– ¿Puedo hablar?
– Sólo para responder a mi pregunta.
– Las cosas no son como piensas.
– ¡Pues entonces no tienes que explicarme nada más. Creo que te bastará con mi palabra; no necesitas una respuesta por escrito. De acuerdo.
– ¿Qué significa de acuerdo?
– El caso Skorpio es tuyo, inspector Callaghan.
Mimì lo miró extrañado, sin comprender la cita cinematográfica de Montalbano. Pero sí la comprendió Fazio, que enrojeció de repente.
– ¿Quiere decir que usía pasa el testigo?
– Exactamente.
Al final Mimì lo entendió.
– ¿Me das el caso?
– Sí.
– ¿Seguro? A ver si después te arrepientes.
– No me arrepiento.
– ¿No intervendrás en las pesquisas?
– No.
– ¿Puedo actuar con plena libertad?
– Ciertamente.
– ¿Qué quieres a cambio?
– Mimì, no estamos en el mercado. Quiero tan sólo que respetes las reglas.
– ¿O sea?
– Que antes de dar cualquier paso… detenciones, ruedas de prensa, declaraciones, me informes.
– ¿Y si me dices que no lo haga?
– Jamás te lo diré. Sólo quiero que me informes a diario del desarrollo de la investigación.
– De acuerdo. Gracias.
Mimì se levantó y le tendió la mano. Montalbano se la estrechó y la retuvo apretándola un poco. Mimì no supo resistir.
– ¿Puedo abrazarte?
– Claro.
Se abrazaron. Mimì tenía los ojos húmedos.
– Esta mañana he telefoneado al dottor Lattes -dijo Montalbano-. Hoy estamos a jueves. Yo esta noche emprendo un viaje a Boccadasse y regreso el domingo por la noche. Por consiguiente, tú me vas a sustituir en todo, Mimì. Fazio irá a informarte a tu despacho de hasta dónde hemos llegado. Y se pondrá a tu disposición. En cuanto puedas, llama a Tommaseo y ponlo al corriente de todo. Fazio se reúne contigo dentro de cinco minutos.
Cuando Mimì se retiró, parecía a punto de bailar de alegría.
– Por poco le besa la mano -dijo despectivamente Fazio-. ¿Y ahora me explica a qué ha venido esta ingeniosa salida?
– A que estoy cansado.
– ¿Cansado hasta ese extremo? No me lo creo.
– Pues porque esta investigación me molesta.
– ¿Sí? ¿Y cuándo le molestó? ¿Ayer en Gioia Tauro?
– Pues entonces porque Mimì se lo merece.
– No, señor, no se lo merece.
– Fazio, ¿vamos a ponernos a malas nosotros dos? Lo he decidido así porque me convenía. Y no quiero más discusiones sobre el tema.
– Dottore, mire que el dottor Augello mandará la comisaría al garete. No le rige la cabeza; yo no sé qué le ha pasado. Y ésta es una cuestión delicada, está por medio la mafia. No quiero colaborar con el dottor Augello.
– Fazio, no se trata de querer o no querer. Es una orden.
Fazio se levantó más pálido que un muerto y más tieso que un palo de escoba.
– A sus órdenes.
– Espera. Procura comprenderlo. Precisamente porque es una cuestión muy delicada, tal como tú mismo has dicho, te coloco al lado de Mimì.
– Dottore, pero si él sale disparado, no seré yo quien pueda detenerlo.
– Me avisas con tiempo e intervengo yo.
– Pero ¡si usía estará en Boccadasse!
– No creo que ocurra nada en estos tres días, y de todos modos me llevo el móvil. Además, ¿tú no tienes el número de casa de Livia?
No experimentó el menor remordimiento por dejar el móvil en Marinella; más aún, lo escondió en el cajón donde guardaba la ropa interior. De esta manera, en cierto momento el pobre Fazio también recibiría su ración de traición, pues era la primera vez que él le decía una cosa con la idea secreta de hacer otra. Por otra parte, era inevitable: ¿no estaban todos en las inmediaciones del campo del alfarero?
Repitió el camino que había hecho la víspera, pero esta vez no aminoró la marcha para contemplar el paisaje. Al llegar al cruce, en lugar de dirigirse al aeropuerto, siguió hacia el centro de Catania. No tardó en verse en medio de un tráfico que lo obligaba a avanzar a cinco kilómetros por hora, demasiado poco incluso para él; además, hacían paradas de por lo menos diez minutos. En una de esas paradas pasó por su lado un guardia.
– Perdone, ¿qué ha ocurrido?
– ¿Dónde?
– Aquí. ¿Por qué hay tanto tráfico?
– ¡¿Tráfico?! -exclamó el guardia, sorprendido.
Era como decirle que todo era normal. Como Dios quiso, llegó a los pórticos de la zona portuaria y preguntó por la aduana. Mientras se dirigía hacia allí, pasó a cámara lenta por delante de tres escaparates resplandecientes donde la carne se exponía como en otros tiempos se exponían las alhajas de la joyería Bulgari. Un rótulo luminoso de gran tamaño rezaba: «PECORINI – EL REY DE LA CARNE.» Aparcar como es debido era un sueño, por lo cual metió el coche de través en una especie de portal maltrecho, y bajó. La semejanza con los antiguos escaparates de Bulgari se acentuaba con el precio de los distintos cortes de carne. Entró en la carnicería como si entrara en la sala de espera de una esteticista de primera categoría. Sofás, sillones, mesitas. Delante del elegantísimo mostrador había gente. Montalbano se sentó en una butaca, e inmediatamente apareció una muchacha de unos dieciocho años vestida de camarera, con cofia y delantalito blanco.
– ¿Le apetece un café?
– No, gracias; hay demasiada gente. Vuelvo más tarde.
Mientras se levantaba, el hombre que había en la caja alzó la vista y lo miró.
En un instante, Montalbano tuvo dos certezas: la primera, que aquel hombre era Arturo Pecorini; y la segunda, que Pecorini lo había reconocido, porque se detuvo cuando estaba devolviéndole el cambio a una clienta. A lo mejor lo había visto en la televisión.
En el aeropuerto aparcó el coche y se dio una paliza corriendo porque faltaban unos veinte minutos para el despegue. Miró para ver cuál era la puerta de embarque, pero no vio nada escrito. Miró mejor: el vuelo sufriría un retraso de hora y media. A aquellas alturas eso era normal, como el tráfico.
16
Tras desayunar juntos, Livia se fue al despacho. Una vez solo, Montalbano desconectó el teléfono y se paseó una hora por la casa. Luego se dio una ducha, se vistió y estuvo otra hora fumando y contemplando el paisaje desde el ventanal. Entonces salió para Génova. Se fue al acuario, donde consiguió entrar después de media hora de cola. Pasó la mañana en medio de los peces, entre extasiado y fascinado. A la hora de comer fue a una trattoria que le había recomendado Livia. En todos los lugares se adaptaba a la cocina local. Estaba seguro de que si, pongamos por caso, se encontrara en las perdidas montañas de Afganistán y un camarero le dijera: «Tenemos un plato estupendo de gusanos con acompañamiento de cucarachas fritas», él pediría una ración.
Esta vez el camarero le preguntó:
– ¿Con pesto?
– Naturalmente.
Pero cuando le enumeró los segundos platos, todos de pescado, a Montalbano le pareció mal comerlos tras haberlos visto vivitos y coleando en el acuario.
– ¿Podría tomar una chuletita a la milanesa?
– Sí, si va a Milán -contestó el camarero.
Comió un excelente lenguado frito, pidiendo perdón. Al regresar a Boccadasse, se tumbó en la cama. Despertó a las cuatro, se levantó y se sentó otra vez junto al ventanal para leer el periódico que había comprado. «Ensayos generales de vida de jubilado», se dijo entre divertido y desconsolado.