Posible respuesta a la tercera pregunta.
Dolores sabe, porque se lo ha dicho Giovanni, lo inteligente y astuto que es el viejo Balduccio. Está impulsada por una irresistible voluntad de venganza. Quiere que Balduccio pague, pero sabe que el viejo mafioso podría engañar con éxito a la justicia, tal como ha hecho muchas veces. Teniendo a Mimì a mano, podría conjurar semejante peligro, puesto que ella jamás soltaría el «hueso» Balduccio.
Querido Salvo, me he roto los cojones escribiendo. Te he dicho lo esencial. Ahora te toca a ti.
Buena suerte.
Estaba amaneciendo. Se levantó de la mesa mientras por la espalda le serpenteaban estremecimientos de frío. Se desnudó y se metió en la bañera, que humeaba de tan caliente que estaba el agua. Cuando salió parecía una langosta. Se afeitó, se preparó y bebió la consabida taza de café. Después fue al dormitorio, se vistió, cogió un maletín y metió dentro una camisa, un par de calzoncillos, un par de calcetines, dos pañuelos y un libro que estaba leyendo. Regresó al comedor, releyó la carta que se había escrito a sí mismo, se la llevó a la galería y le prendió fuego con el encendedor. Miró el reloj. Casi las seis y media. Entró, volvió a conectar el teléfono y marcó un número mientras se guardaba el móvil en la chaqueta.
– ¿Diga? -contestó Fazio.
– Soy Montalbano. ¿Te he despertado?
– No, señor dottore. ¿Qué hay?
– Oye, tengo que irme.
Fazio se alarmó.
– ¿Se va a Boccadasse? ¿Qué ocurre?
– No voy a Boccadasse. Espero regresar esta misma noche o mañana por la mañana. Si lo hago esta noche, te llamo aunque sea tarde. ¿De acuerdo?
– A sus órdenes.
– Encárgate de lo que te he pedido. Tienes que averiguar por qué Pecorini se fue de Vigàta hace dos años.
– No se preocupe.
– Esta mañana irá a comisaría uno de los amigos de Alfano. Con los otros dos hablé anoche. A éste interrógalo tú.
– Muy bien.
– ¿Dónde están las llaves del apartamento de via Gerace que te dio la señora Dolores?
– Encima de mi escritorio, dentro de un sobre.
– Ahora paso a recogerlas. Ah, oye. Si esta mañana te encuentras casualmente con el dottor Augello, no le digas que he ido a Gioia Tauro.
– Dottore, ahora Augello ya no habla con ninguno de nosotros. Pero por si acaso me pregunta, ¿qué le digo?
– Que he ido al hospital para un control rutinario.
– ¿Usted al hospital voluntariamente? ¡No se lo va a creer! ¿No podría aducir algo mejor?
– Búscalo tú. Pero Mimì no debe sospechar, ni por asomo que me estoy encargando del muerto del critaru.
– Dottore, perdone, pero si lo sospecha, ¿qué tiene de malo?
– Haz lo que te digo y no discutas.
Colgó.
¡Ah, qué asquerosos, qué cenagosos, qué traicioneros eran los alrededores del campo del alfarero!
¿Podría haberse ahorrado el viaje que estaba haciendo? ¿Un viaje que para él, privado como estaba de guía, representaba un esfuerzo tremendo? Claro, con la ayuda de una buena guía de carreteras no habría tenido ninguna necesidad de moverse de casa. Pero comprobar personalmente cómo estaba la situación no sólo era una forma de actuar más justa y seria, sino que el mismo lugar, visto con sus propios ojos, tal vez lo induciría a considerar alguna otra hipótesis. Sin embargo, a pesar de todas las justificaciones que seguía buscando para el viaje, era consciente de que la verdadera razón aún no había salido a la luz. Pero nada más pasar Enna, cuando a la izquierda ya se distinguían las montañas en medio de las cuales había pueblos como Assoro, Agira, Regalbuto o Centuripe, comprendió por qué había salido de Marinella. No cabía duda de que la investigación tenía que ver con ello, vaya si tenía que ver con ello, pero la verdad era que quería volver a contemplar el paisaje de su juventud, de cuando se encontraba en Mascalippa como subcomisario. Pero ¿cómo? ¿No se había cansado de aquel paisaje? ¿En Mascalippa no le molestaba incluso el aire, que sabía a paja y hierba? Todo cierto, todo sagrado, y recordó una frase de Brecht: «¿Por qué tendría que sentir cariño por el alféizar desde el cual me caí de niño?» Pero sintió que aquella frase no era acertada. Porque algunas veces, cuando ya eres casi viejo, el odiado alféizar desde el cual te caíste de niño te llama desde la memoria, y tú harías un peregrinaje para volver a verlo como lo veías entonces, con los ojos de la inocencia.
«¿Es eso lo que pretendes recuperar? -se preguntó mientras circulaba a paso de tortuga por la autopista Enna-Catania, enloqueciendo a todos los desgraciados automovilistas que recorrían el mismo camino-. ¿Crees que contemplar esas montañas desde lejos, respirar ese aire desde lejos, puede devolverte la ingenuidad, el candor, el entusiasmo de tus primeros años en la policía? Vamos, procura ser serio, comisario, convéncete de que, lo que has perdido, lo has perdido para siempre.»
Aceleró de golpe y dejó el paisaje atrás. En la Catania-Messina no había mucho tráfico, tanto es así que pudo embarcar en el transbordador a las doce y media. Desde Vigàta -de donde había salido a las siete- hasta Messina había tardado cinco horas y media. Alguien como Fazio, circulando normalmente, habría tardado dos horas menos. En cuanto rebasaron la estatua de la Virgen, que situada al final del puerto deseaba a todos felicidad y salud, el transbordador empezó a bailar porque había un poco de mar gruesa, y el aire salobre le despertó un apetito bestial. La víspera no había podido comer nada. Subió una escalerita que conducía al bar. En el mostrador había una montañita de arancini calentitos. Compró dos y salió a comérselos al puente. Atacó el primero, de un mordisco lo redujo a la mitad y de esta mitad se tragó una buena cantidad. Inmediatamente se dio cuenta del grave error cometido. Aquellas pelotitas de arroz frito en un aceite centenario parecían elaboradas por un cocinero presa de violentas alucinaciones. ¡Y qué ácida era la salsa de carne! Escupió al mar el resto que aún tenía en la boca, y le dio el mismo final al arancino entero y al que se había comido a medias. Regresó al bar y se tomó una cerveza para quitarse el regusto. Mientras bajaba con el coche del transbordador, el bocado de asqueroso arancino y la cerveza le subieron de golpe a la garganta. El ardor fue tan grande que, sin apenas darse cuenta, vomitó. Y se encontró en la pasarela completamente de lado, con el morro del coche mirando al mar.
– Pero ¿qué coño hace? ¿Qué coño está haciendo? -se puso a gritar asustado el marinero que dirigía las operaciones de desembarco.
Completamente sudado, Montalbano volvió a situarse en la posición adecuada centímetro a centímetro, mientras a sus espaldas el conductor de un camión TIR mostraba con toda claridad que tenía intención de propinarle un topetazo y arrojarlo al muelle o al mar, a gusto del consumidor.
En Villa San Giovanni fue a comer a una trattoria de camioneros donde ya había estado dos veces. Y la tercera tampoco sufrió una decepción. Después de una hora y media, es decir, hacia las tres de la tarde, subió de nuevo al coche para dirigirse a Gioia Tauro. Siguió la autopista, y en un abrir y cerrar de ojos dejó atrás Bagnara. Siguió por la A3; le quedaban unos veinte kilómetros escasos hasta Gioia Tauro. Los recorrió despacio, buscando la salida de Lido di Palmi. Estaba la salida de Palmi, no la de Lido. Pero ahora, ¿qué ocurría? Estaba seguro de no haberla pasado por distracción, y por eso decidió seguir hasta Gioia Tauro. Salió de la autopista, llegó al pueblo y se detuvo en el primer surtidor de gasolina que encontró.