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– Cierra la puerta, siéntate y cuéntame mejor la historia de Balduccio Sinagra y Pecorini.

– Dottore, usía me dijo que hablara con el tercer amigo de Giovanni Alfano. ¿Se acuerda? Pues bien, este amigo, que se llama Franco di Gregorio y me pareció una buena persona, es el que me contó la historia. En cambio, los otros dos no me han dicho nada. No han querido hablar.

– ¿Por qué?

– Si me deja contarlo a mi manera, lo haré.

– Muy bien, sigue.

– Digamos que hace poco más de dos años, este carnicero cincuentón perdió la cabeza por Dolores Alfano, que era clienta suya. No lo hizo con discreción y a escondidas, no, señor: empieza a enviarle un ramo de rosas todas las mañanas, le hace regalos, se sitúa delante de la puerta de su casa y espera a que salga para seguirla… En resumen, todo el pueblo se entera.

– ¿Está casado?

– No, señor.

– Pero ¿no sabe que Dolores es la mujer de Alfano, que es un protegido de don Balduccio?

– Lo sabe, lo sabe.

– ¡Pues entonces es un estúpido!

– No, señor dottore, no es un estúpido. Es un presuntuoso violento. Es uno que dice que no tiene miedo de nada ni de nadie.

– ¿Un engreído?

– No, señor. Arturo Pecorini es un hombre que no bromea, un delincuente. Cuando apenas tenía veinte años lo arrestaron por homicidio, pero tuvieron que absolverlo por falta de pruebas. Cinco años después, otra absolución por intento de homicidio. Después parece que no ha hecho otras cosas graves excepto alguna reyerta, porque es un prepotente. A los amigos que le dicen que sea más prudente, él les contesta que los Sinagra le importan un bledo, que prueben y verán.

– ¿Y por qué Dolores no recurrió a los carabineros, tal como había hecho con el otro pretendiente?

Fazio esbozó una sonrisita.

– Di Gregorio dice que Dolores no lo hizo porque el carnicero le gustaba. Y le gustaba mucho.

– ¿Fueron amantes?

– Nadie puede decirlo con certeza. Pero tenga en cuenta que el carnicero tenía su casa, y la sigue teniendo, a menos de veinte metros de la de los Alfano. De noche podían hacer lo que les diera la gana. Son calles de muy poco tráfico diurno, imagínese de noche. Después el asunto llegó a oídos de don Balduccio, a quien no le gustó que el carnicero hiciera cornudo a un pariente lejano suyo, pero sobre todo a un muchacho a quien apreciaba.

– ¿Qué hizo?

– En primer lugar, llamó a Dolores.

– ¿Qué le dijo?

– No se sabe. Di Gregorio dice que es fácil de imaginar. Y tiene razón. El caso es que, cuatro días después, Dolores emprendió un viaje a Colombia, diciendo a todo el mundo que iba a ver a su madre enferma.

– ¿Y Pecorini?

– Dottore, le hago a usted la misma advertencia que a mí me hizo Di Gregorio: todo son habladurías, suposiciones, hipótesis.

– Dímelo de todos modos.

– Cuando tenía veinte años, Pecorini violó a una chica de diecisiete, hija de gente muy pobre. El padre de Pecorini indemnizó a la familia de la muchacha a cambio de que no presentaran una denuncia. Pero la chica se quedó preñada. Y dio a luz un varón al que llamaron Arturo como el padre y Manzella como la madre. Pecorini, no se sabe cómo, se encariñó con ese hijo no reconocido, lo ayudó a estudiar, a conseguir una licenciatura, a encontrar trabajo. Ahora el chico tiene treinta años, es contable, se ha casado y tiene un chiquillo de tres años, Carmelo.

– ¡Alto ahí, Fazio! ¿Esto qué es, la Biblia?

– Ya hemos llegado, dottore. Un día, mientras el pequeño Carmelo jugaba delante de la puerta de su casa, desapareció.

– ¿Cómo que desapareció?

– Desapareció, dottore. Se esfumó. Veinticuatro horas después, Arturo Pecorini cerró la carnicería y se fue a Catania.

– ¿Y el pequeño?

– Lo encontraron treinta y seis horas después jugando delante de la puerta de su casa.

– ¿Y qué dijo?

– Que un anciano muy amable, un abuelito, le había preguntado si quería dar un paseo, lo había invitado a subir a un coche y se lo había llevado a una casa muy bonita con muchos juguetes. Tres días después lo dejó en el mismo lugar donde lo había recogido.

– Típica manera de actuar de Balduccio. El viejo quiso hacer la operación en persona. ¿Y después?

– Pecorini, que había comprendido el aviso de Balduccio, tomó las de Villadiego. Y por eso a Dolores se le permitió regresar. Pero, antes, una gente de la familia Sinagra abordó a los amigos de Giovanni Alfano para hacerles a todos la misma recomendación: cuando Giovanni vuelva, no le habléis de esta historia del carnicero, pues don Balduccio no quiere que se lleve un disgusto.

– Pero tú me dijiste el otro día que ahora Pecorini regresa al pueblo de vez en cuando.

– Sí, viene dos veces a la semana, el sábado y el domingo. Poco después de irse a Catania, reabrió la carnicería de aquí y se la encomendó a su hermano. Pero parece que ya se ha quitado a Dolores de la cabeza.

– Muy bien, te lo agradezco.

– Dottore, ¿me explica cómo ha sabido que el carnicero tuvo una historia con la señora Dolores?

– Pero ¡si yo no lo sabía!

– Ah, ¿no? Pues entonces, ¿cómo empezó enseguida a pedirme información sobre Pecorini? ¿Antes incluso de que la señora Dolores viniera a comisaría?

No podía revelarle la verdadera causa, es decir, que el carnicero era el propietario del chaletito donde Mimì practicaba ejercicios gimnásticos con Dolores.

– A lo mejor un día te lo digo, y tú mismo lo comprenderás. ¿Sabes si el dottor Augello está en su despacho?

– Sí, señor. ¿Lo aviso?

– Sí. Y vuelve con él.

Fazio se retiró. Montalbano apoyó la espalda en el respaldo, cerró los ojos y respiró profundamente dos o tres veces como preparándose para una inmersión. La escena que tenía en mente debía resultar perfecta, sin una palabra de más ni de menos. Los oyó acercarse. No abrió los ojos. Parecía absorto en una meditación.

– Mimì, entra y siéntate. Fazio, ve a decirle a Catarella que no me moleste por ninguna razón, y después vuelve.

Siguió con los ojos cerrados y Mimì no dijo nada. Montalbano oyó los pasos de Fazio al regresar.

– Entra, cierra la puerta con llave y siéntate tú también.

Finalmente abrió los ojos. Llevaba varios días sin ver a Mimì. Este tenía la cara amarillenta, los ojos hundidos, barba de dos días y el traje arrugado. Estaba sentado en el borde de la silla, con el talón izquierdo levantado y temblando, de lo nervioso que estaba. Era como una cuerda tan tensa que de un momento a otro podía romperse. Fazio, en cambio, mostraba un semblante preocupado.

– En los últimos tiempos -empezó Montalbano-, en nuestra comisaría no se respiran buenos aires.

– Quisiera explicarte que… -intervino Augello.

– Mimì, tú hablas cuando yo te lo diga. Probablemente la culpa de lo que está ocurriendo es en buena parte mía. Yo, y soy el primero en reconocerlo, he perdido el impulso, la fuerza que os inducía a seguirme siempre y en cualquier caso. Nos habíamos convertido, más que en un equipo, en un cuerpo único. Después la cabeza de este cuerpo empezó a no funcionar tan bien y todo el cuerpo se resintió. ¿Cómo lo dicen aquí en nuestra tierra? Un pescado huele mal por la cabeza.

– Mira, Salvo…

– Aún no te he dado permiso para hablar, Mimì. Por consiguiente, es natural que alguna parte de este cuerpo se haya negado a pudrirse con el resto. Me refiero a ti, Mimì. Pero antes de decirte lo que considero que debo decirte, rechazo tu afirmación de que nunca he querido concederte cierta autonomía, un espacio tuyo importante. Quieto; no hables. En su lugar, y Fazio es testigo, he intentado descargar en ti todas las investigaciones, porque comprendía, y comprendo, que ya no soy el de antes. Si no ha sucedido todas las veces que he querido, ha sido por tus obligaciones familiares, Mimì. He cargado con las investigaciones para dejarte tiempo que dedicar a tu familia. Ahora tú me pides, por carta, que te encomiende por entero el caso del critaru. ¿Quieres prepararte para la sucesión, Mimì?