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Así es la trayectoria en trazado parabólico del universo de Updike, presionado por los imperativos de la historia hacia la ansiedad social y la intranquilidad cotidiana. Sus protagonistas viven intensamente el drama del individuo moderno confinado en sí mismo, consecuencia de saberse a merced de factores que no controlan, despojados de todo atributo de fe, incluso de toda coartada ante un destino impuesto que los maneja a su antojo. Si los cuatro libros dedicados a las aventuras y miserias de Conejo Amstrong deben ser tomados como suma de las preocupaciones dorsales de la narrativa de Updike, sus obras restantes tratan, desde ángulos diversos, los temas subyacentes que forman el entramado de la serie. Entre ellas destaca precisamente Centauro, novela fechada en 1963 y que se sitúa inmediatamente después de Corre Conejo y es anterior a Parejas, ésta aparecida en 1968.

Centauro es una obra que siempre me ha parecido insólita en la bibliografía de John Updike, no por el asunto que focaliza sino por la manera de hacerlo. En ella el autor recurre nada menos que a la mitología griega para entrar en una relación de conflicto entre padre e hijo, al parecer inspirada en la propia historia de Updike. Debemos recordar que en el Olimpo heleno Quirón era el más célebre, juicioso y sabio de los centauros -de ahí el título de la novela-, hijo del dios Crono y de Fílira, hija a su vez del océano. Con el propósito de engendrar a Quirón, Crono se había unido a Fílira adoptando la figura de caballo, lo cual explica su doble naturaleza y la pertenencia a la misma generación divina que Zeus. Además de estar dotado de inteligencia, bondad y prudencia, Quirón nació inmortal. Cuando al cabo del tiempo, fatigado y profundamente herido por la vida, Quirón se retiró a una cueva deseoso de morir cuanto antes sin conseguirlo, encontró finalmente al joven Prometeo, a quien cedió gustosamente los dones de la sabiduría y la inmortalidad a cambio de su derecho a la muerte y al descanso.

En la novela de Updike, Quirón es representado por un profesor de ciencias, radicado en una pequeña localidad de Pennsylvania, que trata por todos los medios de comprender los problemas que le enfrentan a su hijo de quince años, un moderno Prometeo caracterizado por la apatía y la mediocridad. Tras vivir una serie de incidentes que se desatan a lo largo de tres días de 1947, el relato se desdobla de manera que siguiendo las pautas de su referente mitológico sitúa al lector ante la agonía del viejo maestro, un hombre mortalmente cansado, en realidad derrotado por los estragos de la vida en la civilización industrial, que busca la forma humanista de iniciar al hijo en el duro oficio de existir a cambio de obtener la paz de los muertos.

En la soledad de su conciencia malherida, el profesor Caldwell/Quirón, uno de los dos ejes en torno al cual gira la narración -el otro es, por supuesto, el hijo cuyo punto de vista de la historia expresa en primera persona del singular- experimenta el dolor de una suerte de vértigo en aumento que poco a poco, en forma de revelación sacramental, le va incapacitando para seguir viviendo en un mundo cada vez más vulgar y soez, dominado por oscuras motivaciones, que rechaza en igual medida en que se siente rechazado por él.

Centauro es un texto diáfano para el lector, sin zonas que para ser transitadas requieran de su complicidad, servido una vez más por la voluntad de estilo puntilloso que personaliza la prosa de Updike. Si los personajes casi nunca logran hacernos olvidar la firmeza y la elegancia formales que los especifican, es decir, la riqueza del verbo aplicado a sus vidas ficticias, se debe en gran medida a que expresamente son deudores de la leyenda mitológica que Updike quiso insertar en la historia contemporánea, con lo cual en su composición tiene más peso lo arquetípico que lo propiamente substantivo de las criaturas humanas susceptibles de desenvolverse libres de vínculos o afinidades prefijadas.

Por lo tanto, no alimento la menor duda acerca del valor de Centauro como una obra que al mismo tiempo que ejemplifica con fidelidad las maneras narrativas de John Updike -las virtudes y las servidumbres del Updike de la primera etapa-, se aparta un buen trecho del camino real que a lo largo de una cuarentena de títulos le llevarían a erigirse en el novelista por excelencia de la domesticidad norteamericana, el que con mayor profundidad ha analizado los conflictos y evolución de la pareja liberal, esto es, de la familia, y la transformación de sus esquemas sociales y morales al ritmo de los acontecimientos históricos que a su vez han modificado la sociedad desde el ya lejano mandato de Kennedy al de Bush.

Updike no ha vuelto a servirse de la mitología griega como soporte, quizá porque ha sido precisamente él, junto con Saul Bellow, quien de manera convincente ha creado una simbología no codificada del individuo moderno en una sociedad lastrada por la violencia, la dureza y el vacío espiritual, que lo perturba. En tanto que cronista veraz de esa confrontación trascendental, molesta e inquietante, John Updike es soberbio y, aunque sólo fuera por eso, habría que leer sus obras de ficción con interés y respeto.

Robert Saladrigas

Febrero 1993

1

Caldwell se dio la vuelta y al volverse recibió en el tobillo el impacto de una flecha. La clase estalló en una carcajada. El dolor desconchó el delgado núcleo de su mentón, se arremolinó en las complejidades de su rodilla, y, más hinchado y ancho, más atronador, trepó por sus intestinos y le forzó a levantar la vista hacia la pizarra, donde acababa de escribir con tiza la cifra 5.000.000.000, el número probable de años de vida del universo. La risa de la clase, desde el primer estridente ladrido de sorpresa hasta los abucheos lanzados contra su objetivo con total premeditación, parecía atropellarle, aplastar la intimidad que tanto deseaba, una intimidad en la que hubiera podido recogerse con su dolor, calibrar su intensidad, estimar su posible duración e inspeccionar su anatomía. El dolor extendió un tentáculo por su cabeza y desplegó sus húmedas alas a lo largo de las paredes de su tórax, de modo que Caldwell, víctima de una repentina ceguera roja, tuvo la sensación de ser un gran pájaro en el momento de despertar. El encerado, una pizarra lechosa que conservaba aún huellas de las manchas dejadas al ser limpiada el día anterior, se adhirió a su conciencia como una membrana. Los peludos artejos del dolor parecían desplazar su corazón y sus pulmones; cuando empezó a hincharse el apretón de dolor en su garganta, a Caldwell le pareció que, como si se tratara de un resto de comida puesto sobre una bandeja, levantaba todo lo que podía su cerebro para impedir que aquella hambre lo alcanzara. Varios chicos, vestidos con camisas de todos los colores del arco iris, se habían subido a sus pupitres para lanzar impúdicas miradas y aullidos al profesor, apoyando sus enlodados zapatos en los asientos plegables. La confusión llegó a ser insoportable. Caldwell se fue cojeando hacia la puerta y la cerró a su espalda dejando atrás los furiosos y festivos ruidos.