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– ¿Está segura?

Sin contestar, la señora Dolores se levantó, se dirigió a una consola del salón, abrió un cajón, regresó con una lupa y cogió de nuevo la fotografía. Después le pasó la lupa y la fotografía al comisario. Había recuperado el dominio de sí misma.

– ¿Ve? El pantalón lleva el cinturón puesto. Si se fija bien, la hebilla es una ancha placa de cobre con sus iniciales entrelazadas. G. y A. Se la mandó hacer en Argentina.

El comisario no consiguió descifrar las iniciales, pero había algo grabado en la placa.

– O sea, que es evidente que su marido esperó a que usted se fuera para regresar al apartamento. Y regresó en compañía de alguien.

– Pero ¿por qué? ¡¿Para hacer qué?!

– A lo mejor necesitaba cierto tiempo, esperaba que llegara una hora prefijada y no quería que lo vieran por ahí porque oficialmente ya se había embarcado. ¿Su marido bebía vino?

– Sí, pero la cerveza no le gustaba.

– Se ve que le gustaba a quien lo acompañaba. Según usted, ¿la cerveza y el vino ya estaban en casa?

– Sí. En el frigorífico también había cerveza porque a mí me gusta mucho.

– Como ve, el cuarto de baño lo dejaron sucio, ¿Su marido cuidaba mucho la limpieza, la higiene?

– Comisario, todos los que permanecen mucho tiempo embarcados siguen unas reglas de higiene muy rigurosas. Y mi marido era un maniático.

– O sea, que no fue él quien dejó el cuarto de baño en esas condiciones.

– Rotundamente no. Ni siquiera debió de darse cuenta de que la persona que estaba con él no había…

– ¿Por qué se cambiaría de pantalones?

– No consigo entenderlo. A lo mejor se le habían manchado o roto.

– A juzgar por la fotografía, no lo parece.

– No sé qué decirle.

– ¿Tenía ropa de muda?

– Claro. En dos grandes bolsas que se llevó esa mañana.

– ¿Y en el armario no tenía mudas?

– No; se lo había llevado todo.

– O sea que, una vez de vuelta en via Gerace, su marido abrió una bolsa, sacó unos pantalones y se los puso en sustitución de los que llevaba.

– Eso parece.

12

Hasta ese momento la señora Dolores había conseguido conservar la calma, dominarse. Ahora se puso a temblar ligeramente. Su tez seguía teniendo un tono grisáceo.

– Perdonen, necesito ir al cuarto de baño.

Salió. Debió de dejar la puerta abierta, porque la oyeron vomitar.

– Fazio, ¿tienes el móvil? -preguntó el comisario levantándose.

– Sí, señor.

– Llama a Catarella, pídele el número de la comisaría de Gioia Tauro y pregunta por el comisario Macannuco. Después me lo pasas.

– Pero ¿usía adonde va?

– Al balcón a fumarme un cigarrillo.

Le había sobrevenido un cansancio que le pesaba como un quintal de hierro. De pronto lo había asaltado un pensamiento surgido como un relámpago mientras estudiaba la fotografía de los pantalones. ¡Qué reacción tan extraña!

En otros tiempos habría dicho algo que sonara enojado o falsamente gracioso. Ahora no; sólo cansancio, desesperanza.

Y mientras contemplaba el puerto desde el balcón -había un barco atracando, gaviotas que volaban bajo y embarcaciones pesqueras desarboladas-, al cansancio se añadió una melancolía que le formó un nudo en la garganta.

– Macannuco está al aparato -dijo Fazio, asomándose al ventanal y entregándole el móvil.

– Soy Montalbano. ¿Has recibido la orden?

– Sí, gracias.

– Quería preguntarte si los pantalones que había encima de la cama estaban sucios o rotos.

– En absoluto.

– ¿Habéis sacado las huellas digitales?

– No.

– ¿Cómo que no?

– Querido Salvo, alguien se ha encargado de eliminar la más mínima huella. Un trabajo perfecto, como Dios manda. Pero no pareces sorprendido. ¿Te lo esperabas?

– Sí.

– Veamos ahora si consigo sorprenderte con otra noticia. En el techo del cuarto de baño, justo encima del lavabo, hay una trampilla.

– En la foto que me has enviado no se ve.

– Porque no está enfocada hacia arriba. Bueno, cogí una escalera de mano y abrí la trampilla. Da a un pequeño hueco, donde había una maleta vacía y una caja de zapatos.

– Concreta si tengo que sorprenderme por la maleta o por la caja.

– Por la caja. También estaba vacía, pero en el fondo descubrí unos restos de polvo blanco que he mandado examinar.

– ¿Cocaína?

– Tú lo has dicho. Por eso he tenido que advertir a mi ministerio público.

– Te comprendo. Gracias, Macannuco. Ya hablaremos.

Volvió a entrar. Fazio estaba sentado en el sillón y Dolores aún no había regresado del cuarto de baño.

– ¿Qué le ha dicho Macannuco?

– Después te lo cuento.

La mujer volvió al salón. Se había aseado y cambiado de ropa, pero no había recuperado su vivacidad: parecía apagada en sus gestos, en su manera de andar, en su mirada. Se sentó con un suspiro.

– Discúlpenme, pero me siento muy cansada.

– Enseguida la dejamos, señora -dijo el comisario-. Pero me veo obligado a hacerle por lo menos una pregunta que quizá me ayude mucho en las investigaciones. Sé que en este momento es muy doloroso para usted recordar el pasado, pero, créame, no puedo evitarlo.

– Adelante.

– ¿Cómo conoció a su marido?

La pregunta sorprendió a Fazio, que miró perplejo a Montalbano. En cambio, Dolores hizo una mueca, como si hubiera sentido la punzada de un dolor repentino.

– Acudió a la consulta de mi padre.

– ¿En Bogotá?

– No; en el Putumayo.

Putumayo, el más importante centro de producción de droga de toda Colombia. Filippo Alfano se había situado en el lugar adecuado.

– La enfermera -prosiguió Dolores- se había ausentado por unos días y papá me rogó que la sustituyera.

– ¿Su padre es médico?

– Era dentista.

– ¿Y qué necesitaba Giovanni Alfano?

Ella sonrió al recordarlo.

– Se había caído de una moto. Papá tuvo que colocarle un puente.

¿Era necesario saber algo más? ¿Qué hay en la cestita? Requesón. Montalbano había llegado a la conclusión, hacía por lo menos media hora, de a quién pertenecía el cadáver del critaru. Pero ahora el cansancio le estaba provocando dolor de piernas. Se levantó del sillón con cierto esfuerzo. Fazio lo imitó.

– Se lo agradezco, señora. En cuanto tenga alguna novedad, me encargaré de comunicársela.

– Gracias -dijo Dolores.

Y no hizo ninguna escena. No lo arañó, no le retorció las manos, no lo agarró por las solapas de la chaqueta. Digna, comedida, sobria. Una mujer distinta. Por primera vez, el comisario experimentó una especie de admiración por ella.

***

– ¡Una mujer con un par! -exclamó Fazio, admirado, en cuanto salieron a la calle-. Me esperaba una escena terrorífica, pero en cambio ha sabido comportarse que ni un hombre.

Montalbano no hizo comentarios al comentario, pero le preguntó:

– ¿Tú sabías que, cuando hizo la autopsia al cadáver del critaru, el doctor Pasquano descubrió que el muerto se había tragado un puente?

Fazio, que se inclinaba para abrir la puerta del coche, se detuvo en seco y lo miró extrañado.

– ¿Tragado un puente?

– Pues sí. Poco antes de que lo mataran, se le desprendió un puente y se lo tragó. Pero no tuvo tiempo de digerirlo.

Fazio aún estaba medio inclinado.

– Y te diré más: era un puente hecho por un dentista de Sudamérica. Y ahora dime: ¿qué hay en el cestito?

– Requesón -contestó maquinalmente Fazio, pero al punto se enderezó, porque el significado de las palabras de Montalbano acababa de llegarle al cerebro-. Pero entonces… entonces el muerto del critaru, según usted, sería…