Le pareció sentir que alguien se acercaba a la puerta. Amelia, sin duda. Pero quienquiera que fuese no se decidía a entrar. Se preguntó si sería su hermano tratando de gastarle una broma.
– Te estoy oyendo -dijo en voz alta, sonriente.
Nadie contestó. Iba a encender los mandos de la silla eléctrica para acercarse cuando, de repente, algo le llamó la atención en su cuadro.
Papá tenía razón: el ángel estaba demasiado serio. Lo había pintado con los brazos tan extendidos que no parecía invitar a nadie a refugiarse en ellos sino querer atrapar a una víctima inocente. Los dedos se abrían como garras.
Eres mía, Carolina.
Estaba mal hecho, era irreal. Solo su expresión resultaba llamativa, porque, a pesar de su seriedad, a Carolina se le antojaba que en sus ojos había un brillo de…
La puerta se abrió de golpe y la figura que entró tambaleándose en su habitación también estaba mal hecha y era irreal. Parecía haber surgido de una película de terror, con toda aquella sangre por encima, enarbolando aquel cuchillo. Carolina ni siquiera gritó. Sencillamente, no se lo creyó. Una garra aferró su camiseta y se sintió alzada en vilo desde la silla, sus inútiles piernas bailando en el aire como tentáculos de calamar, para luego caer de espaldas contra la cama en la que dormía. No le había dolido: estaba como desconectada de lo que sucedía, contemplándolo todo como parte de la misma pintura. Y cuando el hombre se arrojó sobre ella aplastándola con sus gruñidos, su olor a carne cruda y sus gestos animales y comenzó a tirar de sus pantalones de malla para bajárselos, Carolina supo que no era su padre, no podía serlo, sino el ángel.
Lo supo porque había visto en los ojos del ángel lo mismo que ahora veía, desde tan cerca, en los del hombre.
Placer.
30
Pasé el resto de la tarde haciéndome las mismas preguntas. ¿Por qué tenía la sensación de que Gens me ocultaba algo? ¿Acaso sabía dónde se encontraba Vera? ¿Y qué pensar del secuestro de Elisa? ¿Estaban ambas desapariciones relacionadas con lo de Renard?
Intenté hablar con Padilla, pero en Los Guardeses me dijeron que se había tomado el día libre y yo no conocía sus teléfonos privados. Mi única esperanza era Miguel. Tampoco contestaba. Le dejé un mensaje. A última hora, cuando ya anochecía, mi teléfono sonó y era él. Parecía contento, se disculpó por no haber llamado antes y me propuso algo inusuaclass="underline" vernos en un mexicano de Princesa que nos gustaba a los dos. Yo no tenía ningún deseo de salir a cenar, pero Miguel aseguró que solo buscaba un sitio agradable en el que poder hablar. Terminé aceptando, me puse la cazadora y llegué al restaurante antes que él tras recorrer un Madrid frío y lluvioso. Tuve que admitir que el ambiente del local, bastante lleno en víspera de festivo, los recuerdos de otras cenas disfrutadas allí y los primeros sorbos del margarita me animaron. Y mientras le echaba un vistazo a la carta, que contenía fotos de los platos, una sombra me hizo alzar la vista, y allí estaba.
– Hola, cielo.
– Hola.
Venía espectacular, con una camisa negra opalina y el cabello de nieve ondulado. Su sonrisa, en medio de su barba recortada, me hizo sentir más calor que la bebida. De repente comprendí que había sido buena idea reunimos allí.
Miguel hizo un rápido pedido, luego se dedicó a escuchar. Nos habían dado una mesa cerca de la cocina y se oían voces de camareros, pero estábamos más alejados de las risotadas de los clientes, y de todas formas el mundo desapareció para mí mientras narraba mi encuentro con Gens y las sospechas sobre la desaparición de Vera. Miguel me acariciaba la mano vendada, y recordé un gesto similar de Mario Valle en otro restaurante, parecía que siglos atrás. Cuando acabé, lanzó un suspiro.
– ¿Quieres saber lo que pienso exactamente?
– Como si estuviéramos en «la habitación de la sinceridad» -dije.
– Pienso que te estás metiendo tú misma en un callejón sin salida, cielo.
– Vale. Ahora respóndeme a esto: ¿conocías la verdad sobre lo de Renard?
– No. -Yo lo miraba directamente a sus bellos ojos y solo veía franqueza, como espejos que reflejaran la mía propia-. No sabía nada, te lo juro. Pero te seré muy sincero, Diana, no me sorprende en absoluto. Se han hecho pruebas con cebos en todo el mundo… Espera, déjame hablar… Si vas a preguntarme cómo lo considero éticamente, te diré que reprobable, ¿vale? Ahora bien, ¿creo que hay que montar un escándalo, llamar a los periódicos, poner una denuncia? No, no lo creo. Y tampoco creo que lo sucedido con la pobre Claudia tenga nada que ver con la desaparición de tu hermana… ¿Datos de ordenador amañados? Perdona si te digo que la palabra de un psico al que estabas a punto de eliminar no me resulta del todo fiable…
Al principio me desconcertó tanto su opinión que no repliqué. Luego dije:
– Miguel, el profesor Gens fingió el secuestro de nuestra compañera Claudia y la torturó durante un mes debido a un experimento científico. ¿Eso es solo «reprobable»?
– Todos hemos pasado pruebas muy duras durante nuestra…
– ¡Eso no era una jodida prueba!
Varias caras giraron hacia nosotros. Pensé con alegría feroz que quizá había gente del servicio secreto allí, y al día siguiente los titulares dirían: «Dos cebos son arrestados por hablar en voz alta de asuntos confidenciales ante un plato de nachos con guacamol». Me quedé mirando a una chica que me miraba asombrada mientras se probaba algún tipo de brazalete, y recordé que en aquel restaurante regalaban a las mujeres al final de la cena una baratija de presunto arte azteca. La chica desvió la vista.
Por fortuna, Miguel me conocía, y no respondió a mi exabrupto con un «no grites, por favor», «nos están mirando» o cualquier otra gilipollez semejante de las que solían animarme a gritar más. Se limitó a hacer una pausa mientras untaba otro nacho en abundante guacamol. Luego se secó con la servilleta y bebió un sorbo de vino.
– Diana, cielo, nada de lo que hacen los cebos es normal, ¿de acuerdo?
– No necesito que me lo recuerdes.
– Nuestro trabajo se basa en la ficción, el teatro, el engaño…
– Pero hay cosas reales. Los afectos que sentimos son reales. Lo nuestro es real.
– Sí, lo nuestro es real -admitió, mirándome.
– Y nuestra dignidad como personas, también.
– Disculpa, pero ¿pensaste en tu dignidad como persona cuando te preparabas para el Espectador? ¿No estabas deseando entregarte a él? -Y de pronto percibí una emoción distinta bajo su calma aparente: estaba soltándome todo su enfado-. ¿La chica a la que amo, la que había decidido dejar de una vez el trabajo para empezar una nueva vida conmigo? Y de repente, ¿qué hace? Correr hacia el matadero y poner el cuello en el tajo. -Meneó la cabeza-. Solo trato de decirte que lo que hacemos es completamente anormal, pero lo aceptamos. Incluso nos gusta. Y cuando deja de gustarnos, como me ha pasado a mí, entonces adiós. Nos largamos. A nadie le obligan a quedarse.
– A Claudia la obligaron.
– No: solo le mintieron. Ella estaba dispuesta a entregarse a Renard, pero Gens la eligió para algo más que para detener a un solo loco: intentar descubrir cómo detenerlos a todos. Y si alguien podía dar a Gens la máscara Yorick, era ella. Claudia era uno de los mejores cebos, no solo de este país sino de toda Europa. Igual que tú.
Su última frase flotó en el aire como un olor intenso. Nos miramos.
– Pero Gens la eligió a ella -dije.