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– Lo haré, le pido disculpas otra vez. -La chica reanudó su camino junto a su amiga, a la que le costaba contener la risa.

Kroeger caminó algunos metros. Intentaba pensar de nuevo en la conversación que acababa de mantener con su jefe, pero un dolor creciente le subía por la pierna. Se miró los pantalones, notó una pequeña mancha roja a la altura del muslo.

Se volvió, no había rastro de las chicas. En su lugar vio a dos hombres que parecían empleados de banca con sus maletines. Caminaban en su misma dirección, algo más atrás. La vista se le estaba nublando, empezó a tener miedo. Volvió a ponerse en marcha más rápidamente y se dio de nuevo la vuelta: los dos hombres no se habían acercado. La pierna derecha cedió. Cayó de bruces delante de una anciana que en ese momento salía de la panadería.

– Ayúdeme. Estoy mal -susurró Kroeger.

– ¿Cómo? ¿Qué ha dicho?

– Ha dicho que no se encuentra bien, que necesita ayuda -intervino uno de los dos hombres que se habían acercado corriendo a la escena-. No se preocupe, señora, soy médico, ahora lo llevaremos al hospital. Diría que es una bajada de tensión, suele pasar en días como éste.

– Ah, sí, dígamelo a mí: ayer nos congelábamos de frío y hoy estamos a veinte grados.

– Ventajas e inconvenientes de Múnich. Max, coge el coche, iremos más de prisa si lo llevamos nosotros que si esperamos a una ambulancia. Gracias, señora, ahora ya me ocupo yo.

La mujer no se movió hasta que cargaron al pobre hombre en el coche, conducido por Max.

– Espero que se recupere pronto, ¿adónde lo llevan?

– Al Hospital Universitario. Hasta la vista, señora, y gracias.

Un hombre alto, rubio, de ojos verdes y pelo cortado a cepillo entró en la sala. Llevaba puesta una bata blanca.

– No creo que haya sido él. Es un ex agente, pero no está entrenado para aguantar todo lo que le hemos suministrado. Nunca ha estado en casa de esa Pamira, de eso estoy convencido.

– ¿Está seguro? -dijo un hombre de unos cuarenta años que estaba sentado a la gran mesa que, junto con otras cuatro sillas, componía todo el mobiliario de aquella habitación.

– Sí.

– Es usted quien sugirió que «recogiéramos» e «hiciéramos hablar» al señor Kroeger después del informe que ha llegado de la India, ¿verdad?

– Sí, en efecto.

El hombre de la bata empezaba a sentirse un poco inquieto, no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación.

– Y antes de dar este paso doy por supuesto que ha enviado una foto de Kroeger a uno de nuestros hombres en la India para comprobar con la señora Pamira que Kroeger es Kroeger, ¿verdad?

Hubo un largo silencio.

– Habrá que averiguarlo ahora. Dé las instrucciones pertinentes.

– Claro, señor -consiguió articular el subalterno.

– Cuando reciba la respuesta de la India tendremos dos problemas. O bien sus cócteles de drogas no sirven de nada y tendrá que buscarse un nuevo trabajo, o bien tendremos que averiguar quién se presentó en casa de la india haciéndose pasar por Kroeger. Ahora váyase, vuelva al trabajo.

El hombre siguió con la mirada a aquel idiota mientras abandonaba la sala.

Luego se volvió a su izquierda, donde estaba sentada su ayudante.

– A ti tampoco se te ha ocurrido obtener una confirmación de la India, ¿verdad?

– No, ni a ti, si lo dices por eso. Te has dado cuenta porque hace sólo diez minutos has oído la grabación de la conversación de esta mañana entre Kluge y Kroeger, en la que el propio Kroeger sugería hacer esa comprobación.

El jefe la miró de soslayo.

– Bueno, ahora tenemos que descubrir quién ha cogido ese ordenador. Kroeger no ha sido, si no lo ha admitido con todo lo que le han inyectado quiere decir que no tiene nada que ver con esto.

– ¿Qué pasará con él?

– Ya lo sabes, ¿por qué me lo preguntas?

– No ha hecho nada.

– No hace falta que me lo recuerdes. Se lo haremos saber a quien se haya hecho pasar por él.

Andreas

Menuda noche, menudos sueños. Jan se despertó a las cuatro, completamente sudado, en el sofá del salón de sus amigos. Cuando llegó a casa ellos no estaban, pero debían de haber vuelto mientras dormía, ya que se encontraba bajo un cálido edredón y la tele estaba apagada. Por la tarde se había echado una siesta, luego se había pasado toda la noche hablando con Julia por el móvil, al final debía de haberse venido abajo. No había hecho una llamada así en toda su vida. Todas las tensiones le estallaron de repente, hizo un monólogo de una hora antes de que Julia pudiera pronunciar una palabra. Repasó todos los acontecimientos, dejando a un lado el asunto de las modelos indias, y acabó con el gran discurso que su jefe le había soltado por la mañana. ¿Lo había convencido? ¿Quién? El jefe. Sí. Podía ser. Qué historia tan absurda. Increíble. Aunque sí, le creo. Veremos cómo será trabajar con él a partir de ahora: tampoco es que hasta el momento haya tenido ocasión. Terminaron hablando del fin de semana siguiente, en el que su mujer y sus hijos irían a visitarlo a Múnich. Ninguno de los dos veía llegar la hora.

Mientras repasaba los puntos destacados de la conversación, Jan se dio cuenta de que, aparte de las modelos y la fiesta alucinada, también había omitido su visita a Pamira y el consiguiente robo del ordenador.

Estaba demasiado avergonzado: se había convertido en un ladrón.

Además, había aterrorizado a una inocente que estaba a punto de saber que su padre había muerto.

Y, para acabar de arreglarlo, su temerario gesto ponía en apuros a un colega si, como era presumible, Pamira denunciaba el hecho no solamente a la policía, sino también a la empresa.

Hundió el rostro entre las manos.

¿Qué había hecho?

Tenía que contárselo a Julia.

Qué idiota.

Al aceptar la versión de Kluge, todos los acontecimientos se le aparecieron bajo una luz diferente.

La vergüenza dejó paso al pánico.

Se había hecho pasar por Kroeger.

Podría haberse inventado cualquier otro nombre en vez de usar el de Kroeger.

No podía creerse lo idiota que había sido. Un megaidiota.

El jefe de seguridad era un ex agente. No tardaría ni veinticuatro horas en descubrir que había sido él. Un par de fotos y listo, no le iba a costar nada.

Tenía que contar la verdad.

No tenía otra elección, debía hablar con Kluge. Él lo entendería. Las circunstancias, el cansancio, ¡Dios, qué idiota había sido! Sería lo primero que haría a la mañana siguiente. Tenía que adelantarse a las averiguaciones de Kroeger, en otro caso todo estaría perdido.

Al día siguiente entregaría el ordenador.

Se levantó, fue hacia el armario, sacó una gran caja de zapatos y cogió el ordenador que estaba escondido en el fondo. No había encontrado un escondite mejor; tampoco lo había buscado mucho, estaba demasiado cansado.

Cuando arrancó, el ordenador le pidió la contraseña, igual que sucedió cuando lo encendió la primera vez, durante el viaje de regreso de la India. Imaginó que los documentos también estarían protegidos.

Jan se quedó mirando la pantalla.

Tecleó la palabra «Pamira», pulsó «Enter».

Nada.

Aquello no era ninguna película.

Hizo un último intento antes de entregar el ordenador, el origen de todos sus males, males autoinfligidos gracias a su idiotez. Jan no dejaba de torturarse. Había tardado un poco en asimilar las posibles consecuencias de su comportamiento, pero ahora estaba recuperando el tiempo perdido.

Tendría que pedir disculpas a Kroeger.

A Pamira.

A Julia.

A Kluge.

Qué imbécil.

Mientras se felicitaba a sí mismo, oyó abrirse la puerta de la habitación de Andreas y Ulrike.

Era Andreas. Había reparado en la tenue luz de la pantalla procedente del salón y fue a saludar a su amigo antes de entrar en el baño. No sabía si se verían en el desayuno: él iba a levantarse tarde, necesitaba dormir, era una de las pocas ventajas de ser el jefe.