– Ahora pulsa el botón derecho del ratón.
Jan lo hizo y en la pantalla se abrió un menú de opciones. Una de ellas contemplaba la posibilidad de ocultar o volver a hacer visibles las carpetas. También podría habérsele ocurrido a él, se recriminó mentalmente Jan. Era un recurso que él también conocía. Pulsó la opción «Mostrar».
Apareció una carpeta: «Work.»
En la habitación sólo se oían sus respiraciones.
Jan pulsó dos veces sobre el icono con forma de buzón.
La carpeta se abrió sin problemas. No estaba protegida con ninguna contraseña. Dentro había seis archivos.
Los nombres de cinco de ellos terminaban con un punto seguido de la extensión «dat». Jan no conocía programas que trabajaran con esa extensión, pero Andreas sí.
– Son archivos Matlab, archivos binarios. Los usan los programadores. Déjame ver si en el ordenador hay alguna aplicación que pueda leerlos.
Andreas buscó frenéticamente durante unos minutos, pero no logró ningún resultado.
– Éstos no podemos abrirlos. Intentémoslo con este otro -y pulsó sobre el sexto y último archivo que contenía la carpeta, con la extensión «doc». El procesador de textos del ordenador se abrió e inmediatamente después apareció el archivo.
En la pantalla había una serie de letras y símbolos incomprensibles. Parecía estar codificado.
– Habría sido demasiado fácil.
– Lograremos descifrarlo -sentenció Andreas-. Mañana miraremos lo que hay dentro.
– Si encuentras la clave, tendrás que esperar a que regrese de China para leer el archivo. En otro caso me llevo el ordenador a la oficina y lo dejo allí. ¿De acuerdo?
– Está bien. Si encuentro el código, esperaré a que vuelvas antes de leer el contenido.
– Gracias, es importante que lo hagamos así -zanjó Jan.
La noche terminó con una botella de vino y un partido de fútbol en la tele.
Shanghái
Al día siguiente Jan no encontró a Kluge en la oficina, así que se fue solo al aeropuerto. Esta vez cogió un taxi: había visto con gran satisfacción que su billete era de clase business, y quien podía viajar en business también podía permitirse un taxi. Una vez hubo facturado el equipaje, buscó a Kluge en vano. Seguramente estaba en la sala reservada a los supervips. Ahora Lufthansa los denominaba «Hon». Los acompañaban desde la sala hasta el avión en un coche de lujo. Sin duda algunos de los vips habían conseguido esos privilegios a modo de obsequio gracias a la política de marketing del grupo Lufthansa, mientras que otros habían ido ganándoselos con su tesón. Era necesario coleccionar una cantidad de puntos enorme para obtener este «honor»: los desgraciados que viajaban en turista nunca podrían conseguirlo, ni aun pasándose días y noches enteros volando. Para algunos resultaba fascinante, especialmente para los que no llevaban ese tipo de vida. Pero era una vida demoledora para la mayoría de los que se veían obligados a llevarla. Quizá él también llegaría a tener ese estatus dentro de un año, pensó Jan. Si así era, probablemente también significaría que tendría una demanda de divorcio en el juzgado.
Subió al avión sin haber visto todavía a Kluge, que obviamente llegó el último, directamente acompañado en limusina hasta su asiento de primera clase.
Como de costumbre, Jan permaneció despierto durante todo el viaje. Intentó dormir con todas sus fuerzas. El resultado no fue distinto del de otras veces. Se bebió los Jack Daniels con coca-cola de costumbre, que le provocaron el efecto de atontamiento habitual pero que no bastaron para enviarlo al mundo de los sueños.
En una ocasión incluso probó con los somníferos.
Nunca podría olvidar aquella experiencia.
Una doctora amiga suya le dio una caja de somníferos que sólo se podían conseguir bajo prescripción facultativa. Jan recordaba que había leído el prospecto informativo y se había asustado con la advertencia de la potencial dependencia que podían crear con sólo un par de días de administración.
A pesar de ello, se tomó dos píldoras en un vuelo de Chicago a Milán. Su vecino de viaje, un simpático gigante de color que tenía el mismo problema de insomnio que él, aceptó encantado la oferta de Jan de compartir aquella promesa de sueño.
El hombre se quedó dormido antes del despegue y se despertó en Milán. Jan, en cambio, se durmió en el taxi en el aeropuerto de Malpensa, mientras iba de camino a la oficina. El taxista tardó media hora en despertarlo delante de la oficina y luego necesitó diez minutos más para que Jan se decidiera a cambiar la ruta y le dijera que lo llevara a su casa, donde se pasó catorce horas seguidas durmiendo profundamente antes de que desapareciera el efecto del somnífero.
Cuando despertó no sabía qué hora era ni por qué estaba allí.
Desde entonces había abandonado la idea de dejarse ayudar en cuestión de sueño.
El doctor Kluge bajó por la escalerilla interior del 747, la que conducía a primera clase, aparentemente fresco como una rosa, mientras que Jan mostraba su acostumbrado aspecto de viaje intercontinentaclass="underline" estaba gris como una momia. Seguramente también olía mal, mientras que Kluge iba perfumado con colonia. El aeropuerto de Shanghái era nuevo, como por otra parte lo era todo en esa ciudad, y muy funcional. A Jan le habría encantado coger el Transrapid, un tren ultrarrápido que vuela sobre un monorraíl a más de trescientos kilómetros por hora, pero había un chófer aguardándolos a la salida del control de pasaportes.
Llegaron puntuales a la oficina, el responsable de China los estaba esperando en el vestíbulo.
Fue una buena tarde. Kluge era competente, Jan pensó que se podía aprender de él. Hacía preguntas oportunas y sometía a las personas a la justa presión, sin desmotivarlas. Tenía una memoria excelente y un buen conocimiento del mercado; por otra parte, iba a China más o menos una vez al mes.
Hacia las cinco Jan se dio cuenta de que estaba a punto de quedarse dormido. Sentía tal modorra que tuvo que levantarse y abandonar la sala de reuniones. Fue al baño y se mojó la cara varias veces con agua helada. Ahora se encontraba mejor, ostras, qué espeso estaba. Todavía tenía que aguantar un par de horas, luego la cena y por fin se iría a su habitación. Mientras se imaginaba la cama del Pudong Shangri-la, entró un chino que lo saludó con reverencia. Jan respondió al saludo y evidentemente fue un error, porque el chino empezó a hablar en un inglés complicado de entender para una persona que estuviera al ciento por ciento, y todavía más para alguien como él, que estaba al quince. Era el responsable de innovación tecnológica y, como todos los responsables de innovación tecnológica, no contaba mucho, de no ser así estaría en la sala de reuniones con Kluge. Pero Jan siempre había sido muy educado y se esforzó por entenderlo. Se llamaba Franz. Al oír el nombre Jan intentó contenerse, pero no consiguió dejar escapar una sonrisa. No se dijeron nada interesante, excepto cuando Franz -era realmente difícil imaginarse a un chino de Hangzhou con ese nombre- le preguntó si durante su viaje a la India había conocido a Mohindroo. Franz probablemente notó la sorpresa en la cara de su interlocutor.
Sí, lo conocí, respondió Jan. ¿Por qué se lo preguntaba?, si podía saberse.
– Éramos amigos, hicimos una serie de cursos juntos en Alemania y en Estados Unidos. Perdone que lo moleste, pero seguramente usted fue una de las últimas personas que estuvieron con él, y me preguntaba…, me preguntaba…
– Diga, no se preocupe, si puedo ayudarlo le contestaré encantado.
– Es que, ¿cómo lo diría?, hace unos días recibí un correo electrónico suyo. Un correo muy extraño. Intenté llamarlo al día siguiente para aclararlo, pero había muerto. Fue algo terrible.
– Sí, una desgracia -subrayó Jan.
– Sólo quería saber qué impresión le causó. Si estaba preocupado por el cierre del centro o si a usted le pareció que no se encontraba bien.