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– Por mí no hay inconveniente -dijo Robert, en tono distraído-. Mañana repasamos la obra completa, leída, por supuesto. Después ensayaremos el miércoles el primer acto, el segundo y tercero el jueves, la obra entera viernes y sábado, y el domingo por la noche ensayo con trajes. El lunes ensamblaremos los fragmentos de los ensayos con trajes, y después listo. Me atrevo a decir que a los elementos más viejos de la compañía no les hará mucha gracia ver a extraños rondando, pero no tendrán más remedio que aguantarse.

– Bueno, si es un estorbo… -lo interrumpió Nigel.

– No, por favor. Trate de pasar lo más inadvertido posible, eso sí. Donald…, no recuerdo su apellido, va a venir siempre que pueda dejar su coro, lo mismo que un profesor que conocimos ayer: Gervase Fen se llama. ¡Vaya con el nombrecito!

La sorpresa de Nigel fue genuina.

– Ah, ¿conoce a Fen? -dijo, aunque la pregunta era superflua.

– Sí. ¿Usted también?

– Fui alumno suyo. ¿Dónde lo conoció?

– Por pura casualidad, en la librería Blackwell's. Había tomado un libro de uno de los estantes y lo estaba leyendo. Es más, incluso tuvo el descaro increíble de abrir las páginas con un cortaplumas -Robert se echó a reír-. Cuando uno de los empleados le echó en cara su proceder, respondió muy circunspecto: «Jovencito, esta librería me sacaba sumas exorbitantes de dinero mucho antes de que usted naciera. Váyase ahora mismo si no quiere que arranque todas las páginas y las desparrame por el suelo.» El empleado se fue, apabullado, y él entonces, volviéndose hacia mí, dijo: «¡Menos mal! Por un momento creí que tendría que hacerlo.» Charlamos un rato, y al enterarse de quién era yo pareció sorprendido y me formuló una cantidad de preguntas a cuál más tonta sobre cómo me inspiraba, y si me gustaba escribir, y si dictaba mis obras a una secretaria. Dígame, ¿es así por pose? En ese momento no me lo pareció, pero realmente me dejó cortado.

– No, no es pose -se apresuró a explicar Nigel-. Siempre ha tenido una especie de entusiasmo infantil por las celebridades. Al principio divierte, pero con el tiempo aburre, y uno acaba avergonzándose de él en público.

– De cualquier forma, lo más cómico es que sin saber cómo me encontré invitándolo a presenciar los ensayos, y tienen que ver cómo lo agradeció. Fue patético. Sin embargo, casi al final de la conversación lo vi moverse, incómodo, y mirar con frecuencia su reloj. Entonces me despedí como correspondía, y él salió muy de prisa diciendo: «¡Oh Dios, Dios, llegaré tarde!», como el Conejo Blanco de Alicia en el país de las maravillas, dando golpecitos a una pila de folletos sobre Rusia y llevándose por distracción el libro que había estado hojeando. Evidentemente no tenía la menor idea de dónde lo había sacado, porque al rato lo vi entrar en la librería de Parker y cambiarlo por una novela de detectives.

Nigel emitió un sonido que no puede describirse más que como bufido explosivo. Cuando logró dominarse, dijo:

– Esta noche pienso verlo, después de comer. ¿Quieres venir conmigo?

– Gracias, pero no puedo. Iré el viernes, cuando la obra esté más encarrilada.

A esa altura de la conversación apareció en escena el joven capitán de artillería con quien Yseut había hablado en el tren. Se acercó a la mesa con una sonrisa tímida. Nigel lo había visto en una mesa contigua, notando que la atención del oficial parecía indecisa entre el desenlace de Miss Blandish no quiere orquídeas y los encantos de Rachel, que, evidentemente, lo habían cautivado.

– Perdonen la intromisión -dijo, dirigiéndose en particular a Yseut-, pero nos conocimos en el tren, ¿recuerda?, y me aburría espantosamente ahí solo. Todavía no conozco a nadie en Oxford -añadió, como disculpándose.

Un clamor confuso lo invitó a tomar asiento.

– Bueno, muchísimas gracias -dijo el capitán-. Permítanme que los invite a otra ronda -se marchó muy apresurado, para regresar al poco rato cargado de vasos y derramando la mayor parte del contenido en el suelo.

Mientras tanto, Donald Fellowes se había levantado bruscamente, para marcharse sin decir una palabra.

– Todo es cuestión de práctica -dijo el capitán, muy ufano, depositando los vasos sobre la mesa con mano no muy firme, y dejándose caer pesadamente en una silla-. Soy Peter Graham -añadió-, capitán del Cuerpo de Artillería de Su Majestad, a sus órdenes -sonrió a cada uno por turno.

Rachel se encargó de hacer las presentaciones, y la conversación quedó encauzada por diferentes conductos. Después de lanzar un rápido guiño a Robert, Rachel se sometió resignada a las respetuosas atenciones del capitán, que interiormente se preguntaba esperanzado si la reputación de inmoralidad de las actrices sería fundada. Robert volvió a quedar relativamente aislado con Yseut, en tanto Nigel y Nicholas charlaban sobre sus días de estudiante, encontrando conocidos en común. Por fin, Peter Graham se levantó diciendo:

– Digo yo, ¿qué les parece si vienen a mi hotel el miércoles por la noche, y organizamos una pequeña reunión? Después que cierren los bares, por supuesto. Y pueden traer a quien quieran. Creo que en el hotel me conseguirán bebidas, así que no será necesario llevar botellas.

«Mientras tanto -siguió diciendo una vez que todos hubieron aceptado, y expresado su complacencia ante la perspectiva-, Rachel… es decir, Miss West y yo cenaremos juntos, de modo que espero sabrán disculparnos -aquí Robert disparó una mirada frenética a Rachel, que con crueldad deliberada simuló ignorarla-. Hasta pronto -decía Peter Graham, alegremente-, supongo que los veré a todos -añadió, sintiendo que quizá su apresurada partida exigía un justificativo-. Creo que me va a gustar Oxford -y salió llevándose a Rachel antes de que alguien atinara a decir una palabra.

También Nigel y Nicholas hicieron ademán de retirarse.

– Bueno, me voy -anunció resueltamente Nicholas.

– No, no te vayas -suplicó Robert-. Quédate a cenar con nosotros -señalando disimuladamente a Yseut, le lanzó una llamada desesperada de auxilio.

– Me encantaría, pero ceno con un amigo en el New College. Y ya estoy retrasado.

– Y usted, ¿acepta? -Robert se dirigió a Nigel en tono quejumbroso.

Pero éste no tenía el menor deseo de cenar en compañía de Yseut.

– Lo lamento -mintió-, también tengo un compromiso.

– ¡Dios me ampare! -exclamó Robert por lo bajo.

– A propósito -preguntó Nigel, antes de marcharse-, ¿a qué hora ensayan mañana?

– A las diez -respondió Robert, perdida toda esperanza. Lo dejaron sumiso en su mal humor, y a Yseut sonriendo como una gata satisfecha.

En la entrada un oficial de la Real Fuerza Aérea algo achispado se llevó delante a Nicholas y, recobrándose, clavó en él una mirada turbia.

– ¡Pedazo de animal! -rugió-. ¿Por qué demonios no está de uniforme?

– Soy parte de la cultura que usted lucha por defender -respondió Nicholas, mirándolo con frialdad; después de Dunkerque lo habían dado de baja en el Ejército.

– ¡Cretino! -gritó el oficial, y en vista de que había agotado su repertorio, siguió de largo.

Nigel miró con curiosidad a su compañero cuando ambos salían del hotel.

– Hubiera jurado que Coriolano era una de sus favoritas -le dijo.

Nicholas sonrió.