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»Pero quizá usted no sea un experto. Por favor, intente usted mismo descifrar el mensaje telefónico -añadió, y le tendió un papel.

UJCPITKNCLCPVGU

A=C, B=D, C=E, D=F, E=G, F=H, G=I, H=J, I=K, J=L,

K=M, L=N, M=O, N=P, O=Q, P=R, Q=S, R=T, S=U,

T=V, U=W, V=X, W=Y, X=Z, Y=A, Z=B

– Diviértase, Kluge, diviértase. Voy a ayudarlo: la clave de lectura es al revés, es decir, debe encontrar la segunda letra de la correspondencia y convertirla. La primera U es una S.

»Mientras se divierte con la enigmística, le gustará saber que la persona que recibió la llamada en Shanghái se encuentra en nuestras oficinas. Lo están acompañando hasta aquí para que se reúna con nosotros.

»¿Y bien? ¿Qué ha conseguido traducir?

Kluge estaba más perdido que un niño, ¡si lo vieran sus colegas, su familia! Se concentró al máximo y al final descubrió el mensaje: «Shangrila Jan Tes.»

En ese mismo momento se abrió la puerta. Arrastraron hasta dentro a un chino tumefacto que profería débiles gemidos de dolor.

El agente lo sentó en la silla que estaba junto a Kluge, que tuvo un conato de vómito y rompió a llorar: nunca había visto nada parecido. Ahora su miedo se había vuelto incontrolable.

– Kluge -gritó Jasmine-. Ahora, míreme: ¿a quién llamó?

– Quiero a mi… -No pudo terminar, aterrorizado, porque fue interrumpido de nuevo por Jasmine.

– ¡Basta! Tan, ocúpate tú, yo volveré dentro de media hora, voy a comer algo.

– De acuerdo: llamé a mi jefe, el doctor Lee -susurró Kluge sin tener el valor de mirar a ninguno de los presentes a la cara.

– ¿Ve qué fácil es? Aquí en China siempre encontramos una solución. Li, acompaña a este desgraciado a la enfermería -dijo Jasmine mirando al chino-. Ahora ya nos ha dicho lo que queríamos.

»Señor Kluge, seguramente le gustará saber que los tres idiotas que cometieron el asesinato han sido arrestados poco antes de que fuéramos a recogerlo y ya han confesado. Imagínese, lo hicieron por tres mil dólares.

Hizo una seña con la cabeza y Li también salió de la habitación.

– Kluge, míreme -reanudó Jasmine en un tono más conciliador-. Ahora diré que lo acompañen al hotel. Estará siempre bajo vigilancia, no haga estupideces.

»Mañana por la mañana a las diez tiene una cita con el ministro de Telecomunicaciones y con el alcalde de Shanghái.

Kluge no creía lo que estaba oyendo, pero entendió que le estaba ofreciendo una salida.

Jasmine continuó:

– No me interesa lo que tengan que decirse, sólo sé que su pasaporte y el nivel de incriminación oficial van unidos al resultado de la reunión de mañana.

»Pero bien, a nivel muy privado, sepa que yo hago cualquier cosa por mi país, pero si dependiera de mí lo acusaría de asesinato, junto al caballero que ha tenido el placer de conocer hace unos minutos y sus amigos.

– Yo no quería que ocurriera lo que ha ocurrido, creo que se entiende claramente en mi llamada telefónica -contestó Kluge, que lentamente iba volviendo en sí, fortalecido por la posibilidad de salir indemne de aquello.

– Adiós, Kluge, y no se preocupe por dar la noticia a la familia de ese pobre a quien usted no quería matar pero que ha muerto de todos modos. Nosotros informaremos a la embajada italiana y a la estadounidense esta noche, a las once para ser exactos.

– Haré lo necesario para que la familia reciba todo el apoyo posible -consiguió musitar Kluge mientras se levantaba.

Julia había intentado contactar con su marido durante todo el día sin conseguirlo y empezaba a estar seriamente preocupada. Había mirado todas las páginas web de noticias para saber si había ocurrido algo grave en Shanghái, pero nada de nada. Eran ya las seis de la tarde, medianoche en Shanghái, y hacía veinticuatro horas que no tenía noticias de él. Decidió llamar a la sede central de la empresa donde trabajaba Jan.

Pero en ese momento sonó el teléfono.

Andreas estaba de pésimo humor, todavía no había conseguido descifrar aquel maldito código y tenía el mal presentimiento de que nunca lo conseguiría.

Al final pensó, a modo de consolación, que quizá fuera mejor así.

Sonó el teléfono, Andreas miró el reloj: eran las ocho.

– Diga.

– Andreas, soy Patty -empezó a decir con un hilo de voz la hermana de Julia. Una voz que lo decía todo.

– Patty, ¿qué ocurre?

Ella se echó a llorar.

– Jan ha muerto, ha sido asesinado, acaban de llamar de China.

Siguió un silencio interminable.

– ¿Julia lo sabe?

– Sí, tiene que ir a China para identificarlo.

– Iré con ella.

– Gracias, Andreas.

– Pero ¿cómo? ¿Qué ha pasado?

Patty se lo explicó.

El viaje

Andreas iba sentado en la tercera fila del vuelo Múnich-Frankfurt. Desde allí cogería el avión para Shanghái con Julia. La llegada a China estaba prevista para el día siguiente a las 9.40 hora local.

Andreas estaba destrozado. No había dormido.

Después de la llamada de Patty, informó a Ulrike, que rápidamente se fue de camino a casa, y luego se encerró en el estudio.

Sentado junto al escritorio, se había quedado ensimismado mirando la pared durante mucho tiempo, donde estaba colgada la fotografía. La foto de su boda, con Jan, que fue su padrino, abrazándolo.

Lo habían asesinado. De la manera más horrible que pudiera imaginar.

Andreas sollozaba como un niño.

¿Por qué? Patty le había dicho que había sido un atraco.

Mohindroo había muerto en un accidente. Jan en un atraco, era demasiado. De por medio estaba el ordenador que tenía escondido en su despacho. Sólo él y Jan lo sabían. Una sensación de miedo lo atenazaba. Jan había sido asesinado, ¿iban a parar sin haber encontrado el ordenador? Andreas se acordó del correo electrónico que había recibido de su amigo unas horas antes.

Mohindroo había enviado una clave de lectura a un colega suyo. También en ese caso pocas horas antes de morir.

La versión de Kluge ya no era creíble, había matado también a Jan, no cabía duda. Todas esas historias sobre el cierre del centro por motivos financieros eran mentira, la explicación de las muertes, referidas a las ratas de laboratorio, eran mentira. Eran asesinos sin escrúpulos.

Un odio que nunca antes había sentido se apoderó de Andreas, pero duró poco, el miedo ocupó su lugar.

¿Qué podía hacer? ¿También llegarían hasta él?

Claro que iban a llegar, sólo tenían que leer el mensaje enviado desde el ordenador de Jan. Andreas temblaba.

Debía ir a la policía. Tenía que pedir protección.

Iría en cuanto volviera de China. Tenía que reflexionar, preparar la historia, comprometer a ese maldito Kluge.

Cuando Ulrike regresó se abrazaron llorando, recordando a una persona que siempre había formado parte de su vida, una parte importante de su vida, desde que se habían conocido.

En Frankfurt Andreas se encontró con Julia, se abrazaron y luego buscaron un sitio más discreto donde abandonarse a las emociones. No querían hacerlo delante de extraños, en eso se parecían.

Un representante del consulado estadounidense, uno del consulado italiano y un funcionario chino los esperaban directamente a la salida del avión.

– Señora Tes, soy Mike Pulski, represento al gobierno norteamericano. Lamentamos profundamente lo que ha ocurrido. Mi colega Patrizio Fugazzola y yo hemos intentado facilitarle al máximo los trámites burocráticos.

– Mi más sentido pésame -añadió el colega italiano.

– Gracias -respondió Julia con un hilo de voz.

– Sígannos, ya nos hemos ocupado de los documentos de Inmigración.

Los acompañaron a una salida secundaria, donde los esperaba un coche. Las maletas las llevarían más tarde directamente al hotel. No había mucho que decir, así que pasaron gran parte del viaje mirando por la ventana.