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—Hay algo que quizá te resulte útil —dijo—. Yo soy incapaz de hacerlo funcionar, pero puedo tejer los flujos para mostrártelo.

Hizo eso exactamente, situando débiles hilos que ocuparon su lugar y desaparecieron, demasiado pobres para realizar su cometido.

—Se llama Viajar —manifestó Sorilea.

Esta vez, Cadsuane se quedó boquiabierta. Alanna, Kiruna y las demás negaban haber enseñado a las Sabias la coligación o cualquiera de las otras habilidades que de repente parecían poseer, y Cadsuane había dado por sentado que las Aiel se las habían ingeniado para sacárselas a las hermanas retenidas en las tiendas. Pero esto era…

Imposible, habría dicho; sin embargo, no creía que Sorilea estuviese mintiendo. Se moría de ganas por probar el tejido, si bien tampoco es que fuera muy útil de inmediato. Aunque supiera exactamente dónde se encontraba el condenado chico, tenía que conseguir que acudiera a ella. En eso, Sorilea tenía razón.

En esta ocasión no hubo duda de la fugaz sonrisa que asomó a los labios de la Sabia. Sabía muy bien que estaba en deuda con ella. A continuación, cogió con ambas manos la pesada jarra de oro y llenó cuidadosamente las dos tacitas. Con agua clara. No derramó ni una gota.

—Te ofrezco el juramento del agua —dijo solemnemente mientras cogía uno de los pequeños recipientes—. Con esto, quedamos unidas como una sola para enseñar a Rand al’Thor la risa y el llanto. —Bebió y Cadsuane hizo otro tanto.

—Quedamos unidas como una sola. —¿Y si las metas resultaban no ser iguales en absoluto? No subestimaba a Sorilea como aliada ni como adversaria, pero Cadsuane sabía cuál era la meta que había que alcanzar. A toda costa.

13

Flotando en el aire como la nieve

El horizonte septentrional tenía un color púrpura por el violento aguacero que había descargado sobre el este de Illian a lo largo de toda la noche. En lo alto, amenazaba lluvia en un cielo matinal de agitados nubarrones oscuros; en la cresta del altozano, el fuerte ventarrón zarandeaba las capas y hacía restallar las banderas cual látigos: el blanco Estandarte del Dragón, la carmesí Enseña de la Luz y los multicolores pabellones de la nobleza de Illian, Cairhien y Tear. Los nobles mantenían las distancias, formando tres grupos bien definidos y separados de acero dorado y plateado, sedas, terciopelos y encajes, pero tenían algo en común: las miradas inquietas en derredor. Hasta sus caballos mejor entrenados sacudían las cabezas arriba y abajo y piafaban en el suelo embarrado. El viento era frío, y lo parecía más en contraste con el calor que tan repentinamente había reemplazado, del mismo modo que el aguacero había sido un impacto después de tanto tiempo sin llover. Fueran de la nación que fuesen, habían rezado para que la abrasadora sequía terminara, pero ninguno de ellos sabía qué pensar de recibir tormentas implacables como respuesta a sus plegarias. Algunos echaban ojeadas a Rand cuando creían que él no se daba cuenta. Tal vez se preguntaban si había sido él quien les había respondido así. La idea le hizo reír suave, amargamente.

Palmeó el cuello de su castrado negro con la mano enguantada, satisfecho de que Tai’daishar no se mostrara nervioso. El enorme corcel habría podido pasar por una estatua, esperando la presión de riendas o rodillas para moverse. Buena cosa que el caballo del Dragón Renacido pareciera tan frío como su jinete, como si ambos flotasen juntos en el vacío. Con el furioso torrente del Poder Único rugiendo en su interior —fuego, hielo y muerte—, apenas era consciente del viento, a pesar de que las ráfagas sacudían su capa bordada con hilos de oro y se colaban a través de su chaqueta, de seda verde profusamente adornada con oro y que no estaba pensada para llevar con aquel tiempo. Las heridas del costado —ambas, la antigua y la reciente— le dolían, y los pinchazos lo traspasaban; heridas que jamás se curaban, pero también eso parecía distante, el cuerpo de otro hombre. La Corona de Espadas podría haber estado clavándose en las sienes de otra persona, con las agudas puntas de sus diminutas cuchillas enlazadas entre las hojas de laurel. Incluso la corrupción entretejida con el saidin parecía menos intensa que hasta entonces; todavía repugnante, inmunda, pero ya no merecedora de reparar en ella. Por lo contrario, los ojos de los nobles en su espalda resultaban palpables.

Inclinando ligeramente la empuñadura de su espada, se echó hacia adelante. Alcanzaba a ver el apretado grupo de colinas bajas y arboladas, a menos de un kilómetro al este, tan claramente como si estuviese utilizando un visor de lentes. En esa región el terreno era llano, y las únicas prominencias eran aquellas colinas y la larga loma donde ellos se encontraban, elevándose sobre el páramo. La fronda más próxima que realmente merecía llevar tal nombre se hallaba a unos dieciocho kilómetros. En las colinas sólo se veían árboles medio deshojados y vapuleados por la tormenta, así como marañas de matorrales, pero él sabía lo que ocultaban. Dos, tal vez tres mil hombres que Sammael había reunido para impedirle que tomase Illian.

El ejército se había dispersado una vez que se supo que el hombre que los había convocado estaba muerto, que Mattin Stepaneos había desaparecido, quizá también en la tumba, y que había un nuevo rey en Illian. Muchos se habían vuelto a sus casas, pero todavía quedaban otros tantos que seguían juntos. Por lo general no más de veinte aquí, treinta allí, aunque formarían un gran ejército si volvían a reunirse, y si no, seguirían siendo incontables partidas de hombres armados. En uno u otro caso, no se les podía permitir que merodearan por el campo. El tiempo pesaba sobre los hombros de Rand como una losa de plomo. Nunca había suficiente, pero quizás esta vez… Fuego, hielo y muerte.

«¿Qué harías tú? —pensó—. ¿Estás ahí? —Y luego, dubitativo, detestando esa duda—: ¿Estuviste alguna vez realmente?» Sólo respondió el silencio, profundo y muerto en el vacío que lo rodeaba. ¿O había sonado una risa enajenada en los recovecos de su mente? ¿Era su imaginación, como la sensación de tener alguien detrás, mirando por encima de su hombro, a punto de tocarle la espalda, o como el remolino de colores —algo más que colores— que giraba justo fuera del alcance de la vista un instante antes de desaparecer? Cosa de dementes. Su pulgar se deslizó a lo largo de las tallas que serpenteaban por el Cetro del Dragón. El viento agitaba las borlas verdes y blancas, debajo de la pulida moharra. Fuego, hielo y muerte llegarían.

—Iré personalmente a hablar con ellos —anunció, lo que provocó un escándalo.

Lord Gregorin, la banda verde del Consejo de los Nueve cruzada en diagonal sobre el peto adornado con dorados, se destacó rápidamente de los illianos taconeando su castrado blanco de finos remos, seguido de cerca por Demetre Marcolin, primer capitán de los Compañeros, en su robusto zaino. Marcolin era el único hombre entre su grupo que no vestía seda ni el menor toque de encaje, el único con armadura lisa, si bien muy bruñida, aunque el yelmo cónico que reposaba sobre la alta perilla de la silla sí llevaba tres finas plumas doradas. Lord Marac levantó las riendas, pero al ver que ningún otro miembro de los Nueve se movía, las soltó con actitud indecisa. Marac, un hombre robusto con aire impasible, era nuevo en el Consejo y a menudo tenía más aspecto de artesano que de lord a pesar de las ricas sedas que asomaban bajo la lujosa armadura y las chorreras de encaje que caían sobre el peto. Los Grandes Señores Weiramon y Tolmeran se adelantaron con sus caballos del grupo de tearianos, tan cubiertos de oro y plata como cualquiera de los Nueve, seguidos por Rosana, recién ascendida a Gran Señora y luciendo un peto con el emblema de su casa —el Halcón y las Estrellas— cincelado. También allí hubo otros que hicieron el intento de ir tras ellos, pero se quedaron atrás, con aire preocupado. El cenceño Aracome, el ojigarzo Maraconn y el calvo Gueyam eran hombres acabados; ellos lo ignoraban, pero por mucho que quisieran estar en el centro del poder, temían que Rand los matara. Sólo lord Semaradrid se adelantó del grupo de cairhieninos sobre un rucio que había conocido mejores tiempos; su armadura estaba abollada, con trozos del dorado saltados. Su rostro descarnado tenía el gesto duro, llevaba afeitado el pelo en el nacimiento de la frente y empolvado como un soldado plebeyo, y en sus oscuros ojos había un brillo de desprecio hacia los altos tearianos.