—No es preciso mantener a distancia a Gareth Bryne —dijo de repente Siuan—. Ese hombre es una tribulación andante, cierto. Si no cuenta como penitencia por mis mentiras, entonces ser desollada viva tampoco me redimirá. Cualquier día de éstos voy a empezar a darle de bofetadas una vez por las mañanas y dos por las tardes, como norma general, pero podéis contarle todo. Sería una ayuda si lo entendiese. Se está fiando de vos, y se le hace un nudo en el estómago por la incertidumbre de si sabréis lo que estáis haciendo. No lo deja traslucir, pero sé que es así.
De repente, todas las piezas encajaron en la mente de Egwene como las de un rompecabezas de herrero que un momento antes se encontraban desmontadas. Piezas conmocionantes. ¡Siuan estaba enamorada de ese hombre! El concepto que tenía sobre esa relación cambió de golpe. Y no necesariamente para mejor. Una mujer enamorada dejaba a un lado entendederas y lucidez cuando se encontraba cerca del hombre en cuestión, como ella misma sabía muy bien. ¿Dónde estaría Gawyn? ¿Se encontraría bien? ¿Se hallaba a resguardo o pasando frío? No, debía dejar de pensar en él. Sobre todo habida cuenta de lo que tenía que decir. Adoptó su mejor tono de Amyrlin, firme e imperativo.
—Puedes dar de bofetadas a Bryne o acostarte con él, Siuan, pero habrás de andarte con mucho cuidado. Que no se te escape nada que aún no debe saber. ¿Me has entendido?
Siuan se irguió bruscamente.
—No tengo costumbre de dejar suelta la lengua como una vela rota, madre —repuso acaloradamente.
—Me alegra mucho saberlo, Siuan. —A despecho de que por su aspecto no parecían llevarse muchos años, Siuan era lo bastante mayor para ser su madre. Sin embargo, en ese momento Egwene se sentía como si se hubiesen intercambiado sus edades. Ésta podía ser la primera vez que Siuan tenía que vérselas con un hombre no como Aes Sedai, sino como mujer. «Unos cuantos años creyéndome enamorada de Rand —pensó con amarga ironía—, unos pocos meses colgada de los dedos de los pies por Gawyn, y sé todo lo que hay que saber».
»Creo que ya hemos terminado aquí —continuó mientras enlazaba su brazo con el de Siuan—. Casi. Vamos.
Aunque las paredes de lona no habían parecido ofrecer demasiada protección, al salir de la tienda los dientes del frío se clavaron de nuevo en ella. La luna brillaba casi lo suficiente para leer a su luz y se reflejaba en la nieve, pero era un brillo gélido. Bryne había desaparecido como si nunca hubiese estado allí. Leane, cuya esbelta figura quedaba desdibujada bajo capas de ropa de lana, apareció justo lo suficiente para decir que no había visto a nadie y después se alejó apresuradamente en la noche sin dejar de lanzar ojeadas alrededor. Nadie sabía que existiese una conexión entre ella y Egwene, y todo el mundo pensaba que Leane y Siuan estaban prácticamente a matar.
Sujetando la capa lo mejor que podía con una sola mano, Egwene se concentró en pasar por alto el intenso frío mientras Siuan y ella caminaban en dirección opuesta a Leane. Y también ojo avizor por si acaso había alguien fuera. Aunque, bien pensado, nadie que hubiese salido a esas horas lo habría hecho por casualidad.
—Lord Bryne tenía razón con respecto a que sería mejor que Pelivar y Arathelle creyesen esas historias —le dijo a Siuan—. O al menos que lo dudaran. Que no se sintiesen tan seguros como para luchar o hacer cualquier otra cosa salvo parlamentar. ¿Crees que acogerían bien la visita de Aes Sedai? Siuan, ¿me estás escuchando?
La otra mujer dio un respingo y dejó de mirar a lo lejos. Había ido caminando sin perder el paso, pero entonces resbaló y a punto estuvo de dar con los huesos en el helado sendero, recuperando el equilibrio justo a tiempo de no tirar también a Egwene.
—Sí, madre, por supuesto que os escucho. Quizá no se muestren exactamente acogedores, pero dudo que rechacen a unas hermanas y les hagan dar media vuelta.
—Entonces quiero que despiertes a Beonin, Anaiya y Myrelle. Saldrán a caballo y se dirigirán hacia el norte en menos de una hora. Si lord Bryne espera una respuesta a última hora de mañana, el tiempo apremia. —Lástima que no supiera la ubicación exacta del otro ejército, pero preguntárselo a Bryne habría levantado sospechas. Descubrirlo no sería demasiado difícil para unos Guardianes, y esas tres hermanas tenían cinco entre todas.
Siuan escuchó en silencio sus instrucciones. No sólo a esas tres se las iba a sacar del sueño. Para el amanecer, Sheriam, Carlinya, Morvrin y Nisao sabrían lo que tenían que decir durante el desayuno. Había que plantar semillas; semillas que no pudieron sembrarse antes por miedo a que brotaran demasiado pronto, pero ahora disponían de muy poco tiempo para crecer.
—Será un placer sacarlas de las mantas —dijo Siuan cuando Egwene terminó de hablar—. Más vale que empiece, si tengo que patear de aquí para allí sobre esta… —Soltó el brazo de Egwene e hizo intención de dar media vuelta, pero se detuvo y la miró con expresión seria, incluso adusta—. Sé que queréis ser otra Gerra Kishar, o puede que incluso una segunda Sereille Bagand. Tenéis la condición necesaria para igualar a cualquiera de ellas. Pero id con cuidado, no vayáis a acabar siendo otra Shein Chunla. Buenas noches, madre. Que durmáis bien.
Egwene la siguió con la mirada mientras se alejaba, una figura envuelta en la capa que resbalaba de vez en cuando en el hielo y maldecía furiosamente en voz casi lo bastante alta para entender lo que decía. Gerra y Sereille eran recordadas entre las Amyrlins más grandes. Ambas habían elevado la influencia y el prestigio de la Torre Blanca a unos niveles rara vez igualados desde antes de Artur Hawkwing. También las dos controlaban la propia Torre, Gerra manipulando hábilmente una facción de la Antecámara contra otra, y Sereille por pura fuerza de voluntad. Shein Chunla era otra historia; una mujer que había abusado del poder de la Sede Amyrlin, poniendo en su contra a casi todas las hermanas de la Torre. Para el mundo, Shein había muerto ocupando su cargo, unos cuatrocientos años atrás, pero la verdad, guardada en el más absoluto secreto, era que había sido depuesta y enviada al exilio de por vida. Incluso las historias secretas pasaban muy por encima ciertos detalles, pero aun así resultaba bastante obvio leer entre líneas que, tras descubrir el cuarto complot para colocarla nuevamente en la Sede Amyrlin, las hermanas que custodiaban a Shein la habían asfixiado con la almohada mientras dormía. Egwene tuvo un escalofrío; se dijo que era por el frío.
Se dio media vuelta y echó a andar lentamente de regreso a su tienda. ¿Que durmiese bien? La henchida luna se encontraba baja en el cielo y aún faltaban horas hasta que el sol saliera, pero Egwene no estaba segura de que pudiese conciliar el sueño.
16
Ausencias inesperadas
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas asomaba por el horizonte, Egwene convocó a la Antecámara de la Torre. En Tar Valon, tal emplazamiento habría estado acompañado de una gran ceremonia, e incluso desde que habían partido de Salidar habían mantenido cierto grado de protocolo a pesar de las dificultades que entrañaba el viaje. En esta oportunidad, Sheriam simplemente fue de una tienda de Asentada a otra cuando todavía estaba oscuro para anunciar que la Sede Amyrlin llamaba a Sesión a la Antecámara. De hecho, no se sentaron. En la penumbra gris que precedía a la salida del sol, dieciocho mujeres se situaron en semicírculo sobre la nieve para oír a Egwene, todas ellas arrebujadas en las ropas para protegerse del frío, que convertía en vaho sus alientos.
Otras hermanas empezaron a aparecer detrás de ellas para escuchar, sólo unas pocas al principio, pero cuando nadie les ordenó que se marchasen el grupo fue aumentando y extendiéndose y empezó a oírse un apagado bisbiseo. Eran contadas las hermanas que se arriesgarían a molestar a una sola Asentada, cuanto menos a la Antecámara al completo. Entre las Aceptadas, con sus vestidos de bandas en el repulgo bajo las capas, que habían aparecido después de las Aes Sedai, el silencio era mayor, naturalmente, y entre las novicias que habían acudido al no tener quehaceres era casi absoluto a pesar de lo nutrido de su número. Para entonces había en el campamento un cincuenta por ciento más de novicias que de hermanas, tantas que eran contadas las que tenían capa blanca y la mayoría había de arreglarse con una falda blanca en lugar del vestido de novicia. Algunas hermanas todavía creían que deberían volver a los métodos antiguos y dejar que las chicas las buscaran, pero muchas más lamentaban los años perdidos, cuando el número de Aes Sedai disminuyó. La propia Egwene casi temblaba cada vez que imaginaba lo que podría haber sido la Torre. Ése era un cambio al que ni siquiera Siuan podría oponerse.