Andreas buscó a Tan. No estaba. Caminaron rápidamente hacia la salida y se abalanzaron sobre el primer taxi que vieron.
– Acaban de subir al taxi -comunicó Tan a los demás agentes que estaban a la escucha.
– Tenemos que ir a un sitio donde haya mucha gente -le sugirió Andreas a Julia-. Así será más difícil que puedan escuchar lo que decimos.
– Nanjing Lu, Xizang Lu -dijo Julia al taxista-. Vamos a unos grandes almacenes. Conozco unos que tienen un comedor en el último piso. Van tanto empleados como clientes. Es enorme y normalmente está siempre lleno.
El trayecto en taxi fue breve, ninguna conversación, ningún atasco. Bajaron frente al Museo de Shanghái, situado en el parque del Pueblo. Desde la parte opuesta del parque, en la Nanjing Lu, había una sucesión de grandes almacenes, uno detrás de otro.
Debían cruzar la calle y abrirse paso entre la multitud de personas que abarrotaban la principal arteria peatonal de la ciudad.
Julia marcaba el camino.
Entraron en uno de los muchos almacenes generales. Cogieron el ascensor y subieron a la penúltima planta. Era la de electrodomésticos. Al lado de cada lavadora había una dependienta encargada de dar las explicaciones. En realidad, al lado de cada nevera, lavaplatos, lavadora, secadora, horno había una dependienta. La tienda debía de ofrecer un buen servicio: si cada empleada vendía un solo producto, seguro que lo conocía bien.
Miraron a su alrededor y no tuvieron la impresión de que nadie los siguiera.
Subieron por la escalera que llevaba a la última planta, la de las oficinas de administración y el comedor. Este último era como un gran self-service, con largas mesas de madera y bancos en vez de sillas, y estaba increíblemente abarrotado. Julia se dirigió hacia una mesa del centro. Pidió a las dos personas que estaban sentadas al fondo de la mesa si podían hacerles un poco de sitio. Los comensales, sorprendidos de oír a una mujer occidental hablar un chino perfecto, se apretaron cuanto pudieron contra sus vecinos, creando así una onda que recorrió la mesa.
En un primer momento todos se volvieron con aire de fastidio para ver quién había causado aquel alboroto pero, al darse cuenta de que se trataba de dos turistas, se apretaron todavía un poco más.
El resultado, algo embarazoso, fue que, una vez sentados, Julia y Andreas eran los que gozaban de mayor espacio.
– Ahora puedes hablar. ¿Por qué lo han matado? -le espetó.
– La mayor parte de las cosas ya las sabes, Julia. Lo que no sabes te lo voy a contar ahora, pero no basta para aclarar el porqué. Eso no lo sé ni yo. Jasmine ha mentido sobre ese punto. Cuando estaba en la India, Jan le robó el ordenador a la hija del responsable de innovación tecnológica del centro que fue a cerrar. Ese tipo, un tal Mohindroo, lo agredió verbalmente la noche antes; concretamente le pedía dinero por su silencio. Aseguraba que conocía el verdadero motivo del cierre del centro, sabía algo de unas muertes que debían de ser el motivo de dicha decisión.
– ¿Se refería a la frase que Jan le había oído decir a Kluge? -lo interrumpió Julia.
– Exacto. Debes saber que Mohindroo también ha muerto, aparentemente en un accidente.
– Y ¿qué hay en ese ordenador?
– Los archivos clave están codificados. Todavía no hemos podido descifrarlos.
Julia no hizo más preguntas, reflexionaba sobre lo que acababa de oír.
En el fondo, de una cosa estaban seguros: Jan había sido asesinado por Kluge y sus socios porque había descubierto algo muy importante.
– ¿Dónde está ahora el ordenador? -preguntó Julia.
Andreas no respondió. Señaló el reloj, dando a entender que era hora de irse.
Se levantaron y se dirigieron a la escalera después de que Julia dio las gracias a sus compañeros de mesa por su amabilidad.
– ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha contestado el occidental a la pregunta? -Jasmine ordenó al atemorizado intérprete que respondiera, y éste le repitió por tercera vez que no había oído ninguna réplica. Pero en el fondo Jasmine también lo sabía, había oído la conversación tal y como había sido en traducción simultánea.
– ¿Cómo puedes seguir adelante?
Kluge había aterrizado pocas horas antes en Múnich, después de haber pasado los peores días de su vida en Shanghái. Había escapado de milagro.
Había tenido que prometer el cielo a los funcionarios políticos con los que se había reunido. Menos mal que los chinos eran más pragmáticos que nadie en el mundo.
– Yo me bajo aquí, Peter, no puedo más.
– Lo sé, Karl. Pero, te lo ruego, no lo hagas. No te lo permitirán. Sabes por qué ha muerto Jan. No quiero que tú acabes como él. Te lo estoy suplicando -respondió Lee con la voz rota por la emoción-. Tómate una semana de vacaciones. Vete a la playa con tu familia. Ve a pescar, haz lo que te parezca. No tenemos elección, lo hemos discutido centenares de veces. Tú no tienes elección. Yo no tengo elección. Pero no puedo permitir que te ocurra nada. Karl, te necesito. Como amigo, como colega.
– Peter, me voy a casa. Es el momento de escoger otros caminos, que antes parecían inimaginables. Los tiempos han cambiado.
– Vete a casa, Karl, piénsalo mientras descansas. Te llamaré mañana.
Lee se acercó a su colega y lo abrazó con fuerza.
– No hagas locuras.
– Adiós, Peter -concluyó Kluge.
Se levantó y salió del despacho del director ejecutivo. Pasó rápidamente por delante de las secretarias, las saludó y cogió el ascensor para ir al garaje. Su Mercedes SL 600, obviamente de la empresa, lo esperaba en la plaza número dos. Incluso habían numerado jerárquicamente las plazas de aparcamiento.
Un intercambio
Se encontraban de nuevo en medio de la corriente que discurría a lo largo de gran parte de los cuatro kilómetros de la calle Nanjing Lu. Empezaron a caminar en dirección al Peach Hotel.
Iban los dos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.
¿Qué sabía Jasmine? ¿A qué estaba jugando? ¿Qué quería? La muerte de Jan seguía siendo un misterio. ¿Y si hubiera descubierto algo que Andreas no sabía?
Tomó él la palabra.
– Julia, ¿qué hacemos?
– Creo que deberíamos hablar con Jasmine. La llamaré cuando llegue al hotel. Ella nos dirá lo que quiere a cambio del nombre del culpable. Me parece que no es muy difícil de adivinar.
– ¿Y crees que es conveniente complacerla?
– No lo sé. Pero no quiero que te ocurra nada, lo decidiremos según lo que ella nos diga.
»Oye, Andreas, necesito estar un rato sola. ¿Te molesta si nos vemos en el hotel dentro de un par de horas? Me apetece andar un poco.
El primer impulso de Andreas fue el de acompañarla, por seguridad. Pero luego se dio cuenta de que Julia conocía la ciudad y el idioma mucho mejor que cualquier occidental, y quien debía temer algo de Jasmine era él, no ella.
– Claro, Julia. Llámame cuando llegues.
Se abrazaron.
Él miró cómo se alejaba entre la multitud.
No era mala idea dar una vuelta. Se dirigió a la plaza del Pueblo. Desde allí fue siguiendo su instinto. La muchedumbre de Nanjing Lu era demasiado para él, y torció por una pequeña calle a la izquierda.
Caminó durante unos diez minutos antes de encontrar a la derecha una callejuela donde parecía haber un mercado, a juzgar por los tenderetes que se veían a ambos lados de la calle y la cantidad de personas que se agolpaba frente a ellos. ¿Cuánta gente había en esa ciudad?
Decidió echar un vistazo. A su izquierda, los primeros puestos vendían insectos en unos envases de plástico transparente. Andreas se acercó para averiguar de qué se trataba. Eran grillos. Grillos de pelea.