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– Entonces, en teoría, podría haber registrado el piso en busca de cualquier cosa que le hubiera dejado Shang.

– Bueno, Shang podría haberle dejado algo, pero la escuadra especial registró el piso de arriba abajo…

La camarera entró una vez más en el reservado y les sirvió la célebre sopa de pato. La mesa estaba ahora cubierta de platos, muchos de los cuales apenas habían probado.

– Así es como le gustaba al emperador. Es necesario que la mesa esté llena de platos. Simbólicamente completa -explicó la camarera sonriendo, antes de irse con paso ligero-, como el banquete completo de los manchúes y los Han.

– Por eso todos quieren ser emperadores, para pagar un banquete que no pueden acabarse -dijo Diao, metiéndose una cucharada de sopa en la boca-. La sopa está muy caliente.

– Es posible encontrarle un sentido a cualquier cosa desde la perspectiva que uno elija. Otra cuestión, ¿tuvo Shang una relación estrecha con alguna otra persona en los últimos años de su vida?

– No. Circula la superstición de que las mujeres que escogen los emperadores son diferentes, casi divinas, porque con ellas disfrutan de las nubes y de la lluvia. En la antigua China, las concubinas imperiales y las damas del palacio tenían que permanecer solteras durante toda su vida, incluso después de la muerte del emperador. Eran intocables y estaba prohibido relacionarse con ellas, como si formaran parte de la Ciudad Prohibida. Es posible que los hombres, enterados de la relación de Shang con Mao, evitaran tener contacto con ella.

No me refería a eso, no necesariamente a una relación con un hombre.

No tenía amigos íntimos, no podía tenerlos con un secreto tan bien guardado. -Diao añadió con aire pensativo-: Bueno, salvo su criada, que empezó a trabajar para Shang antes de que ésta se casara por primera vez y permaneció a su lado hasta el inicio de la Revolución Cultural.

– Sí, hay varias historias sobre relaciones ejemplares entre amo y criado y señora y sirvienta en la literatura china clásica. Como en la obra Búsqueda y rescate del único heredero de los Zhao. Incluso inspiró a Brecht, si no recuerdo mal. ¿Cree que Shang confió en ella?

– No es usted ningún profano en cuestiones literarias, señor Chen -afirmó Diao, dirigiéndole una mirada escrutadora.

– Soy un profano comparado con usted -respondió Chen, lamentando que un momento de pedantería literaria lo hubiera delatado.

– Si se trataba de algo relacionado con Mao, no creo que Shang se lo hubiera dado a la criada. Es muy probable que, en aquellos años, la criada, debido a su clase social, hubiera denunciado a Shang.

– ¿Averiguó algo sobre la vida de la criada después de la muerte de Shang?

– Cuando me documenté sobre la infancia de Jiao, me enteré de que nadie visitaba a la niña en el orfanato, salvo una anciana no identificada que fue un par de veces. No estoy seguro de si era la criada, que ya debía de ser vieja por aquel entonces -dijo Diao, cada vez más incómodo por el rumbo que tomaba la conversación. Posiblemente ya empezaba a sospechar de las intenciones de Chen. Entonces consultó el reloj-. Lo siento, tengo que ir a cuidar a mi nieto, señor Chen. Esta comida ha durado más tiempo de lo que había imaginado. Puede llamarme si tiene más preguntas.

Eran casi las tres. Una comida prolongada. Chen también se levantó, le dio la mano a Diao y observó cómo se iba.

Después, Chen permaneció sentado a solas en el reservado durante varios minutos frente a la mesa llena de platos, muchos aún intactos.

A continuación cogió el móvil y marcó el número del Viejo Cazador en Shanghai, mientras contemplaba el resplandor de un dragón dorado esculpido en la columna pintada de rojo.

21

El Viejo Cazador estaba sentado a solas en la casa del agua caliente, bebiendo té en silencio bajo la luz que entraba por la ventana.

La casa del agua caliente no tenía la misma categoría que una casa de té. Cumplía la doble función de proporcionar agua caliente al barrio y té a los clientes ocasionales. Sólo había un par de toscas mesas de madera detrás de la estufa que calentaba el agua. En las inmediaciones del establecimiento había varios puestos de platos baratos. Años atrás, los clientes solían acudir a la casa del agua caliente con pasteles cocidos al horno y bollos hechos al vapor; gastaban uno o dos céntimos en una taza de té y después hablaban y disfrutaban como si fueran aristócratas.

Sin embargo, Shanghai se estaba convirtiendo rápidamente en una ciudad llena de contrastes y contradicciones. Unas calles más allá se alzaban lujosos edificios nuevos, pero la zona en la que se encontraba la casa del agua caliente continuaba siendo poco menos que un barrio de chabolas. De hecho, durante varias horas no entró ningún cliente que quisiera beber té.

Pese a ello, al Viejo Cazador le parecía bien así. No tenía que interpretar ningún papel. Un bebedor de té viejo y no un «bolsillos llenos», eso es lo que era. Incluso había traído su propio té. Sólo tuvo que pagar por el agua caliente. Podía sentarse allí durante horas, hablando sobre el té con el propietario, o, como hacía aquella tarde, bebiendo té a solas sin que se le acercara ni un camarero con una tetera de pico largo, dispuesto a servirle.

El té se enfriaba, y seguía siendo tan negro como el infierno. El Viejo Cazador había echado un puñado grande de oolong en la tetera para intentar reanimarse con un té extrafuerte. Su cansancio se debía a la escena que había alcanzado a ver en la ventana de Jiao a última hora de la tarde del día anterior, y que había continuado observando desde el otro lado de la calle, sentado en la casa del agua caliente, hasta bien entrada la noche. Y ahora se sentía tan atontado como un gato enfermo.

Era viejo, admitió mientras escupía las amargas hojas de té, pero este caso, aunque no fuera «su» caso, era muy especial para él. El Viejo Cazador repasó mentalmente las preguntas que le había hecho el día anterior a Bei, el guarda de seguridad del complejo residencial de Jiao.

El encuentro con Bei no fue tan fructífero como hubiera deseado. Al igual que él, Bei también estaba jubilado y seguía trabajando para complementar su exigua pensión. A diferencia del Viejo Cazador, el empleo de Bei estaba muy mal pagado, y el guarda de seguridad tenía que permanecer de pie a la entrada del complejo, lloviera o tronara, seis días a la semana. Para sorpresa de ambos, los dos jubilados compartían su pasión por el té. Así que fueron a un establecimiento mejor, la célebre casa de té Pabellón del Lago en el Mercado del Templo de Dios de la Ciudad Antigua. Allí el Viejo Cazador intentó sonsacarle información sobre Jiao, frente al exquisito juego de té de Yixing que había sobre la mesa de caoba. Bei habló sin reservas.

Según contó Bei, Jiao recibía muy pocas visitas. Era un complejo muy vigilado y todos los visitantes tenían que llamar desde la entrada, por lo que Bei estaba muy seguro de ello. Tampoco recordaba haberla visto en compañía de ningún hombre. Entonces se acordó de que, haría medio año, Jiao recibió una visita inusual. Acudió a visitarla una anciana pobre y harapienta, algo inusual en el complejo, que afirmó venir del antiguo barrio de Jiao. La mujer era inculta y resultaba incoherente al hablar, por lo que Bei la interrogó con detalle. Cuando por fin llamó a Jiao, ésta bajó a toda prisa para recibirla. Al cabo de dos o tres horas, Jiao acompañó a su visitante hasta la salida llamándola «abuelita», y después le paró un taxi. La anciana nunca volvió a aparecer.

No sorprendía demasiado que Jiao recibiera una visita de su antiguo barrio. Si acaso, cabía preguntarse de qué barrio se trataba.

Jiao se había criado en un orfanato. Después de aquello, compartió habitación con varias «hermanas provincianas», hasta que se trasladó al complejo.

Lo cierto es que Jiao tenía otros visitantes, al menos uno más, al que ni Bei ni Seguridad Interna llegaron a ver jamás. El Viejo Cazador se preguntó, tras beber otro sorbo de la taza casi vacía y levantar la mano, si debería dar un golpe en la mesa como un cantante de ópera de Suzhou, pero se contuvo. Lo que había visto la noche anterior, después de su conversación con el guarda de seguridad, confirmaba las sospechas de Peng sobre la vida secreta de Jiao. Aunque desde el otro lado de la calle apenas se divisaba su habitación, y pese a que el Viejo Cazador sólo había alcanzado a verlos fugazmente, la imagen de la pareja de pie junto a la ventana era inconfundible.