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Había muerto un occidental enterrado vivo en las obras del Banco de Shanghái en Pudong. Cuando moría un occidental era una lata: no era como con los chinos, por lo menos había que fingir que habían hecho todo lo posible por capturar a los culpables, a los verdaderos. Una verdadera lata.

Jasmine se despidió de su tío dándole mil gracias y sensiblemente emocionada. Un regalo así no se recibía todos los días.

De camino hacia Pudong llamó a sus dos mejores agentes para que se reunieran con ella en el lugar del crimen.

A Jasmine no le gustaba ver cadáveres, pero se entretuvo largo tiempo mirando el cuerpo exánime de Jan. Seguramente debía de ser un chico guapo, dentro de los parámetros occidentales. Le costaba definirlo como un hombre porque parecía tener más o menos su edad y ella aún se consideraba una chica: «mujeres» eran las amigas de su madre.

Pero el hecho de que fuera guapo era una proyección de su fantasía, porque era difícil ver la belleza en la cara de una persona que había muerto asfixiada. Sólo se veía sufrimiento, desesperación, rabia, soledad. Cerró los ojos por un momento, intentó sacudirse de encima sus temores y volver a ponerse en la piel de la funcionaria objetiva que había conseguido hacer una carrera fulgurante, al menos hasta ese día. La zona de las obras era un hervidero de policías: era la demostración de que la muerte de un occidental resultaba ser una verdadera lata.

El cuerpo de Jan se hallaba en el fondo de un agujero de unos tres metros de profundidad. La policía científica estaba recogiendo las últimas pruebas. Era como en una serie de televisión americana, estilo «CSI», pero Jasmine sabía que una vez terminados los análisis de laboratorio le tocaría a ella y a los tradicionales métodos chinos descubrir la verdad o algo que se le pareciera. Tan y Li llegaron poco después, a tiempo para ver cómo izaban el cuerpo sin vida del agujero con unas cuerdas.

– ¿Quién es? -preguntó Tan.

– No se sabe. Lo han dejado bien limpio, no lleva nada encima excepto la ropa y un encendedor. La policía ha hecho unas fotos y ha enviado a unos agentes a los hoteles de la zona, quizá alguien lo reconozca.

Mientras pronunciaba esa frase se volvió hacia el montón de tierra, maderas y piedras que la excavadora había sacado de lo que se había convertido en la tumba de Jan. Había decenas de policías que lentamente iban examinando uno por uno todos los fragmentos antes de cargarlos en un camión para hacer futuros análisis.

Pasó uno de los médicos del equipo especial. Era increíble la cantidad de organizaciones paralelas que se encontraban en ese lugar. Jasmine lo conocía, habían hecho juntos un par de cursos en la Fudan Daxue, una de las universidades de Shanghái. Y él la conocía a ella, todo el mundo la conocía. Él podía vanagloriarse de caerle simpático, nada más, pero ya era mucho considerando la cantidad de hombres completamente ignorados por aquella diosa. Era la encarnación de la nueva China, guapa, inteligente, imbatible, al menos así era como el doctor Zhong Hui se la imaginaba.

– Doctor, ¿ha venido a verme a mí o para echar una mano en la investigación? -lo increpó Jasmine con una sonrisa.

Conocía la debilidad que el guapo doctor sentía por ella; no era distinto de la gran mayoría de los hombres con los que trataba, pero a diferencia de éstos, el tímido Zhong Hui algún día podría convertirse en el señor Liu…, quizá.

– Diría que es europeo o americano, pero por la ropa me inclino más por europeo. Edad, alrededor de los treinta y cinco, cuarenta años. Alguien debió de golpearlo con un palo u otro objeto contundente por detrás de la cabeza. Ya he dado instrucciones para que recojan cualquier objeto que pueda haber servido para ello. Creo que perdió el conocimiento durante un tiempo, aunque la causa de la muerte es la asfixia. Debió de morir entre las doce y las dos de la madrugada, no he apreciado otros signos destacables, no hay señales de pelea -explicó Zhong.

Permanecieron unos minutos en silencio, Jasmine imaginándose mentalmente qué podía haber pasado, Zhong perdiéndose en los ojos de la mujer.

Ella estaba desconcertada. ¿Quién podía haberlo hecho? Un atraco que había acabado en tragedia era imposible, los chinos sabían que los extranjeros no se podían tocar, era demasiado arriesgado. Según las estadísticas oficiales de la policía, ningún homicidio de extranjeros en territorio chino había quedado sin resolver. Siempre encontraban a un culpable, fuera o no el verdadero.

La semana anterior alguien había irrumpido en una villa y había matado a toda una familia de origen alemán. Y a Jasmine no le había costado mucho cerrar el caso: habían sido dos estúpidos a los que encontraron borrachos a quinientos metros del lugar del crimen.

La mujer despertó de su trance y, mirando a Zhong directamente a los ojos, le preguntó:

– ¿Quién ha sido?

– No lo sé, sólo sé que tenían intención de matarlo desde el principio. No ha sido un robo que ha acabado mal. Probablemente recibió el golpe en la cabeza sin que la víctima pudiera ver a los agresores, y estoy seguro de que, por el tamaño del hematoma, tardó bastante tiempo en despertarse. Así que, ¿por qué matarlo si ni siquiera había visto a sus agresores?

– Claro -asintió ella-, ¿por qué matarlo?

Los dos colegas se acercaron a Jasmine. Tan llevaba una serie de fotografías de la víctima que había imprimido en una de las furgonetas de la policía.

– ¿Cómo lo hacemos, jefa? -preguntó Li.

Existían procedimientos estándar para averiguar la identidad de un fantasma, pero ése era un caso especial.

Jasmine miró a su alrededor. Estaban detrás del Shangri-la, y en un radio de quinientos metros había otros dos hoteles de lujo. La víctima iba bien vestida y era occidentaclass="underline" en el caso de que se alojara en un hotel era probable que fuera en uno de ésos. Estaba segura de que la policía de Shanghái ya estaba haciendo averiguaciones en todos los hoteles, pero ésos no eran capaces de encontrar una pista ni aunque la tuvieran delante de sus narices, era mejor comprobarlo en persona.

– Tan, ve al Hyatt; Li, pasa por el Saint Regis, yo me acercaré al Shangri-la. Nos llamamos dentro de media hora para informarnos. Doctor, gracias por todo, manténgame informada, por favor.

Jasmine pidió a Tan que le diera un par de fotos y los tres se dirigieron hacia la salida de la zona de obras.

Conocía bien el Shangri-la, el año anterior había pasado tres meses haciendo una vigilancia, cuando le asignaron seguir una investigación de corrupción que había acabado en suicidio. Aunque ella sabía perfectamente que no se había tratado de un suicidio -había visto salir del hotel personajes de los servicios secretos que no dejaban lugar a dudas-, su superior no quería saber nada de todo eso, y Jasmine tenía la suficiente experiencia para saber cuándo no era el momento de imponer sus teorías.