Rand espoleó a Tai’daishar para ir a su encuentro, henchido de Poder. El saidin podía protegerlo de los hombres.
Visto más de cerca, el arquero no ofrecía una imagen tan bizarra. El óxido manchaba el yelmo y la cota del hombre, que parecía empapado, con barro hasta los muslos y el cabello mojado colgándole sobre la estrecha cara. Emitió una tos seca y se frotó la larga nariz con el dorso de la mano. Sin embargo, la cuerda de su arco estaba tensa; se notaba que eso sí lo había resguardado de la lluvia. Y las plumas de las flechas metidas en la aljaba también estaban secas.
—¿Eres el cabecilla? —demandó Rand.
—Puede decirse que hablo en su nombre —replicó el tipo, receloso—. ¿Por qué?
Al llegar los otros a galope junto a Rand, el hombre rebulló inquieto, posando el peso alternativamente en uno y otro pie; en sus oscuros ojos apareció una expresión de tejón acorralado. Los tejones eran peligrosos cuando se los acorralaba.
—¡Cuida tu lenguaje, patán! —instó Gregorin—. ¡Estás hablando con Rand al’Thor, el Dragón Renacido, Señor de la Mañana y rey de Illian! ¡Arrodíllate ante tu soberano! ¿Cómo te llamas?
—¿Que él es el Dragón Renacido? —dijo el individuo, dubitativo. Miró a Rand de la cabeza a los pies, deteniendo los ojos un instante en el dragón dorado de la hebilla del cinturón, y luego sacudió la cabeza como si hubiese esperado a alguien de más edad o más grandioso—. ¿Y Señor de la Mañana, decís? Nuestro rey nunca se hizo llamar así.
No hizo ademán de arrodillarse ni de darles su nombre. El semblante de Gregorin se ensombreció ante el tono del individuo, y quizás ante la indirecta negativa de que Rand fuese rey. Marcolin hizo un leve asentimiento de cabeza, como si hubiese esperado algo así.
Hubo unos apagados crujidos entre el húmedo sotobosque. Rand los oyó sin dificultad, y de repente el saidin llenó a Hopwil. El joven, que ya no tenía la mirada perdida en el vacío, escudriñó atentamente la línea de árboles con un brillo salvaje en los ojos. Dashiva, silencioso, se retiró el oscuro cabello de la cara con aire aburrido. Gregorin se inclinó sobre la perilla de la silla y abrió la boca en actitud furibunda. Fuego y hielo, pero muerte aún no.
—Cálmate, Gregorin. —Rand no alzó la voz, pero tejió flujos que transportaban sus palabras, Aire y Fuego, de modo que retumbaron en el muro de árboles—. Mi oferta es generosa. —El tipo de nariz larga se tambaleó ante el sonido, y el caballo de Gregorin respingó. Los hombres escondidos lo oirían claramente—. Deponed las armas. Aquellos que deseen regresar a sus hogares, pueden hacerlo. Los que quieran seguirme en cambio, también pueden. Pero ningún hombre partirá armado de aquí a menos que me siga. Sé que la mayoría de vosotros sois buenos hombres, que respondisteis a la llamada de vuestro rey y del Consejo de los Nueve para defender Illian, pero ahora yo soy vuestro rey, y no permitiré que nadie caiga en la tentación de convertirse en un bandido.
Marcolin asintió con gesto severo.
—¿Y qué hay de vuestros Juramentados del Dragón que incendian granjas? —gritó la voz asustada de un hombre desde los árboles—. ¡Ellos sí que son bandidos!
—¿Y qué pasa con vuestros Aiel? —gritó otro—. ¡He oído que se han llevado pueblos enteros, gentes incluidas!
Más voces de hombres invisibles se unieron, todas gritando lo mismo, los Juramentados del Dragón y los Aiel, criminales asesinos y salvajes. Rand rechinó los dientes. Cuando el griterío cesó, el tipo de cara alargada tomó la palabra.
—¿Lo veis? —Hizo una pausa para toser, luego carraspeó y escupió, quizá por su pecho congestionado o tal vez para dar énfasis a sus palabras. Una imagen lamentable, todo él mojado y oxidado, pero su entereza era tan firme como tensa la cuerda de su arco. Hizo caso omiso de la mirada fulminante de Rand con tanta facilidad como había hecho con la de Gregorin—. Nos pedís que regresemos a casa desarmados, sin posibilidades de defendernos, ni a nosotros ni a nuestras familias, mientras vuestra gente incendia, roba y asesina. Dicen que la tormenta se acerca —añadió, y pareció sorprendido de haberlo dicho; sorprendido y confuso durante un instante.
—¡Los Aiel de los que has oído hablar son mis enemigos! —Nada de telarañas de fuego esta vez, sino tupidas telas de ira que se ciñeron prietamente alrededor del vacío. Su voz era puro hielo, sin embargo; retumbaba como la avalancha de un ventisquero. ¿Que se acercaba la tormenta? ¡Luz, él era la tormenta!—. Mis Aiel les están dando caza. ¡Persiguen a los Shaido y también a los bandidos, se llamen a sí mismos como se llamen, junto con Davram Bashere y casi todos los Compañeros! ¡Soy el rey de Illian, y no permitiré que nadie perturbe su paz!
—Aunque fuese cierto lo que decís… —empezó el tipo de cara alargada.
—¡Lo es! —bramó Rand—. Tenéis hasta mediodía para tomar una decisión. —El hombre frunció el entrecejo con inquietud; a menos que los nubarrones se aclararan, iba a resultar muy difícil calcular cuándo era mediodía. Rand no le dio respiro—. ¡Decidid con buen tino!
Hizo volver grupas a Tai’daishar y espoleó al castrado, que salió a galope tendido hacia el altozano, sin esperar a los demás.
Soltó el Poder de mala gana, obligándose a no aferrarse a él —como quien se agarra con uñas y dientes al último aliento— a medida que se disipaba el flujo de vida e infección por igual. Durante un instante vio doble; el mundo pareció ladearse hasta provocarle vértigo. Aquél era un problema reciente, y le preocupaba que formara parte de la enfermedad que mataba a los varones que encauzaban, mas el mareo sólo duraba unos segundos. Era todo lo demás que implicaba soltar la Fuente lo que lamentaba. El mundo pareció apagarse. No; se volvió difuso realmente, disminuyó de algún modo. Los colores habían palidecido, el cielo había menguado, en comparación con lo que habían sido antes. Anhelaba desesperadamente asir de nuevo la Fuente y exprimirle el Poder Único. Siempre le ocurría lo mismo cuando el Poder lo abandonaba.
No bien desapareció el saidin, sin embargo, cuando la cólera ocupó su lugar, ardiente, abrasadora, casi tanto como había sido el Poder. Como si no tuviera suficiente con los seanchan y los rufianes que se escondían tras su nombre. Distracciones mortíferas que no podía permitirse. ¿Acaso Sammael seguía maquinando contra él desde la tumba? ¿Había mostrado a los Shaido cómo brotar como espinos dondequiera que él posara la mano? ¿Por qué? El Renegado no podía haber creído que moriría. Y si la mitad de las noticias que llegaban eran ciertas, también había Shaido en Murandy y Altara y sólo la Luz sabía dónde más. Muchos de los Shaido tomados prisioneros habían hablado de una Aes Sedai. ¿Estaría involucrada la Torre Blanca de algún modo? ¿Es que no iban a dejarlo en paz? ¿Nunca? Nunca.
Enzarzado en una lucha interna con la ardiente furia, ni siquiera advirtió que Gregorin y los demás lo alcanzaban. Cuando llegaron a la cresta del altozano, entre los nobles que los aguardaban, sofrenó tan bruscamente a Tai’daishar que el animal se encabritó y piafó, lanzando el barro pegado a los cascos. Los nobles hicieron recular sus monturas poco a poco, apartándose del castrado; apartándose de él.
—Les he dado hasta el mediodía —anunció—. Vigiladlos. No quiero que esa tropa se divida en cincuenta partidas pequeñas y se escabullan. Estaré en mi tienda.
Salvo por las capas ondeando al viento, podrían haber sido estatuas de piedra, clavados en el sitio, como si su orden de vigilancia hubiera ido dirigida personalmente a ellos. En ese momento le importaba un bledo si se quedaban allí hasta que se congelaran o se derritieran.
Sin añadir nada más, bajó al trote la oscura cuesta del altozano, seguido por los dos Asha’man de negro y sus portaestandartes illianos. Fuego y hielo, y la muerte se acercaba. Pero él era de acero. Era acero.