tocó la fina taza de porcelana para comprobar la temperatura. Como era de esperar, el té se había enfriado enseguida en un recipiente de plata. Encauzó un momento y volvió a calentarlo. El oscuro té sabía demasiado a menta; en su opinión, los cairhieninos usaban en exceso esa hierba aromática. No le ofreció una taza a Alanna. Viajando. ¿Cómo había podido ese chico descubrir de nuevo lo que había estado perdido para la Torre Blanca desde el Desmembramiento?

—Sin embargo, me mantendrás informada ¿verdad, Alanna? —No era una pregunta—. ¡Mírame, mujer! ¡Si sueñas con él, si percibes algo, quiero saber cada detalle!

El brillo de las lágrimas empañaba los ojos de Alanna.

—¡Habrías hecho lo mismo, de estar en mi lugar!

Cadsuane frunció el entrecejo por encima de la taza. Quizá sí. No había diferencia entre lo que Alanna había hecho y un hombre que se imponía a la fuerza a una mujer, pero, que la Luz la perdonara, quizá lo habría hecho si hubiese creído que ello ayudaría a lograr su objetivo. Ahora había dejado de considerar la idea de obligar a Alanna a pasarle el vínculo a ella. La experiencia había demostrado lo inútil que era para controlarlo.

—No me tengas esperando, Alanna —instó en tono frío. No sentía lástima por ella. Era otra en una lista de hermanas, desde Moraine hasta Elaida, que habían metido la pata, con el resultado de empeorar lo que deberían haber arreglado. Y entre tanto ella había estado dando caza primero a Logain Ablar y después a Mazrim Taim. Lo cual no apaciguaba precisamente su humor.

—Te mantendré informada —musitó Alanna, haciendo un mohín como si fuese una niña.

Cadsuane ardió en deseos de abofetearla. Esa mujer llevaba el chal desde hacía casi cuarenta años; debería haber madurado a esas alturas. Claro que, era arafelina. En Far Madding, pocas chicas con veinte años se enfurruñaban y hacían tantos mohines como una arafelina postrada en el lecho de muerte por ancianidad.

Inopinadamente, los ojos de Alanna se desorbitaron en un gesto de alarma, y Cadsuane vio otra cara reflejada en la tapa de la caja de hilos. Dejó la taza en la bandeja y el bastidor sobre la mesa antes de ponerse de pie y volverse hacia la puerta. No se apresuró, pero tampoco se entretuvo con jueguecitos como antes había hecho con Alanna.

—¿Has acabado con ella, Aes Sedai? —inquirió Sorilea mientras entraba en el cuarto. La Sabia de cabello blanco y tez arrugada como un cuero viejo habló a Cadsuane, pero sus ojos no se apartaron de Alanna. Los brazaletes de marfil y oro tintinearon suavemente cuando la mujer se puso en jarras, y el chal se deslizó hasta sus codos.

Cuando Cadsuane respondió que, efectivamente, había acabado, Sorilea hizo un seco ademán a Alanna, que abandonó la habitación; en realidad, salió indignada, con la irritación y el resentimiento reflejados en su rostro. Sorilea le dirigió una mirada ceñuda. Cadsuane se había encontrado con la Sabia en otras ocasiones y, aunque breves, esos encuentros habían sido interesantes. No había conocido a muchas personas que considerara formidables, pero Sorilea era una de ellas. Quizás incluso estaba a su altura, en ciertos aspectos. Y también sospechaba que era tan mayor como ella, tal vez más, y eso era algo que nunca había esperado encontrar.