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¡Caramba, no distaba ni cuatro kilómetros de la casa de via Gerace! ¡Se podía ir a pie! Tomó la salida, y a menos de cien metros vio un motel a la derecha. Si Dolores había sufrido el accidente precisamente en la salida, había una gran probabilidad de que el motel fuera justamente aquél.

Aparcó, bajó y entró en el bar-recepción. No había nadie; hasta la máquina de café estaba apagada.

– ¿Hay alguien?

A la izquierda, detrás de una cortina de abalorios que escondía una puerta, una voz dijo:

– Voy.

Apareció un hombre de unos cincuenta años sin un pelo ni pagado a precio de oro, bajo, grueso, rubicundo, simpático.

– ¿Qué desea?

– Soy el dottor Lojacono, agente de seguros. Necesitaría alguna información. ¿Usted, disculpe, quién es?

– Me llamo Rocco Sudano y soy el propietario. En temporada baja me encargo de casi todo.

– Oiga, ¿el cuatro de septiembre el motel estaba en activo?

– Por supuesto. Estábamos todavía en temporada alta.

– ¿Usted se encontraba aquí?

– Sí.

– ¿Recuerda si aquella mañana vino una señora morena muy guapa que había sufrido un accidente precisamente en la salida?

Los ojos de Rocco Sudano empezaron a brillar, hasta su cabeza de bola de billar relució como si dentro se le hubiera encendido una bombilla. La boca se le ensanchó en una sonrisa.

– ¿Cómo no? ¿Cómo no? ¡La señora Dolores! -Y con cierta preocupación, añadió-: ¿Le ha ocurrido algo?

– Nada. Tal como le he dicho, soy agente de seguros. Es por el incidente que tuvo con el coche, ¿sabe?

– Claro.

– Bueno, pues ¿recuerda lo que hizo la señora ese día?

– Pues sí. Mujeres como ésa no se ven muchas por aquí, ¡ni siquiera en temporada alta! Primero descansó un par de horas en una habitación. No se había hecho nada, pero estaba muy nerviosa. Yo le llevé personalmente una taza de manzanilla. Ella estaba en la cama… -Se perdió en el recuerdo con ojos soñadores y, sin darse cuenta, empezó a lamerse los labios.

Montalbano lo despertó.

– ¿Recuerda a qué hora llegó?

– Pues… a las diez, diez y media.

– ¿Y después qué hizo?

– Comió en nuestro restaurante, que entonces estaba abierto, pues era temporada alta. Después dijo que quería ir a la playa. Volví a verla por la noche, pero no cenó, se fue a su habitación. A la mañana siguiente a las siete, Silvestre, el mecánico, le devolvió el coche. La señora pagó y se fue.

– Oiga, una última pregunta. ¿Entre Lido di Palmi y Gioia Tauro hay, qué sé yo, un autobús, un autocar, que una ambas localidades?

– Sí, en temporada alta. Hay varias conexiones aparte de las de Gioia Tauro y Palmi, naturalmente.

– O sea, que el cuatro de septiembre aún había conexiones, ¿no?

– Por aquí la temporada alta dura hasta finales de septiembre.

Montalbano consultó el reloj. Eran más de las cinco.

– Mire, señor Sudano, quisiera descansar una horita. ¿Tiene una habitación libre?

– Todas las que quiera. Estamos en temporada baja.

15

Durmió cuatro horas seguidas con un sueño de plomo. Cuando despertó, llamó a Fazio por el móvil.

– No voy a regresar esta noche. Nos vemos mañana por la mañana en la comisaría.

– De acuerdo, dottore.

– ¿Has hablado con el amigo de Alfano?

– Sí, dottore.

– ¿Te ha dicho algo interesante?

– Sí.

Debía de ser muy interesante si Fazio se hacía arrancar las palabras con tenazas. Cada vez que tenía que decir algo decisivo para una investigación, echaba mano del cuentagotas.

– ¿Qué te ha dicho?

– Que fueron los Sinagra quienes desalojaron precipitadamente a Arturo Pecorini de Vigàta.

Montalbano se quedó pasmado.

– ¿Los Sinagra?

– Sí, señor dottore, don Balduccio en persona.

– ¿Y por qué?

– Porque en el pueblo habían empezado a circular rumores sobre una relación entre el carnicero y la señora Dolores. Y entonces don Balduccio mandó decirle a Pecorini que mejor cambiara de aires.

– Comprendo.

– Dottore, lo ha estado buscando el ministerio público Tommaseo.

– ¿Sabes qué quería?

– Habló con Catarella, imagínese. Me parece que le telefoneó un compañero suyo de Reggio a propósito de un individuo que había desaparecido. Se quejó de que él no sabía nada de esa historia. Quiere ser informado. Creo que el compañero del dottor Tommaseo se refería a nuestro Giovanni Alfano.

– Yo también lo creo. Mañana intentaré hablar con él.

Se levantó de la cama, se duchó y se cambió. Se encaminó al bar-recepción, donde el señor Sudano no quiso cobrarle nada («total, estamos en temporada baja»), subió al coche y se fue.

Llegó a Villa San Giovanni cuando ya eran más de las diez y se dirigió a la misma trattoria donde había comido a última hora de la mañana. Ni siquiera esa cuarta vez lo decepcionó.

A la una de la madrugada desembarcó en la isla.

El tramo Messina-Catania lo hizo bajo una mala copia del diluvio universal. Los limpiaparabrisas no daban abasto para despejar el agua. Se detuvo en la cafetería del área de servicio de Barracca, Calatabiano y Aci S. Antonio, más para hacer acopio de valor y seguir adelante que por necesidad de café. En total tardó tres horas en recorrer un camino que con tiempo normal se cubría en una hora y media. Pero nada más rebasar Catania y enfilar la autopista de Enna, el diluvio no sólo terminó de golpe sino que incluso asomaron las estrellas. Tomó la salida de Mulinello y se dirigió a Nicosia. Al cabo de media hora vio a la derecha un letrero con la dirección de Mascalippa. Siguió aquella maltrecha carretera, que a ratos todavía conservaba un débil recuerdo del asfalto. Entró en Mascalippa cuando por las calles no se veía ni un alma. Se detuvo en la placita, que era igual a como él la había dejado muchos años atrás, bajó y encendió un cigarrillo. El frío le comía los huesos, el aire sabía a paja y hierba. Un perro se acercó y se detuvo a unos pasos. Movió la cola en señal de amistad.

– Ven aquí, Argos -le dijo Montalbano.

El perro lo miró, dio media vuelta y se alejó.

– ¡Argos! -insistió el comisario.

Pero el chucho desapareció doblando una esquina. Tenía razón el animal. Sabía que no era Argos. El cabrón era él, que creía ser Ulises. Se terminó el cigarrillo, volvió a subir al coche y se fue de regreso a Vigàta.

***

Despertó de un sueño beneficioso, plano y compacto. Durante el trayecto de Mascalippa a Vigàta se le habían aclarado las ideas y ahora sabía lo que tenía que hacer. Telefoneó a Livia antes de que ella se marchara al despacho. A las nueve llamó al dottor Lattes, el jefe de gabinete del jefe superior de policía. Llegó a la comisaría más fresco que una rosa, tranquilo y descansado como si hubiera dormido toda la noche. Pero lo había hecho apenas tres horas.

– ¡Ah, dottori, dottori! Ayer el ministerio público Gommaseo tilifonió que…

– Lo sé, me lo ha dicho Fazio. ¿Está en su despacho?

– ¿Quién? ¿Gommaseo?

– No; Fazio.

– Sí, siñor.

– Mándamelo enseguida.

Había correo recién llegado a espuertas, a paletadas; cubría toda la superficie del escritorio. Montalbano se sentó y empujó la correspondencia hacia los extremos para tener un poco de sitio delante. Sitio no para escribir, sino en todo caso para apoyar los codos. Entró Fazio.