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—¿Cuántos desertores, Torval? —inquirió sosegadamente. Cogió la jarra de vino y dio un sorbo, como si la respuesta careciese de importancia. El vino debería haber sido un agradable tonificador, pero el jengibre, el anís y la macis le supieron amargos—. ¿Cuántas bajas durante el adiestramiento?

Torval estaba recuperando su talante habitual gracias el refrigerio; se frotaba las manos y, mirando con una ceja enarcada la selección de vinos, hacía un gran alarde de sus conocimientos de los mejores caldos, jactándose de dominar el tema. Por su parte, Dashiva había cogido del primero que le ofrecieron y miraba ceñudo el contenido de su copa de pie retorcido como si fuese bazofia. Mientras señalaba una de las bandejas, Torval ladeó la cabeza en actitud pensativa, pero ya tenía preparada la respuesta.

—Diecinueve desertores, hasta el momento. El M’Hael ha ordenado matarlos allí donde se los encuentre y que sus cabezas cortadas se lleven a la Torre Negra, para que sirvan de ejemplo. —Picó un trozo de pera confitada de la bandeja que le presentaban, se lo metió en la boca y sonrió alegremente—. Ya son tres las que cuelgan como frutas del Árbol de los Traidores en este momento.

—Bien —dijo, impasible, Rand. No se podía confiar en que los hombres que huían ahora no lo hicieran después, cuando otras vidas dependerían de su firmeza. Además, a esos hombres no se les podía permitir que anduviesen sueltos por ahí. Si los soldados de las colinas escaparan juntos en bloque serían menos peligros que un solo varón entrenado en la Torre Negra. ¿El Árbol de los Traidores? Taim era único para poner nombres a las cosas. Sin embargo, los Asha’man necesitaban los símbolos, los ritos y los nombres, las chaquetas negras y los alfileres, para reforzar su unidad como grupo. Hasta que llegara el momento de morir—. La próxima vez que visite la Torre Negra quiero ver las cabezas de todos los desertores.

Un segundo trozo de pera confitada, a mitad de camino de la boca de Torval, cayó de los dedos de éste y manchó la pechera de su excelente chaqueta.

—Realizar ese tipo de esfuerzo podría interferir en el reclutamiento —argumentó lentamente—. Los desertores no van anunciándose por ahí.

Rand sostuvo la mirada del otro hombre hasta que éste bajó los ojos.

—¿Cuántas bajas en los entrenamientos? —demandó. El Asha’man de nariz afilada vaciló, y Rand insistió—. ¿Cuántas?

Narishma se echó hacia adelante, mirando intensamente a Torval. Hopwil hizo otro tanto. Los criados siguieron con su silenciosa y particular danza, ofreciendo bandejas a hombres que ya no les prestaban la menor atención. Boreane aprovechó la preocupación de Narishma para asegurarse de que su jarra de plata contuviera más agua caliente que vino de especias. Torval se encogió de hombros con una actitud demasiado indiferente.

—Cincuenta y una, en total. Trece se carbonizaron, y veintiocho murieron de golpe en el sitio. El resto… El M’Hael les añadió algo al vino y no se despertaron. —De repente su tono se tornó malicioso—. Puede pasar de pronto, en cualquier momento. Un hombre empezó a chillar que le andaban arañas por debajo de la piel. —Sonrió malévolamente a Narishma y a Hopwil, y casi a Rand, pero fue a los otros dos a los que se dirigió, girando la cabeza hacia uno y otro alternativamente—. ¿Veis? Que no os preocupe si caéis en la locura. No os haréis daño a vosotros mismos ni a ninguna otra persona. Os dormiréis… para siempre. Más piadoso que amansar, aun en el caso de que supiésemos cómo hacerlo. Más que dejarte vivo, loco y cortado el acceso a la Fuente.

—Sí, mucho más piadoso —manifestó Rand con voz carente de inflexión mientras dejaba su jarra en la mesa, junto a él. Algo en el vino. «Mi alma está negra con sangre, y condenada». No fue un pensamiento cruel ni mordaz ni incisivo; simplemente la exposición de un hecho—. Una última gracia que cualquiera de nosotros desearía para sí, Torval.

La risa cruel de Torval se borró, y su respiración se tornó agitada. Los cálculos eran fáciles: un hombre de cada diez, destruido; uno de cada cincuenta, demente, y el porcentaje aumentaría. Aún estaban en los comienzos, y no había modo de que uno supiera si había entrado a formar parte de la estadística hasta el día de su muerte. Lo quisiera o no Torval, esa espada de Damocles también pendía sobre su cabeza.

De repente Rand reparó en Boreane. Tardó unos instantes en identificar la expresión de su cara y, cuando lo hizo, tuvo que tragarse unas frías palabras. ¡Cómo osaba sentir lástima! ¿Acaso pensaba que el Tarmon Gai’don podía ganarse sin sangre? ¡Las Profecías del Dragón demandaban sangre a raudales!

—Dejadnos —le ordenó, y la mujer reunió en silencio a los criados. Pero en sus ojos seguía habiendo compasión mientras los conducía fuera.

Rand miró en derredor tratando de hallar el modo de cambiar de humor, pero no encontró nada. La lástima debilitaba tanto como el miedo, y ellos debían ser fuertes. Para afrontar lo que les esperaba, tenían que ser como el acero. Obra suya, su responsabilidad.

Perdido en sus pensamientos, Narishma contemplaba sin ver el vapor que subía de su vino, y Hopwil seguía con los ojos clavados en la pared de la tienda, como si quisiera atravesarla con la mirada. Torval echaba miradas de reojo a Rand y trataba con empeño de recobrar la mueca burlona en sus labios. Sólo Dashiva no parecía afectado; cruzado de brazos, examinaba a Torval como haría un hombre con un caballo que está en venta.

El silencio desesperantemente prolongado que sobrevino fue roto por un mocetón de negro, con la espada y el dragón en el cuello de la chaqueta. De la misma edad que Hopwil, todavía demasiado joven para casarse en casi cualquier sitio, Fedwin Morr llevaba la tensión más ceñida a su ser que la camisa al cuerpo; caminaba de puntillas, y sus ojos tenían la expresión de un gato cazando que se sabe acechado a su vez. Hubo un tiempo en que había sido distinto, y no hacía mucho.

—Los seanchan emprenderán la marcha de Ebou Dar muy pronto —anunció al tiempo que saludaba—. Se proponen atacar Illian a continuación.

Hopwil dio un brinco y soltó una exclamación ahogada al salir bruscamente de sus sombrías meditaciones. De nuevo, Dashiva reaccionó con una risa, en esta ocasión amarga. Asintiendo, Rand cogió el Cetro del Dragón. Después de todo, lo llevaba como recordatorio. Los seanchan bailaban a su son, no al que él hubiese querido.

Si Rand acogió la noticia en silencio, no así Torval, que de nuevo exhibía la mueca burlona, acentuada por una ceja enarcada.

—Vaya, ¿es que te contaron ellos todo eso? —inquirió con sorna—. ¿O es que has aprendido a leer las mentes? Deja que te diga algo, chico. He luchado contra amadicienses y domani, ¡y ningún ejército toma una ciudad para luego hacer el equipaje y emprender un viaje de casi dos mil kilómetros! ¡Más de dos mil kilómetros! ¿O acaso piensas que pueden Viajar?

Morr acogió el escarnio de Torval con tranquilidad. O, si acaso lo alteró, la única señal que dio de ello fue pasar el pulgar a lo largo de la empuñadura de la espada.

—Hablé con algunos de ellos. En su mayoría, taraboneses. Y siguen llegando más en barco casi a diario, por no decir todos los días. —Pasó junto a Torval, haciéndolo a un lado con el hombro, y dedicó al tarabonés una mirada impasible mientras se dirigía hacia la mesa—. Todos se apartaban al instante cada vez que alguien con un acento extraño, arrastrando las palabras, abría la boca. —El hombre de más edad abrió la suya, furioso, pero Morr continuó apresuradamente, dirigiéndose a Rand—. Están situando soldados a todo lo largo de las montañas Vemir. Quinientos, a veces mil a la vez. Han cubierto ya todo el trecho hasta Punta de Arran. Y están comprando o requisando todos los carros y carretas que hay en un radio de cien kilómetros alrededor de Ebou Dar, así como los animales de tiro.