– Es éste -indicó la hija de Mohindroo-. ¿Qué quiere hacer ahora?
No había terminado la pregunta cuando sonó el timbre de la puerta.
Tras un instante de indecisión, Pamira se acercó a la ventana, seguida de Jan. Ante la entrada estaba Nigam. Jan sintió que se le aflojaban las piernas, le habría venido bien sentarse en la silla que había delante del escritorio. ¿En qué lío se había metido?, se dijo.
La mujer lo miró con aire interrogativo.
– Pamira, ése es el jefe de la filial india. No me fío de él y creo que su padre tampoco se fiaba, de no ser así no me habría llamado a mí. Vaya a ver qué es lo que quiere pero, por favor, no lo deje entrar hasta que hayamos descubierto lo que su padre ha escondido en este ordenador.
– Espéreme aquí, vuelvo en seguida -dijo la mujer.
Entonces Jan hizo algo inimaginable sólo unos días antes. Cogió el ordenador, lo metió en su maletín y corrió hacia la ventana que daba a la parte trasera de la casa.
Vio un pequeño patio cerrado entre otras casas de dos pisos de alrededor. Abrió la ventana y consideró la altura que había: no dejaba de ser una segunda planta. Pensó que lo conseguiría.
Cogió la maleta con la ropa y sopesó si podía tirarla abajo sin que quedara destrozada. Imposible. No es que fuera muy alto, pero aun así se trataba de un salto considerable. Encontró la funda de un sofá y pensó en usarla a modo de cuerda para bajar el equipaje y el maletín, pero advirtió que era demasiado corta y no llegaba al suelo. No tenía tiempo de buscar nada más largo, así que desató la funda. Que se rompiera todo, quizá fuera mejor así. Las maletas cayeron estrepitosamente en el patio, la que contenía el ordenador encima de la otra. Quizá no estuviera todo perdido, pensó Jan. Ahora le tocaba a él. Le dio la sensación de que la distancia se había hecho mayor. Era un salto de locos. Pasó por encima del alféizar y fue deslizándose por la pared manteniéndose agarrado con las manos a la cornisa de la ventana. Miró abajo, tenía miedo de romperse todos los huesos, estaba seguro de que eso era lo que iba a pasar. Por otra parte, no tenía alternativa: volver a subir sirviéndose sólo de la ayuda de los brazos era imposible, al menos para él. La única opción que le quedaba era permanecer colgado en esa posición hasta que alguien lo ayudara a volver a entrar. Se dejó caer.
Aterrizó en el patio sin graves consecuencias. Desató los nudos y corrió hacia la salida de la casa de enfrente. Apareció en la paralela de Pushkar Road. No había ningún taxi a la vista. Intentando pasar desapercibido, caminó rápidamente hasta la esquina con Joshi Road, una calle más transitada donde pocos minutos después consiguió parar un taxi.
Estaba completamente empapado de sudor y todavía no se sentía seguro. Lo arrestarían en el aeropuerto, pensó.
Transcurrió el resto del viaje temiendo que lo iban a capturar y que acabaría en una prisión india. Jan imaginaba que no podría sobrevivir más de veinte o treinta días en una cárcel local, así que cualquier pena, por leve que fuera, pondría fin a su inútil existencia.
Desde Bangalore llegaron a Delhi: sala de descanso en el aeropuerto hasta la fantástica hora de salida hacia Frankfurt, las dos y media de la madrugada. Aterrizaje a las seis treinta hora local, después vuelo hacia Múnich a las ocho con llegada a las nueve de la mañana al aeropuerto y a la oficina a las diez. Si la principal causa de muerte de los directivos era el infarto, bien mirado tenía una razón de ser.
En ese lapso, Jan tuvo tiempo de inventarse todas las paranoias posibles; de concretar con Sonia sobre los últimos detalles del cierre del centro y de la muerte de Mohindroo; de aceptar una cita con Kluge a las once del día de llegada; de hablar por fin con su mujer y sus hijos; de encender el ordenador de Pamira en un baño del aeropuerto de Frankfurt y descubrir que necesitaba una contraseña para acceder incluso a Windows; de redactar el informe de su viaje a la India para Kluge; de beberse cuatro cafés y fumarse un par de cigarrillos.
La explicación
– Bienvenido, Jan, siéntese. -Kluge parecía cordial, iba vestido con elegancia y llevaba un reloj de coleccionista en la muñeca. Además, por primera vez, había sonreído. Una bonita sonrisa cordial.
Jan se sentía sucio y pegajoso. Apenas había podido refrescarse la cara en los lavabos del aeropuerto. Como de costumbre, en el avión no había dormido, y estaba listo para ser despedido.
Se sentó en uno de los dos sillones que había frente al escritorio del jefe. Tenía fotos y diplomas por todas partes colgados de las paredes. Kluge había ido acaparando cualquier trozo de papel que pudiera conseguirse del departamento para el desarrollo de recursos humanos: desde el curso de mánager de nivel uno hasta el de nivel seis, sólo accesible para los máximos dirigentes. Y todos ellos resaltaban por encima de su cabeza. No había duda de que Kluge era un hombre de empresa. De los que conocían a todo el mundo, y no desde hacía poco. Algunas fotos lo mostraban junto a los miembros del consejo de administración, con un ex primer ministro alemán y uno francés, en medio de un equipo de fútbol patrocinado por la empresa, con un futbolista brasileño, con un cantante famoso y, naturalmente, con su mujer y sus hijos. Por todas partes había móviles de «edición limitada» grabados con dedicatorias al número dos de la empresa. Los palos de golf estaban colocados no lejos de la puerta.
– Jan, se lo agradezco mucho. Ha hecho un estupendo trabajo en la India. Un trabajo nada fácil. Sobre todo con la historia de Mohindroo. Y además con la desgracia que ha sufrido, pobre.
Después de los tres segundos de silencio protocolario para respetar el luto, Kluge prosiguió.
– Pero ya se sabe que ocurren desgracias, y también ocurren muchas otras cosas en una gran empresa como ésta. Ahora, respecto a usted, Jan, yo puedo elegir entre tener un ayudante de paja o un brazo derecho. Es una cuestión de confianza, como podrá entender, difícil de establecer a priori. Tengo que poder fiarme completamente de su modo de actuar, de su discreción, y viceversa, eso vale también para usted en relación conmigo. Ha hecho usted un buen trabajo, dadas las circunstancias. Claro, todavía deberá pasar algún tiempo para que podamos ser una pareja unida profesionalmente hablando…
Jan sonrió.
– … pero creo que la situación requiere una aclaración que nos ayudará a avanzar en esa dirección.
Con un hilo de voz, Jan repuso:
– Por supuesto.
Eran pocas las verdades que podrían convencerlo.
Ni siquiera él sabía lo que quería oír. Si Kluge admitía irregularidades administrativas, lo pondría en la difícil posición moral de denunciar el hecho. Por otro lado, una historia inverosímil sería una sombra demasiado grande en su potencial papel de brazo derecho y, probablemente, lo obligaría a dimitir. No había contemplado otras hipótesis, y todas sus elucubraciones de los últimos días habían llegado a su fin.
– Jan, el cierre del centro y las afirmaciones de Mohindroo tienen orígenes completamente distintos. Nuestro ex colega indio asoció dos hechos independientes y sacó conclusiones que no se corresponden con la realidad. Mire, el cierre del centro viene dictado por factores puramente económicos. No es necesario que le muestre las cifras, pero trasladar la producción a China conllevará una notable mejora en los costes, teniendo en cuenta que la productividad por empleado es bastante superior en ese país, o al menos en este caso concreto.
»Pero vayamos a la segunda parte, la más desagradable a causa de los equívocos que ha generado. Debe saber que cada año financiamos una serie de investigaciones que tienen por objeto definir los efectos que las nuevas tecnologías o determinados desarrollos tecnológicos ya existentes tienen sobre los seres vivos. Siempre hay alguien que profetiza sobre desastres provocados por las ondas, sean del tipo que sean. Debemos ser capaces de defendernos.