– Ridículo -dijo Álvarez una fracción de segundo después.
– Pero yo les comprendo, coño, porque el surveillance no está haciendo nada, nada, nada. -Una de cal, una de arena, era la norma del ministro en las discusiones-. Tenemos diez helicópteros sobrevolando Madrid provistos de escáner de rastreo… ¿Resultado? Cinco registros en falso en domicilios. Demandas judiciales. Y cuesta un huevo mantenerlos.
– Se parte de… -Álvarez se detuvo para tragar una flema que atiplaba su voz-. Perdón… Se parte de la base de que posee un sótano grande de dos niveles bajo tierra. Pero probablemente usa bloqueadores de última generación, y a ello le suma algún tipo de convertidor virtual para falsear el mapeo de la casa. Tenemos un nuevo sistema que permite detectar ese equipo sofisticado, pero… si, por ejemplo, dispusiera de un F-SASAT, o sea, un activador de falsas señales de satélite, entonces…
Mientras leía datos, sintiéndose cada vez más absurdo en su papel de chico listo, Álvarez pensaba: «¿Y las granjas? Las hemos cerrado todas. Es cierto que en ellas los cebos eran tratados de forma inhumana… sobre todo en la que Gens tenía en Madrid… Sí, sí, de acuerdo, pero… ¿Ahora echamos de menos a los cebos bien formados, como en sus tiempos lo estaban la Blanco o la Cabildo? Hemos retirado la mitad del presupuesto de Psicología por causas éticas y económicas y ahora… ¿Qué es lo que quieres? Esto es lo que hay, 007, licencia para matar: esto es lo que hay…».
– Bien, bien, bien. Todo bajo control, entonces -había dicho el ministro.
«Todo bajo control, una mierda», había pensado Álvarez.
Cuando el desayuno terminó, recordó que aquel mamarracho ni siquiera había mencionado una sola vez al cebo desaparecido en combate, «Elisa Iglesias», como la llamó el de Operaciones, así, de pasada, en un aparte a Álvarez. Elisa Catedral o Elisa Monasterio, sea lo que sea, por favor, no la mencionemos. Tenía apenas dieciocho años, había recalcado el de Operaciones. Por favor, no mencionemos a los cebos que aún no están en edad de merecer. No hablemos de los niños y niñas. «Ponéis el grito en el cielo cuando tenéis que explicar a la embajada francesa que una estudiante de dieciséis años de Tolouse ha sido secuestrada por nuestro psico nacional, pero no hablemos de las chiquillas que son cebos…»
Mientras cruzaba la calle, Álvarez Correa sintió que el cruasán se le revolvía en el estómago. Lo malo era que él podía comprender aquella negación, porque tenía hijos. «Imagínalos haciendo una mascarada… Imagínalos entrenándose en una granja para gustarle a un loco… Pero ahora imagínalos secuestrados por ese loco debido a que nadie ha querido mejorar el mundo de los cebos. Imagínalos torturados debido a que no existen buenos cebos capaces de entregarse al loco y destruirlo.» A fin de cuentas, como el doctor Gens le había dicho en cierta ocasión, «los cebos están haciendo lo que les gusta», por mucho que ningún legislador aceptase el placer de un cebo como prueba de la legalidad de sus actividades.
Su inquieto subconsciente le regaló otro mal recuerdo: la entrevista con Diana Blanco, hacía más de una semana. Blanco, una de las leyendas vivas del departamento, a quien, por azar, él había contemplado durante un ensayo en los teatros años atrás, experimentando así por primera vez en carne propia el poder de aquellos individuos. Los malditos cebos, sus demonios particulares, sus pesadillas diurnas, sus «chicos», a quienes no podía contemplar de frente pero tampoco dejar de lado. Los cebos, tan monstruosos como sus presas. «Y como sus instructores», pensó Álvarez con un escalofrío. Porque, ¿acaso era más humano Víctor Gens? Rememoró con alivio el día en que aquel psicólogo esperpéntico se había marchado para siempre. Por supuesto, sabía que Gens seguía vivo, y Padilla le había comentado que, de vez en cuando, le enviaban informes de casos para solicitar su opinión. «Pero al menos lo hemos perdido de vista. Al menos.»
No soportaba el recuerdo de Gens. Los pecados de Gens eran también suyos.
Sus pecados, su caída. A raíz del incidente con Diana, y pese a que no comprendía nada de psicología psinómica, Álvarez había leído acerca de su propia filia. Filia de lo Ambiguo, emparentada con otra llamada «de Caída», relacionada de algún modo con la obra Enrique V de Shakespeare, donde se narra la muerte de Falstaff, símbolo de la «caída» en la edad madura, del placer que el joven rey debe reprimir. ¿Y también -se preguntaba Álvarez- de su caída personal, de la sensación de estar precipitándose al vacío moral, al tragante donde justos y pecadores eran devorados sin distinción?
El coche de cristales tintados parecía agrandarse conforme él se acercaba. Le habían asegurado que la entrevista no duraría más de una hora, lo cual le animaba, desde luego, ya que así podría regresar a tiempo a su despacho en Interior, cerrar las puertas y prepararse para recibir una holoconferencia desde Londres con su hijo menor, Ismael. Dieciséis años de alegrías y preocupaciones. Oh Dios, deseaba tanto volver a ver su rostro y su cuerpo flacucho de chiquillo. Su hijo se educaba en un selecto colegio de Londres donde daban prioridad a las artes y humanidades en general. Quería ser actor, y Álvarez se había doblegado de buen grado a su deseo. A fin de cuentas, ya tenía bastante con sus otros dos hijos, un flamante empresario y un estudiante del Trinity de Dublín deseoso de hacer alguna carrera política, para satisfacer las ansias familiares de alta burguesía. ¿Por qué no dejar que Ismael jugase a su modo? Recordó de improviso que, en su última holoconferencia, el chaval se había quejado del «tostón» de obra que había ido a ver al teatro El Globo -Enrique V, precisamente-, añadiendo: «Desde luego, no es la mejor que escribió ese hombre, ¿verdad, papá?».
Deseaba alejar a sus hijos de aquel mundo y sus peligros, protegerlos de la existencia de los cebos, jóvenes como ellos que interpretaban a Shakespeare para proteger a otros. «Porque alguien tiene que hacer lo que debe hacerse», solía decir Gens.
Álvarez sintió compasión de sí mismo al verse reflejado por los cristales oscuros del coche. Allí contemplaba la clase de hombre que los demás pensaban que era: burócrata, calvo, caminando pesaroso bajo el gris del Madrid otoñal. «Comisionado de Enlace, qué coño: un cargo inventado que ni siquiera es político… Pero alguien tiene que hacerlo, ¿no es cierto? Y la mitad de las cosas bien hechas no es suficiente aquí, papá.»
El coche parecía vacío. Nada se escuchaba ni se movía en su interior. Mientras Álvarez lo rodeaba por la parte de atrás para abrir la puerta del copiloto, pensaba: «Acabarían cayendo, desde luego… El Espectador y el Envenenador… Los atraparíamos incluso sin cebos, claro. Sería cuestión de tiempo. La pregunta es cuánto». En cierto modo, se hallaba bastante esperanzado, ya que el motivo de aquella reunión confidencial era recibir nuevas y recientes pistas en ambos casos. Si podía entregarle al ministro ciertos progresos en las dos investigaciones, acabaría el día felizmente.
Llevó la mano a la portezuela del copiloto, y de repente pensó algo.
Siguiendo el protocolo de aquella entrevista secreta, había ordenado a sus guardaespaldas que no lo esperasen y regresaran a Interior. También había ahuyentado a su chófer y al secretario que siempre lo acompañaba. Estaba solo.
Pero tal eventualidad no tenía que preocuparle, ya que la entrevista que se disponía a realizar era completamente normal. Los códigos habían sido verificados. Iba a reunirse exactamente con la persona que conocía, como de costumbre.
Y sin embargo, de repente estaba preocupado.
Imagínate a cualquiera de esos monstruos que cazan tus «chicos» aguardándote aquí, dentro de este coche.
La idea era absurda, pero no era la primera vez que se veía asaltado por los inquietos fantasmas que albergaba. Su trabajo le obligaba a abandonar los pasillos de museo de los ministerios para enfrentarse al horror de uno y otro bando: locos peligrosos, cebos terribles. Nadie era capaz de comprender cuánto valor, cuánto coraje era necesario para, simplemente, seguir siendo él mismo cada día.