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El cuarto de Barbazul. Allí estaba. Mi hermana.

Era un sótano más pequeño que el superior, iluminado con luces zumbantes y crudas en azul claro, como las de un frigorífico. Anaqueles con frascos se aglomeraban en una pared. También había una mesa adosada con dos infames jaulas para cachorros y ordenadores con cubiertas protectoras. Pero todo eso lo vi después. En aquel momento solo pude mirar hacia la gran máquina en forma de aspa horizontal que había en el centro. Tenía que ser el torno. Sobre él, un cuerpo bocabajo, hinchado. Las venas eran visibles en la carne de las piernas, que tenía encadenadas a los extremos más largos del aspa. Desde donde me encontraba solo podía ver los terribles destrozos entre las nalgas.

Me quedé tan aturdida, tan temblorosa, echando vaho con mis jadeos y abrazándome el cuerpo, que ni siquiera me importó escuchar el grito de rabia del Espectador avanzando por el pasillo:

– ¡Estás encerrada, hija de puta! ¡¡Ahí no hay salidaaaaa!!

Seguí quieta, esperando la muerte.

Qué mal lo has hecho, devochka.

Entonces me moví, pero no para salvarme. Solo pensaba en destruirlo.

Me desplacé al fondo de la pequeña cámara sorteando los cables que discurrían por el suelo. No tenía intención alguna de mirar el rostro del cadáver, pero no pude evitar hacerlo de reojo. Y de repente me di cuenta de que no se trataba de mi hermana. Comprendí que jamás habría podido ser Vera: aquella chica llevaba varios días muerta, y solo la temperatura de la cámara había impedido que se pudriera del todo. Pero tampoco era Elisa Monasterio, sino una desconocida. La revelación no me dio ni más ni menos fuerzas, solo me conmovió.

De repente, todo mi ser se hallaba concentrado en contraatacar.

Los pasos se detuvieron en la puerta. Maldije por no haber pensado en alguna forma de encerrarme desde dentro. Ya era tarde. Descarté engañarlo con otra máscara: él dispararía nada más verme, y con el cuerpo maltrecho y rígido de frío como lo tenía, yo jamás realizaría los gestos con suficiente rapidez.

Se demoraba en entrar. Supe por qué: sostenía la pistola con la única mano operativa, y necesitaba desplazar el complicado pestillo de la puerta. Eso me daba algún tiempo. En la mesa junto al ordenador vi una barra de acero de la longitud de mi brazo, pesada pero manejable, y las gruesas teclas de plástico con diagramas del aparato en que finalizaban los cables del torno. A mi derecha había un recodo con una especie de máquina incineradora y una pequeña letrina al lado, donde sin duda las obligaba a agacharse para que se aliviaran frente a él. Me agazapé allí con la barra en la mano, y en ese instante la puerta se abrió.

Un paso, luego otro, su voz:

– Sé dónde estás… Sé dónde estás, puta…

Lo dejé avanzar. No podía verlo, pero podía calcular su avance porque la cojera hacía resonar sus pisadas. Esperé en medio de los zumbidos de la luz de morgue, tensa de miedo y furia, aferrando la barra y expeliendo vapor como un dragón por mis fosas nasales y mi boca abierta. El cabello se me había pegado a la frente como si me hubiese duchado y todo el sudor se había helado sobre mi cuerpo desnudo. Pasos. Pasos. Sé dónde estás. Otro paso.

De repente vi su sombra reflejada en la pantalla de los ordenadores. Se hallaba por fin al nivel del torno, tal como yo confiaba. Tenía que pasar junto a él para llegar hasta mí. Entonces tendí la mano izquierda a toda velocidad. Me dolía de forma atroz, pero no usé los dedos sino la parte carnosa del pulgar para golpear la tecla de apertura de las aspas, bien señalada, rogando por que el torno estuviese conectado. Sabía que las aspas no se abrirían con rapidez, pero esperaba que el movimiento lo confundiera.

Se oyó un chirrido. Simultáneamente, salí de mi escondite y giré la cintura aferrando la barra con ambas manos, como un bateador de béisbol. No quise apuntar muy alto: intentar darle en la cabeza a ciegas era arriesgarme a fallar. Eso hizo que acertara en su hombro izquierdo, ya malherido. Gritó y alzó la pistola, pero las aspas seguían abriéndose tras sus piernas, y perdió el equilibrio. Lo golpeé en la mano, desarmándolo, y luego en el vientre y en las rótulas, hasta asegurarme de que no podría levantarse. Cuando todo acabó, pulsé el botón de cierre de las aspas, me acerqué al cuerpo que se retorcía en el suelo y le puse el pie derecho y la barra en la garganta.

– Dónde están -dije.

Ambos temblábamos. Pareció divertirle mi pregunta, y por un instante su ojo sano me miró burlón. La sangre brotó del otro párpado.

– No están… Nunca han estado… -Logró sonreír con esfuerzo, como si se sintiera ganador-. Yo no he secuestrado a tus compañeras… Lo de los visores también era mentira: jamás hubieran detectado nada… ¿Ves? Quise controlarte con ese truco, y funcionó… Vosotras engañáis, yo engaño… Pero lo que importa ahora es…

Lo interrumpí presionando el talón del pie sobre su cuello.

– Sus desapariciones no se hicieron públicas, cabrón. No estás en condiciones de seguir mintiéndome, hijo de puta…

– No miento… -Gruñó con gran esfuerzo-. Ya te dije que podía acceder a los informes de la policía… El sábado me enteré de la forma en que desapareció la primera, y ayer de la segunda… Pero escucha esto, porque te interesa: alguien modificó las probabilidades en ambos casos…

– ¿Qué quieres decir?

Soltó una risa hueca, vacía. Su mano izquierda seguía presionando la herida del vientre. Un humo blanco escapaba con sus jadeantes palabras.

– No lo sabías, ¿eh…? Los ordenadores de tu departamento calculan las probabilidades que tiene cada secuestro de haber sido producido por mí… Primero realiza un análisis preliminar, rápido, y luego otro más profundo. Los análisis preliminares de tus dos compañeras ofrecen casi un cien por cien de probabilidad de que haya sido yo… Eso me intrigó y decidí investigar… No tardé en comprender qué sucedía… Sé cuándo se modifican los datos desde dentro, soy un experto, y te aseguro que alguien los ha amañado para hacerme responsable… Alguien de tu gente os está engañando, gilipollas… Y quizá yo podría ayudaros a atraparlo, pero si me entregas a la policía, nunca sabréis quién es…

Miré el cadáver atado al torno: en vida, podía haber tenido la edad de Vera.

– No pienso entregarte a la policía -dije.

Su único ojo se abrió del todo mientras negaba con la cabeza.

– No… no vas a matarme así, desarmado… No te atreverás…

– No, no me atreveré -convine.

Aparté el pie de su cuello y arrojé la barra al suelo. Cuando comprendió lo que me disponía a hacer, dejó de fingir que era un adulto.

Ignoré su llanto y súplicas, separé las piernas y afirmé las plantas de los pies a ambos lados de su cuerpo mientras movía los brazos. La clásica técnica de Ashburn para el Holocausto. Mi desnudez y el hecho de que mi presa me observara desde abajo reforzaron los efectos. Tardé quince segundos en poseerlo. Luego me alejé de él impidiendo que siguiera viéndome y despojándolo, así, del objeto supremo de placer en el instante de posesión, lo cual le provocó una disrupción dolorosa, agónica.

Lo dejé aullar mientras contemplaba el cadáver en el torno y pensaba en el resto de sus víctimas. El infierno se había inventado para seres como él. Pero yo no necesitaba que hubiese uno: el Espectador ya estaba en el infierno. Sus gritos se hicieron cada vez más agudos conforme su psinoma, incapaz de obtenerme, se refugiaba en etapas más primarias. Chilló todo el terror, la soledad y la angustia que yacían en su biografía. Chilló más allá de su condición humana. Chilló de puras ansias. Empezó a sacudir la cabeza, golpeándola contra el suelo de piedra en un martilleo constante, frenético, que no se detuvo cuando la sangre salpicó las baldosas. De hecho, aceleró el ritmo, como si batiera un tambor en algún ritual maléfico. Su boca soltaba espumarajos y todo su cuerpo temblaba. Era como si un demonio intentara escapar de su cráneo tras un exorcismo. «Te quemo el alma… Te estoy quemando el alma…», pensé.