Выбрать главу

– Basta. Me rindo -dijo Fazio, y se levantó para marcharse.

***

– ¿Dottori? Estaría el siñor Lambrusco.

– ¿Y qué quiere?

– Dice que usía lo convocó para mañana por la mañana.

– Pues que venga mañana por la mañana.

– No tiene la posibilidad, dottori. Dice que él no puede mañana por la mañana porque mañana por la mañana se tiene que ir a Milán mañana por la mañana urgentísimamente.

– Bueno, pásamelo.

– No puedo pasárselo porque el tal Lambrusco está aquí personalmente en persona.

– Pues que entre.

Era un cuarentón de barba, bigote y gafas, menudo, muy compuesto de la cabeza a los pies.

– Soy Carlo Dambrusco. Perdone, pero como usted me había convocado para mañana por la mañana, y yo mañana tengo que…

– ¿Para qué lo convoqué?

– Pues… me pareció comprender que… En resumen, soy amigo de Giovanni Alfano.

– Ah, sí. Siéntese.

– ¿Qué le ha pasado a Giovanni?

– Tenía que embarcarse y no lo hizo.

– ¡¿Que no lo hizo?!

– No. Su esposa ha presentado una denuncia.

Dambrusco pareció verdaderamente sorprendido.

– ¿No se embarcó? -repitió.

– No.

– ¿Y adónde se fue?

– Eso es lo que tratamos de averiguar.

– La última vez que nos vimos…

– ¿Cuándo fue?

– Deje que lo piense… El uno de septiembre.

– Siga.

– Se despidió de mí porque al cabo de dos o tres días embarcaba… No me dio a entender ni mínimamente que no tuviera intención… Es muy riguroso con su trabajo.

– ¿Había mucha confianza entre ustedes?

– Bueno… habíamos sido muy amigos de chavales, antes de que él se fuera a Colombia. Después volvimos a encontrarnos, pero era distinto, amigos sí, pero no con aquella intimidad que…

– Comprendo. Pero ¿le hacía confidencias?

– ¿En qué sentido?

– En el sentido en que uno puede confiarse a un amigo, por ejemplo, ¿le hablaba de su relación con su esposa? ¿Le decía si, en su vida de marino, conocía a otras mujeres?

Dambrusco lo negó enérgicamente, sacudiendo varias veces la cabeza.

– No creo. Giovanni es una persona seria, no es hombre de aventuras fáciles. Además, está enamorado de Dolores; me ha confesado que la echa mucho de menos cuando está embarcado.

– ¿Y Dolores?

– No entiendo.

– ¿Dolores echa mucho de menos a su marido cuando está embarcado?

Carlo Dambrusco lo pensó un momento.

– Sinceramente, no sé qué contestarle. Todas las veces que he visto a Dolores ha sido junto con Giovanni; nunca he tenido ocasión de hablar con ella en su ausencia.

– De acuerdo, pero el sentido de mi pregunta era otro.

– Sí, lo he entendido. Jamás he oído comentarios maliciosos acerca del comportamiento de Dolores.

– Una última pregunta. A nosotros nos consta que, cuando estaba en Vigàta, Giovanni se veía sólo con tres amigos, uno de los cuales es usted. Mañana por la mañana hablaré con los otros dos. ¿Con quién tenía más confianza?

Dambrusco no titubeó.

– Con Michele Tripodi. Que está aquí fuera.

– ¿Cómo fuera?

– Sí, me ha traído en su coche. Yo tengo que ir mañana a Milán con el mío, que está en el mecánico.

– ¿Me hace un favor? Pregúntele si puede venir ahora a mi despacho en lugar de mañana por la mañana. Será cuestión de cinco minutos.

– Pues claro.

13

Michele Tripodi también era un cuarentón, pero, a diferencia de Dambrusco, bajito y delgado, él era un tipo alto, atlético y simpático, un pedazo de hombre.

– Carlo me ha dicho que Giovanni ha desaparecido. ¿Es cierto? ¿Lo sabe Dolores?

– Es precisamente la señora quien ha dado la voz de alarma.

– Pero ¿cuándo dicen que desapareció? Cuando Dolores volvió de Gioia Tauro, me dijo que Giovanni había embarcado con toda normalidad.

– Eso le hizo creer Giovanni, o fue obligado a hacérselo creer.

El rostro de Michele Tripodi se ensombreció.

– No me gusta.

– ¿Qué es lo que no le gusta?

– La frase que usted acaba de pronunciar. Giovanni no engaña a Dolores y tampoco tiene motivos para hacerle creer una cosa por otra.

– ¿Está seguro?

– ¿De qué?

– De ambas cosas.

– Mire, comisario, Giovanni está tan atrapado por Dolores, tan físicamente atrapado que, según me confesó una vez, no está seguro de poder hacerlo con otra mujer.

– ¿Tenía enemigos?

– No sé si en sus largos períodos de navegación… Creo que en todo caso me habría hablado de ello.

– Oiga, el tema es delicado, pero tengo que planteárselo. Si han secuestrado a Giovanni, ¿podría tratarse de una venganza transversal?

Tripodi lo cazó al vuelo.

– ¿Se refiere a una venganza contra los Sinagra?

– Ajá.

– Verá, comisario, Giovanni tenía una deuda de gratitud con don Balduccio, quien lo ayudó a la muerte de su padre… Pero Giovanni es un hombre honrado, no tiene nada que ver con los negocios de los Sinagra. Y se avergonzaba de lo que hacía su padre en Colombia… Claro, cada vez que viene a Vigàta, va a ver a don Balduccio, eso sí, pero no mantiene unas relaciones tan estrechas como…

– Ya entiendo. Que usted sepa, ¿Giovanni ha tomado alguna vez cocaína?

Tripodi se echó a reír.

– Pero ¡qué dice! ¡Giovanni odia las drogas de cualquier tipo! Ni siquiera fuma. Le ha quitado el vicio del tabaco incluso a Dolores. ¿Recuerda la razón por la que mataron a su padre? Pues bien, aquel hecho marcó la vida y el comportamiento de Giovanni.

– Perdone, tengo otra pregunta delicada que hacerle. Se refiere a la señora Dolores. Por el pueblo circulan rumores contradictorios sobre ella.

– Comisario, Dolores es una mujer muy guapa que está obligada a permanecer demasiado tiempo sola. A lo mejor tiene el defecto de ser demasiado impulsiva, y eso puede dar lugar a algún equívoco.

– Dígame uno.

– ¿De qué?

– Dígame uno de esos equívocos.

– Pues no sé… Cuando ella llevaba un año en Vigàta, un chaval, un chico de dieciocho años de buena familia, comenzó a darle serenatas, tal como se lo cuento. Después empezó a acosarla telefónicamente y una vez trató de colarse en su apartamento. Dolores tuvo que llamar a los carabineros.

– ¿Y sólo chicos de dieciocho años? ¿Ningún adulto?

– Bueno, hace un par de años hubo una cosa más seria: un carnicero que perdió la cabeza por ella. Hacía cosas ridículas, le enviaba un ramo de rosas todos los días. Después tuvo que trasladarse a Catania, y por suerte allí terminó la persecución de la pobre Dolores.

Montalbano rompió a reír.

– Ah, sí, me han hablado de esa historia del carnicero enamorado… Se llamaba Pecorella, me parece.

– No, Pecorini -lo corrigió Tripodi.

***

¿Era importante haberse enterado de que el carnicero que le había alquilado a Mimì el chaletito para sus encuentros amorosos se había enamorado dos años atrás de la señora Dolores? A primera vista no lo parecía. Pero le rondaba una pregunta desde que Tripodi le había contado la historia del carnicero. Tripodi decía que Dolores había acudido a los carabineros por el chaval que la molestaba, pero no mencionó cómo se había comportado con lo de Pecorini. Seguro que esa vez no se había dirigido al Arma de Carabineros. Sin embargo, el carnicero se había alejado trasladándose a Catania. Y aquí estaba la pregunta: ¿por qué se había ido de Vigàta de un día para otro a pesar de estar tan enamorado de Dolores? ¿Qué podía haberle ocurrido?