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– No, espero en línea.

Jan desactivó el micrófono del móvil y se disculpó con Sonia, pero era el jefe y quería hablar en privado. Se verían al día siguiente en el desayuno.

El vestíbulo del hotel era inmenso y estaba medio vacío, no resultó difícil encontrar un rincón tranquilo. Jan se sentó y activó la línea.

– Ya estoy aquí, doctor Kluge.

– Bien, ¿se acuerda de la pregunta o tengo que repetírsela?

No hacía falta que se la repitiera. Era la misma que Jan se había hecho mil veces desde que había decidido seguir los pasos de Marlowe.

– Doctor Kluge, durante la reunión en Múnich en la que decidimos cerrar el centro de la India, le oí decir una frase al doctor Lee, una frase que me quedó grabada. ¿Quiere que se la repita?

– No, continúe.

– Al principio, en el centro, Mohindroo me ha dicho que quería hablar conmigo. Me ha contado que conocía el verdadero motivo del cierre. Estaba extremadamente alterado y yo, muy cansado. Cuando me ha dicho que yo no sabía nada y que tenía que informarle a usted de nuestra conversación, he mencionado una parte de la frase, que Mohindroo me ha confirmado. En pocas palabras, eso es lo que ha sucedido. No sé lo que significa, doctor Kluge, explíquemelo usted.

Jan sudaba como si hubiera estado corriendo. Había hablado sin respirar, pero le pareció que había conseguido disimular bastante bien.

Kluge dejó escapar un largo suspiro y adoptó un tono paternalista.

– Entiendo. Aunque se quisiera escribir el guión de una película no se podría imaginar una situación más absurda. Jan, usted ha hecho un buen trabajo en la India. De veras. Vuelva a Múnich cuanto antes y se lo explicaré todo. Está claro que se trata de un enorme malentendido, sólo lamento que todo esto se deba a una frase mía referida a un contexto completamente distinto de la India y que no tiene nada que ver con el centro de desarrollo. Le ruego que no hable de esto con nadie. Váyase tranquilamente a dormir. Hasta pronto.

Jan no acababa de saber si la conversación había resultado positiva, y tampoco tenía ni idea de cuál sería su futuro en la empresa. Tenía la impresión de haberse cerrado todas las puertas. Había entendido mal el sentido de aquel «morirán todos», demostrando ser un idiota. Y, en el caso de no haberlo entendido mal, había dado muestras de no ser muy astuto. Y una empresa seria no debería contratar a idiotas. Acabara como acabase todo aquello, la respuesta que le había dado a Kluge era honesta, y la única que consideraba posible. Y había pensado en muchas, fantasía no le faltaba.

Mientras, todavía trastornado, se dirigía al ascensor, Sonia estaba saliendo del bar y le hizo señas de que la esperara. De hecho, la llamada había durado poco.

– Hola, ¿todo bien con el jefe?

– Muy bien, nos ha felicitado por el estupendo trabajo que hemos hecho. -No consiguió añadir nada más porque le sonó el teléfono. Un número oculto, perfecto-. Diga.

– No pensarán que soy tan estúpido, ¿verdad? Pueden echar abajo el centro con las excavadoras, pero den por seguro que he tomado mis precauciones.

A Jan le pareció reconocer la voz de Mohindroo.

– No sé lo que dice, ¿quién habla?

– He vuelto al centro porque había olvidado algunos efectos personales y he visto que no han perdido el tiempo. Pueden quemar todos los servidores, no cambiará nada, dígaselo a su jefe.

– Mohindroo, si tiene algo que decir, dígaselo personalmente a Kluge, yo no puedo ayudarlo -y colgó.

– ¿Y ahora qué ocurre?

– Nada. Mohindroo ha estado en el centro, ha visto que ya lo están desmantelando y no me ha parecido contento. Me voy a dormir, estoy destrozado, nos vemos mañana.

Se despidieron y Jan, una vez en su habitación, se desplomó sobre la cama. Ni siquiera tenía ganas de desnudarse.

Su maletín estaba junto a la cama, lo cogió y lo tiró sobre el sillón. Estaba abierto, y entre los documentos que salieron volando también estaban los perfiles de los dirigentes del centro que Sonia le había dado el día anterior. Se levantó y recogió la carpeta de Mohindroo del suelo. Leyó su contenido atentamente. Luego las pocas fuerzas que le quedaban lo abandonaron.

Se durmió.

Mohindroo bajó del coche. Había olvidado una foto de su hija en el despacho y esperaba encontrar todavía a alguien en el centro. Pero ya se habían ido todos. Maldijo para sus adentros. Sonó el teléfono. Era Kluge. No quería darle nada. Le dijo que no sabía de lo que le estaba hablando. Le aconsejó que se tomara unas vacaciones y lo llamara a la vuelta; verían si tenían algún puesto para ofrecerle.

Pero su hombre de paja se lo había confirmado. Aquí Kluge pareció sorprendido. ¿Qué había confirmado? Le había confirmado las muertes.

En ese momento, Kluge perdió la paciencia.

– Mohindroo, que quede claro. No tengo ni idea de lo que me está diciendo. Si se atreve a llamarme, o si me entero de que ha intentado ponerse en contacto con otros empleados de mi empresa, puede olvidarse del finiquito que le hemos ofrecido. Espero que quede claro -y colgó.

Al principio Mohindroo quedó estupefacto, luego dio rienda suelta a su fogosidad india. Chilló, maldijo, lloró. Empezó a dar patadas a las piedras del aparcamiento, una de las cuales fue a estrellarse contra la puerta delantera de su coche.

Se tranquilizó ligeramente. Se dirigió al automóvil. Después de comprobar los daños de su bravuconería subió y se fue conduciendo a casa.

Su mujer estaba en la cama durmiendo. Bien, pensó Mohindroo. Ésa no se despierta ni con los monzones.

Se dirigió al salón. Abrió una botella de whisky. Después del primer vaso llamó al pelele. Jan también lo trató como a un apestado y le colgó el teléfono en las narices.

A cada vaso que bebía, su rabia iba en aumento. Miró algunas fotos que estaban colocadas sobre la mesa que había frente al sofá en el que estaba sentado. Cogió la de la boda de su hija. La hija que había tenido en su anterior matrimonio.

Qué guapa era. Siempre había sido guapísima, la más guapa de todas. Cuántas propuestas de matrimonio había recibido. Se conmovió, como siempre le ocurría cuando estaba borracho y pensaba en su hija, que hacía bastantes años que ya no vivía con él. Encendió un cigarrillo. Su mujer fumaba de vez en cuando, él lo había dejado tiempo antes. La botella estaba casi vacía. Estaba borracho. Iba a ganar esa partida. Cogió el teléfono. Salió el contestador. Dejó un mensaje.

¿Con quién pensaban que se las iban a ver?

Quizá no creyeran que se atrevería.

No encontraba otra explicación.

Pero él lo había logrado. Era un gran matemático. El mejor. En Boston lo había demostrado. Las empresas hacían cola para adjudicárselo. Pero él quiso volver con su esposa, con su familia. Siempre lo había dado todo por aquella asquerosa empresa. Y ¿ahora dudaban de su capacidad?

Mañana le daría una prueba de ello a ese idiota. Y entonces sí que podrían negociar. ¿Cuánto podía valer lo que había descubierto? ¿Cien millones? ¿Mil millones? ¿Diez mil millones?

Y ellos no querían darle nada. A él, que no pedía gran cosa, sólo un par de millones. Nada. ¿Cómo era posible que no se dieran cuenta de que el suyo era un gesto de amor por la empresa? Con lo que sabía, los tenía cogidos. Con la información que tenía podía crucificarlos y, en cambio, lo único que pedía era desaparecer en silencio, con un pequeño fondo de pensiones. Podría haberse dedicado a sus estudios, a su pasión, quizá a hacer de asesor para alguna empresa.

Mañana. Mañana sería su día. Les daría la prueba definitiva de lo que sabía y luego ya se vería si aceptaban negociar o no. Cogió su portátil y escribió rápidamente un mensaje a un amigo, necesitaba desahogarse.

También tenía que ir al baño, urgentemente. Se levantó. Decidió usar el de la planta de abajo, que era más silencioso, no fuera que por una vez su mujer se despertara y lo viera en ese estado.