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– Sí. Intenté encontrar algunas de esas fotografías para incluirlas en el libro. Según sus vecinos, le sacó muchas fotos a Qian, pero la escuadra especial de Pekín debió de llevárselas. Es algo más que Shang y la señora Mao tenían en común: la afición a la fotografía. Una extraña coincidencia. En los años sesenta no muchos chinos podían permitirse una cámara. Shang incluso revelaba sus propias fotos, después de convertir un trastero en un cuarto oscuro ocasional.

– Eso es bastante inusual -admitió Chen.

La camarera volvió a acercarse a la mesa con un carrito dorado sobre el que había una impresionante selección de platos especiales.

– Aleta de tiburón guisada en forma de dedos de Buda, pezuña de camello estofada con cebolletas, gambas al estilo del pato mandarín, abulón en salsa blanca…

– ¿Por qué en forma de dedos de Buda? -preguntó Diao.

– La emperatriz viuda llevaba las uñas muy, muy largas, como las de Buda -respondió la camarera como para salir del paso-. En aquella época, los que vivían en el palacio la llamaban Vieja Buda…

– Gracias. Nos los iremos comiendo sin prisas -la interrumpió Chen antes de que la camarera comenzara a dar una explicación detallada-. Si necesitamos algo más la avisaremos -y, mientras la camarera sacaba el carrito del reservado, añadió-: Tengo otra pregunta, señor Diao. En los días que precedieron a su muerte, ¿les dijo algo Shang sobre Mao a los Guardias Rojos o a la escuadra especial de Pekín?

– Hablé con los Guardias Rojos de su estudio cinematográfico. Según ellos, Shang dijo que el presidente Mao sabía lo mucho que ella lo quería, o algo por el estilo. Nadie se lo tomó en serio. Al menos no en el sentido que ella insinuaba. Cualquier persona podría haber afirmado algo similar en aquella época. Pero no sé qué pudo decirles Shang a los miembros de la escuadra especial.

– ¿Por qué enviaron a una escuadra especial de Pekín?

– Muchos creían que la envió la señora Mao. El acoso a que sometió a los artistas que la habían conocido fue uno de los cargos presentados en su contra después de la Revolución Cultural. Los que conocían su pasado, sobre todo los que conservaban cartas y periódicos antiguos, tenían que ser silenciados. Otros suponían que fue una cuestión de celos. Cuando se convirtió en directora del Grupo para la Revolución Cultural del CCPC, la esposa de Mao arrasó con todo para vengarse. Varias personas que supuestamente tenían una relación «íntima y personal» con Mao fueron perseguidas hasta la muerte. Weishi, una intérprete de ruso joven y bella que trabajaba para Mao, fue encarcelada al principio de la Revolución Cultural. Apareció muerta en una celda pestilente, completamente desnuda y con el cuerpo cubierto de magulladuras.

– La señora Mao adoraba a la emperatriz Lu de la dinastía Han, y siempre la ensalzó durante la Revolución Cultural. No soy ningún erudito, pero recuerdo una anécdota sobre la emperatriz Lu -comentó Chen, cogiendo con los palillos un trozo de aleta de tiburón con forma de dedo de Buda-. Después de la muerte del emperador, la emperatriz Lu ordenó encarcelar a la concubina favorita de su esposo. Mandó que le cortaran los brazos, las piernas y la lengua, y que le sacaran los ojos a su antigua rival. La emperatriz abandonó a la mujer mutilada, que no dejaba de gemir y de retorcerse de dolor, en una sórdida celda que era como una pocilga pestilente, con el cuerpo sucio y desnudo. La emperatriz Lu quiso que el hijo de la concubina la viera en ese estado, y le dijo que su madre era un cerdo humano.

– Sí, su hijo nunca se recuperó de la impresión, cayó enfermo y murió. Pero ésa es otra historia, claro.

– Me viene otra pregunta a la cabeza, señor Diao. La emperatriz Lu hizo aquello después de la muerte del emperador, pero la señora Mao atacó a sus rivales cuando Mao aún estaba vivo. ¿Acaso no lo temía?

– Yo me hice la misma pregunta. Se describió a sí misma como un perro fiel a Mao, que mordía y atacaba a quienquiera que él le indicara. Tal vez Mao necesitara desesperadamente su ayuda durante la Revolución Cultural. Además, a Mao le importaban muy poco las mujeres que ya no contaban con su favor -dijo Diao, mordiendo con cuidado el abulón-. Es el primer abulón que como en mi vida.

No era el primero que comía Chen, pero sí era la primera vez que lo pagaba. El inspector jefe esperó a que Diao continuara.

– Mao abandonó a su esposa Kaihui sin divorciarse de ella. Ni siquiera le dijo que se había casado con Zizhen en las montañas Jinggang -siguió contando Diao-. De hecho, Kaihui murió víctima del asedio de Changsha que ordenó Mao. Era una consecuencia que debió de haber previsto. Después de la Larga Marcha, Mao abandonó a Zizhen como si fuera un trapo usado. Permitió que sufriera a solas en una institución mental de Moscú, mientras él disfrutaba de las nubes y la lluvia en una cama kang junto a la señora Mao. Así que acabó abandonando a Shang, una de las muchas mujeres con las que se había acostado. No es sorprendente que no hiciera nada para ayudarla.

– Es increíble -dijo Chen.

La loncha de pezuña de camello estofada se le escurrió de los palillos y manchó de salsa el mantel. No le cabía en la cabeza que los emperadores hubieran disfrutado de algo tan grasiento.

– Piense en lo que le sucedió a Liu Shaoqi. El que fuera presidente de la República Popular China también murió desnudo en la cárcel sin recibir atención médica, y, nada más morir, su cuerpo fue incinerado bajo un nombre falso. Mao podía ser muy cruel.

– Dejando a Mao a un lado, usted menciona en su libro que la escuadra especial presionó a Shang para que cooperara. ¿Qué es lo que intentaban sonsacarle?

– Por lo que sé, «su plan malvado para hacer daño a Mao», o algo por el estilo. Aunque nadie se lo creyó.

– Entonces, ¿de qué pudo tratarse?

– Para empezar, un poema no publicado dedicado a Shang y escrito con la caligrafía de Mao.

– Muy interesante. ¿Un poema escrito durante un momento de pasión amorosa? -preguntó Chen. ¿Justificaría algo así enviar una escuadra especial desde Pekín? Al fin y al cabo, un poema podía tener muchas interpretaciones, a menos que fuera abiertamente erótico u obsceno. Chen lo dudaba-. Así pues, ¿encontraron lo que buscaban, fuera lo que fuese?

– No lo sé, creo que no.

– Entonces, ¿podría Shang habérselo dejado a su hija Qian?

– No parece probable. Como otros niños de «familias negras», Qian denunció a Shang, y no volvió a su casa hasta después de que Shang hubiera muerto. No, Shang no tuvo tiempo de dejárselo antes de saltar por la ventana.

– Entonces la vida de Qian dio un giro drástico. Tras cortar toda relación con su «familia negra», acabó sucumbiendo a una pasión carnal burguesa…

– La muchacha quedó traumatizada a muy corta edad, y vivió atormentada por los rumores que circulaban sobre «la vergonzosa historia sexual» de Shang -explicó Diao-. No quiero ser demasiado duro con ella.

– Estoy totalmente de acuerdo. Qian también sufrió mucho. Y su muerte fue igualmente sospechosa, por lo que me han contado.

– Murió en un accidente, casi al final de la Revolución Cultural. No veo qué tenía de sospechoso.

– Entiendo -respondió Chen mientras cogía un pastelillo de sésamo relleno de carne de cerdo, un bocado sorprendentemente normal que le supo mucho mejor que todas aquellas exquisiteces-. Habrá hablado también con Jiao.

– Jiao sabía muy poco acerca de su madre, y menos aún de su abuela. Era una chica muy desdichada.

Diao debió de ponerse en contacto con Jiao al menos dos años atrás, por lo que desconocía el rumbo que había tomado después su vida.

– Ahora le va muy bien, creo -dijo Chen-. Bueno, cuénteme qué le pasó a Qian después de la muerte de Shang.

– Qian fue obligada a abandonar el piso…

– ¿De inmediato?

– No, dos o tres meses después de la muerte de Shang.