En cuanto Alanna salió, apareció Kiruna en la puerta, a buen paso y echando una ojeada al pasillo, en la dirección por la que Alanna se marchaba. Llevaba una bandeja de oro de compleja talla, sobre la que reposaba una jarra de cuello largo, también dorada y aún más trabajada, así como dos tazas de loza blanca, incongruentemente pequeñas.
—¿Por qué va corriendo Alanna? —preguntó—. Habría venido antes, Sorilea, pero… —Entonces reparó en Cadsuane y sus mejillas se pusieron rojas como la grana. La turbación resultaba chocante en la escultural mujer.
—Deja la bandeja sobre la mesa, muchacha —indicó Sorilea—. Y ve a reunirte con Chaelin. Te estará esperando para darte las clases.
Con fría formalidad, Kiruna soltó su carga, evitando los ojos de Cadsuane. Mientras se volvía para marcharse, Sorilea la cogió de la barbilla con sus dedos huesudos.
—Has empezado a esforzarte realmente, muchacha —dijo firmemente la Sabia—. Si sigues así, lo harás muy bien. Muy bien. Ahora, vete. Chaelin no tiene tanta paciencia como yo.
Sorilea realizó un ademán hacia el corredor, pero Kiruna permaneció mirándola de hito en hito unos instantes, con una expresión rara. Si Cadsuane hubiese tenido que apostar, habría dicho que a Kiruna la complacía el halago y que la sorprendía sentirse así. La mujer de cabello blanco abrió la boca, y Kiruna se obligó a reaccionar y salió apresuradamente del cuarto. Un espectáculo increíble.
—¿Piensas realmente que aprenderán vuestros modos de tejer el saidar? —preguntó Cadsuane, disimulando su incredulidad. Kiruna y las otras le habían hablado de las lecciones, pero muchos de los tejidos de las Sabias eran diferentes de los que se enseñaban en la Torre Blanca. El primer modo en que se aprendía a tejer para algo en particular dejaba su impronta; aprender un segundo modo era casi imposible, e incluso si se conseguía, el segundo tejido casi nunca funcionaba, ni de lejos, tan bien como el primero. Ésa era una de las razones por las que algunas hermanas no acogían de buen grado a las espontáneas, tuviesen la edad que tuviesen; podría ser mucho lo que habían aprendido ya, y eso no podía borrarse.
—Quizá. —Sorilea se encogió de hombros—. Aprender un segundo modo ya es bastante difícil de por sí, sin contar con todo ese agitar de manos que las Aes Sedai hacéis. Lo más importante que Kiruna Nachiman debe aprender es que es dueña de su orgullo, no al contrario. Será una mujer muy fuerte una vez que aprenda eso.
Movió una silla para situarla enfrente de la que había ocupado Cadsuane, la miró dubitativamente y luego se sentó. Su actitud era tan tiesa e incómoda como la de Kiruna, pero gesticuló autoritariamente indicando a Cadsuane que tomara asiento; se notaba que era una mujer de carácter, voluntariosa, acostumbrada a mandar.
Cadsuane contuvo una risita desganada mientras se sentaba. No estaba de más recordar que, espontáneas o no, las Sabias distaban mucho de ser unas ignorantes salvajes. Pues claro que tenían que conocer las dificultades. En cuanto a lo de «todo ese agitar de manos»… Muy pocas habían encauzado cuando podía verlas, pero había advertido que creaban algunos tejidos sin los gestos que usaban las hermanas. El movimiento de manos no formaba parte realmente del tejido, pero en cierto modo sí lo era porque se utilizaba durante su aprendizaje. Antaño, quizás hubo Aes Sedai que pudieron, por ejemplo, arrojar una bola de fuego sin realizar algún ademán de lanzamiento, pero, si fue así, llevaban mucho tiempo muertas y sus enseñanzas habían desaparecido con ellas. Actualmente, algunas cosas no podían llevarse a cabo sin los gestos apropiados. Había hermanas que afirmaban ser capaces de discernir quién había sido la maestra de otra hermana merced a los movimientos que realizaba para crear un tejido.
—Enseñar cualquier cosa a nuestras nuevas aprendizas ha sido difícil en el mejor de los casos —continuó Sorilea—. No digo esto con intención de ofender, pero vosotras, las Aes Sedai, prestáis un juramento y parece que de inmediato intentáis encontrar un modo de soslayarlo. Alanna Mosvani es particularmente difícil. —De repente sus ojos, de color verde claro, clavaron una intensa mirada en Cadsuane—. ¿Cómo podemos castigar sus reiteradas faltas si hacerlo significa dañar al Car’a’carn?
Cadsuane entrelazó las manos sobre el regazo. Ocultar la sorpresa no le fue fácil. Adiós al secreto del delito de Alanna. Pero ¿por qué esa mujer le descubría lo que sabía? Quizás una revelación requería otra.
—El vínculo no funciona así —aclaró—. Si la matáis, él morirá, al mismo tiempo o poco después. Aparte de eso, él será consciente de lo que le ocurre, pero no lo sentirá realmente. De hecho, con lo lejos que está ahora sólo lo percibirá vagamente.
Sorilea asintió despacio. Sus dedos tocaron la bandeja de oro que había sobre la mesa, pero se apartaron enseguida. Su expresión resultaba tan difícil de descifrar como el semblante de una estatua, pero Cadsuane sospechó que Alanna iba a encontrarse con una desagradable sorpresa la próxima vez que se dejara llevar por un acceso de ira o diera rienda suelta a sus enfurruñamientos de arafelina. Eso no tenía importancia, sin embargo. Lo único importante era el chico.
—La mayoría de los hombres tomarán lo que se les ofrezca si parece atractivo o agradable —dijo Sorilea—. Hubo un tiempo en que pensamos que Rand al’Thor era así. Por desgracia, es demasiado tarde para cambiar el camino escogido en su momento. Ahora, sospecha de todo lo que se le ofrece de buen grado. Ahora, si quiero que acepte algo, he de fingir que no quiero que lo tenga. Si quiero estar cerca de él, fingiré que me es indiferente si vuelvo a verlo o no.
De nuevo sus ojos se clavaron en Cadsuane cual taladros verdes. Pero no intentaron leerle los pensamientos. Esa mujer lo sabía. Parte, al menos. Suficiente. Tal vez demasiado.
Con todo, Cadsuane sintió un creciente entusiasmo por las posibilidades. Si había albergado alguna duda de que Sorilea quería tantearla, desapareció. No se tanteaba a alguien así a menos que se esperara alcanzar algún acuerdo.
—¿Crees que un hombre ha de ser duro? —preguntó, sabiendo el riesgo que corría—. ¿O fuerte? —Su tono dejó muy claro que, a su entender, lo uno era distinto de lo otro.
Una vez más, Sorilea tocó la bandeja; un mínimo atisbo de sonrisa pareció curvar sus labios un instante. O quizá no.
—Casi todos los hombres consideran que son la misma cosa, Cadsuane Melaidhrin, pero lo fuerte resiste, y lo duro se hace pedazos.
La Aes Sedai respiró hondo. De haber corrido ese riesgo cualquier otra persona, se habría explayado a gusto, vapuleándola por su temeridad. Pero ella no era cualquiera, y a veces había que arriesgarse.
—El chico las confunde —dijo—. Necesita ser fuerte, y se hace cada vez más duro. Ya lo es demasiado, y no parará hasta que se lo frene. Ha olvidado reír, excepto con amargura; no le quedan lágrimas. A menos que vuelva a encontrar la risa y el llanto, el mundo se enfrenta al desastre. Debe aprender que hasta el Dragón Renacido es de carne y hueso. Si va al Tarmon Gai’don tal como está ahora, incluso su victoria puede ser tan aciaga como su derrota.
Sorilea escuchó atentamente y guardó silencio aun después de que Cadsuane hubo acabado. Aquellos verdes ojos la estudiaron.
—Vuestro Dragón Renacido y vuestra Última Batalla no están en nuestras profecías —dijo finalmente—. Hemos intentado que Rand al’Thor conozca su linaje, su sangre, pero me temo que sólo nos ve como otra lanza. Si una lanza se rompe en tu mano, no te detienes a llorar su pérdida antes de empuñar otra. Tal vez tú y yo tenemos metas que no difieren tanto.
—Tal vez —contestó cautamente la Aes Sedai. Unas metas que tuvieran diferencias, por pocas que fueran, podrían no ser iguales en absoluto.
De repente, el brillo del saidar envolvió a la Sabia. Era lo bastante débil en el Poder para que Daigian pareciese moderadamente fuerte, como poco. Claro que la fuerza de Sorilea no residía en el Poder.