Ningún servicio secreto del mundo podía contar con una red de infiltrados como el chino. Ninguno. Y no era una cuestión de dinero y tecnología. Los chinos en el extranjero eran casi cuarenta millones.
En Estados Unidos había más de tres millones, en Canadá unos dos millones, en Inglaterra cuatrocientos mil. En Rusia un millón, en Italia doscientos mil. Los chinos estaban en África, en Latinoamérica (un millón y medio sólo en Perú), en Asia, más de siete millones en Tailandia, Indonesia y Malasia. Siete millones en cada país, para ser exactos. En Australia, setecientos mil. Y éstos eran datos más o menos oficiales. Los servicios chinos estimaban que en realidad había muchos más. Los chinos tenían una ventaja: eran irreconocibles para los occidentales. Eso hacía tiempo que lo sabían. A menudo, cuando moría un chino en un país occidental, gozaba de una prerrogativa que en la madre patria nadie poseía: la capacidad de resucitar.
Los documentos se pasaban a algún compatriota clandestino, vagamente parecido al difunto, que perpetuaba su existencia. Así pues, no era sorprendente la longevidad de los chinos en el extranjero porque, fuera cual fuese la edad a la que alguien moría, tenía una lista de espera de clandestinos listos para ocupar su lugar.
Eran invisibles.
Y habían tardado centenares de años en darse cuenta. No es fácil de ver cuando, para ti, los rasgos de tus vecinos son muy distintos entre sí.
Ahora que lo habían comprendido, sabían hacer buen uso de ello. Estaban por todas partes.
Habían llegado.
– Sígame, doctor Kluge -ordenó sin mucha gracia Jasmine dirigiéndose a uno de los ascensores del subterráneo.
Una vez en la segunda planta se encontraron en una recepción dotada de todas las medidas de seguridad: guardias armados, cámaras, detector de metales. Todas ellas se podían evitar fácilmente si se iba acompañado de la persona adecuada; de hecho, Jasmine, Tan, Li y el doctor Kluge pasaron directamente a través de una puerta que se abrió automáticamente. Después de atravesar una serie de largos pasillos, llegaron a lo que debía de ser uno de los despachos destinados a los encuentros formales. Había una mesa con ocho sillas y nada más, ninguna ventana, ninguna distracción.
– Siéntese, por favor -dijo Jasmine indicando una silla al director alemán-. Señor Kluge, ¿reconoce a esta persona? -requirió la funcionaria china, y le pasó cuatro fotografías que habían tomado a Jan en el depósito de cadáveres.
Mientras observaba una tras otra aquellas fotografías espeluznantes, Kluge permaneció en silencio: sus temores se habían confirmado.
Los demás seguían mirándolo, esperando.
– Es Jan Tes, trabajaba para mí. Esta mañana no lo hemos visto en el hotel y hacia las once hemos avisado a las autoridades y hemos pedido información a casi todos los hospitales de la ciudad. ¿Qué ha pasado?
– Lo han asesinado, señor Kluge, lo han enterrado vivo en unas obras no lejos de su hotel. Unos obreros lo encontraron esta mañana -explicó Tan tomando la palabra por primera vez.
Kluge estaba como aturdido, no podía creer lo que estaba oyendo. Intentó dar su versión.
– Anoche estuvimos cenando juntos, con el señor Alstrom, luego tomamos una cerveza en el bar del hotel y hacia las once nos despedimos.
»Fue la última vez que lo vi. Todos estábamos cansados, habíamos aterrizado el mismo día.
»Qué tragedia.
»¿Ya han encontrado a los culpables?
– Señor Kluge, ayer, a las ocho de la tarde, llamó usted por teléfono a una centralita de Alemania que resulta ser la centralita de su empresa. ¿Quiere que le deje oír la conversación o se acuerda de ella? -preguntó Jasmine, que ya había empezado con su clásica estrategia de interrogatorio-. Mire, se la dejaré escuchar de todos modos, así le resultará más fácil explicarnos su significado.
En ese mismo instante Tan hizo una seña y desde cuatro altavoces colgados de la pared empezó a oírse la voz de Kluge:
– Hola, soy yo.
– ¿Qué pasa? Nunca llamas por esta línea.
– Mohindroo ha descifrado el código.
– ¿Cómo?
– Envió una frase cifrada a un tal Franz, un chino que trabaja para nosotros en Shanghái. Parece ser que eran amigos.
– Y ¿qué sabe ese Franz?
– No sabe nada, pero ha enviado el correo electrónico de Mohindroo a Jan, que me lo ha mandado a mí.
– Y ¿Jan sospecha algo?
– Si no es retrasado mental, algo debe de sospechar. Pero no te llamo por eso. La verdad es que no aguanto más. Lo dejo. He llegado al límite. No me importa lo que pueda sucederme.
– Kluge, cálmate. Todo es muy complicado, pero tú no puedes abandonar. No puedes hacerlo por un montón de razones que tú ya sabes.
– Pero no puedo seguir adelante, ¿no lo entiendes?
– Sí, lo comprendo. Creo que deberías tomarte un descanso. Han pasado demasiadas cosas. Yo me encargo. También pensaré en algo para Jan. No te preocupes. Regresa pronto y ya hablaremos. Mejor en persona.
– De acuerdo. Hablaremos en persona. Pero quiero que lo sepas desde ahora: he terminado. Lo dejo.
Los altavoces enmudecieron, en la habitación sólo se oía la respiración de Kluge. Seis ojos implacables escrutaban cualquier ligero movimiento que hiciese. Cuántas veces habían estado en aquella habitación y habían salido siempre de ella con lo que querían: eran los mejores y lo sabían.
En las cinco horas que habían pasado desde la identificación del cadáver hasta que se habían llevado a Kluge, se había puesto en marcha lo mejor de la Inteligencia china.
– Señor Kluge -Jasmine rompió el silencio-, tendrá todo el tiempo para explicarnos lo que hemos oído, pero primero permítame que le deje escuchar otra cosa.
»¿Sabe?, aquí en China somos muchos, y de vez en cuando eso incide positivamente en nuestra eficacia en temas de investigación. Hemos localizado una llamada procedente de Alemania, poco después de su conversación telefónica, que creemos que está relacionada con nuestro caso. Tan…
Bastó una señal de su colega con la mano y empezó a oírse otra grabación amplificada por los bafles:
– Diga.
– Oye, tenemos una emergencia. Un asunto delicado, prioridad absoluta.
– ¿Cuándo?, ¿dónde?
– En Shanghái. ¿Tienes a alguien?
– No te preocupes, siempre hay alguien.
– Quiero algo como en Helsinki, ¿me explico? Por favor, toma nota: Uniforme/Juliet/Charlie/Papa/India/Tango/Kilo/Noviembre/Charlie/Londres/Charlie/ Papa/Venecia/Ginger/ Uniforme.
– Repito para confirmación: UJCPITKNCLCPVGU.
– Correcto.
Hubo unos segundos de pausa.
– Lo haremos.
Kluge sudaba, no había reconocido la voz, pero ¿qué importaba? Se había acabado. Lo habían matado.
¿Cómo se podía llegar tan lejos? Enterró la cabeza entre las manos. Además, esos tres estaban convencidos de que lo había matado él, sobre eso no tenía dudas. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la guapa funcionaria.
– Doctor Kluge, ¿a quién llamó? Le ruego que no nos haga perder el tiempo, los chinos tenemos bastante paciencia en general, pero eso no es aplicable ni a mí ni a mis colegas. Por favor, por su interés, no nos obligue a usar métodos que yo misma detesto.
– Quiero a mi abogado, no tengo nada que declarar, lo siento -consiguió decir Kluge, temblando.
Jasmine echó una mirada a Li, que desapareció detrás de la única puerta de la habitación.
– Señor Kluge. -Jasmine alternaba «doctor» y «señor» con mucha maestría; servía para tener bajo control la altivez de esos grandes directivos occidentales-. Esto no es Alemania. Negarse a colaborar con la justicia conlleva graves consecuencias. No nos subestime, es mi último consejo.
»Sus esbirros ya lo han hecho al usar un código que nuestros especialistas han descifrado en una hora. ¡Han utilizado el código que usaba César! No pueden esperar mucha seguridad con una elección tan banal.
»Pero quizá usted no sea un experto. Por favor, intente usted mismo descifrar el mensaje telefónico -añadió, y le tendió un papel.