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»Nadie respondió.

»Llamé a mi madre.

»Nadie respondió.

»Me levanté. La luz del pasillo estaba encendida. Fui a su habitación, no estaban. Empecé a llorar y a llamarlos, pero no contestaban.

»Vagué por la casa llorando cada vez más. Lloré desesperada hasta que me quedé dormida delante de la puerta de entrada. A la mañana siguiente me desperté en mi cama. Mis padres no hablaron del tema, pero no salieron nunca más dejándome sola en casa.

»Mire, Jasmine, mis hijos adoraban a su padre y de ahora en adelante vivirán esa experiencia todos los días de su vida.

»Todavía no saben lo que alguien ha decidido para ellos. O, lo que es lo mismo, que no volverán a ver a su padre nunca más. Y tampoco saben que una distinguida funcionaria china ha decidido que el culpable nunca será juzgado.

Julia se detuvo un instante para coger la taza de té verde que, mientras tanto, la camarera había dejado en la mesa. Jasmine hizo lo mismo.

Después de beber un largo sorbo, continuó:

– Ésta era la historia. Ahora vayamos al escenario.

»El escenario es el siguiente. Tendré que empezar a trabajar a jornada completa. No es fácil mantener a dos hijos, y aún menos si estás sola. Entre los varios trabajos que podría aceptar está el de intérprete oficial para el funcionario Liao Chen.

»Estoy segura de que lo conoce, teniendo en cuenta que estoy hablando de lo que en Europa llamaríamos ministro de Exteriores chino. No sé si aparece en sus informes, pero estuvo perdidamente enamorado de mí hace muchos años. Ése fue uno de los motivos principales por los que empecé a dedicarme más a la traducción de textos, para la que no se requería mi presencia física. Pero con Liao, que es una persona extremadamente agradable y refinada, siempre he mantenido el contacto. Ha ido surgiendo una profunda amistad. Y, entre usted y yo, no creo que se le haya pasado del todo su enamoramiento por mí. Podría llamarlo. Todavía no lo he hecho.

»Pero entenderá usted que si, en este momento, una viuda destrozada por el dolor y atemorizada por una agresiva funcionaria china le pidiera ayuda, podría despertar en él sentimientos que creía distantes. ¿No opina que un hombre en determinadas condiciones emocionales puede tomar decisiones precipitadas y desproporcionadas a la realidad de los hechos?

»Piénselo, Jasmine, piénselo bien.

»En el fondo de mi corazón creo que es usted una persona con sentimientos y puede entender la desesperación y la injusticia que mis hijos y yo nos vemos obligados a soportar. Espero que me ayude, porque eso es lo que necesito. Le pido que lo entienda. El escenario representa una opción extrema, espero por usted que no me obligue a llevarlo a cabo. De mujer a mujer, sería una decepción.

»Espero verla mañana por la mañana en el aeropuerto, cuando vaya a despedirse como ha prometido.

Las dos mujeres se miraron a los ojos.

– ¿Qué quiere?

– Quiero que me dé la posibilidad de comprender por qué han matado a mi marido. Quiero el móvil.

– No.

– Entonces no tenemos nada más que decirnos.

– Lo siento.

– Señora Liu, hasta ahora usted no ha hecho otra cosa más que amenazarnos. Yo la he avisado, no la he amenazado. Pero le aseguro que volverá a oír mi nombre muy pronto. A través del ministerio. Y ahora soy yo quien se lo dice: piénselo bien. Usted sabe dónde encontrarnos.

Julia se levantó y dejó a Jasmine delante de su té.

Luego hizo una seña a Andreas para decirle que se iba a su habitación.

Jasmine se volvió para ver cómo se marchaba.

No había encontrado a muchas mujeres como ésa en su vida. Lo que Julia le había dicho le había hecho mella. No era una situación fácil.

Tenía que reflexionar.

Andreas había estado observando toda la escena mientras se tomaba un cubalibre. Después de todas aquellas emociones, había sido suficiente para dejarlo ligeramente aturdido.

No había tenido tanto miedo en toda su vida. Jasmine le ponía la carne de gallina. La idea de una cárcel china, la tortura, el dolor, eran perspectivas a las que se enfrentaba por primera vez en su vida.

¿Qué habría pensado Jan de él? Seguramente que era un cobarde. Había descubierto quién lo había mandado matar, pero también que su delito quedaría impune para siempre. ¿Y si se tomara la justicia por su mano? Por los hijos de Jan, por Julia, por él mismo.

Empezó a pensar en las varias maneras de matar al hombre que ahora odiaba; pero al final, todos los pensamientos que encadenaba acababan con él sentado en una prisión alemana para el resto de su vida, mientras Ulrike le preguntaba por qué la había abandonado.

Una vez en Múnich le daría ese maldito ordenador a cualquier funcionario chino y la historia terminaría ahí. Se encargaría de los hijos de Julia y Jan como si él fuera su padre.

Tenía algunos ahorros, crearía un fondo para asegurarles los estudios. Con ese pensamiento otra oleada de lágrimas le cubrió el rostro.

Se secó la cara con las mangas de la camisa. El efecto de la copa era demoledor.

Miró a su alrededor, nadie lo observaba.

Había poca gente en las mesas cercanas a la suya, aunque todos parecían estar inmersos en sus conversaciones y no se preocupaban de un desgraciado con la cara abatida por el dolor.

Le volvió otra vez a la memoria cómo había muerto su amigo, enterrado vivo.

De repente se dio cuenta de que tenía que salir de allí, estaba a punto de derrumbarse.

Se dirigió a los ascensores.

Llegó a su habitación como atontado.

Se dejó caer en la cama y llamó a Julia para asegurarse de que estaba bien y para que le informara sobre la conversación que había mantenido con Jasmine.

Su amiga lo tranquilizó, ahora debían dormir, ya hablarían al día siguiente.

El funcionario del consulado estadounidense, acompañado nuevamente por su colega italiano, fue a recogerlos al hotel a las seis de la mañana. Durante el trayecto hacia el aeropuerto les dieron algunas informaciones técnicas: la urna con las cenizas de Jan la enviarían al día siguiente y la entregarían directamente en casa de Julia en Milán. Se pondrían en contacto con ella para los detalles de la entrega.

Una vez en el aeropuerto de Pudong, Julia y Andreas hicieron los trámites del embarque y se dirigieron al control de pasajeros.

Había la cola habitual, como en todos los aeropuertos.

Por lo menos allí no pedían que te quitaras los zapatos.

Era casi su turno cuando una voz conocida los llamó.

– Señora Tes, señor Weber, un segundo, por favor.

Era Jasmine. Salieron de la fila y se apartaron hacia un rincón menos concurrido.

– Quería desearles buen viaje. Han pasado unos días muy difíciles y lo lamento. Hay una cosa que todavía me siento en la obligación de darles -y diciendo esto sacó de su bolsillo una hoja de papel que entregó a Andreas-. Es el correo electrónico que Mohindroo envió a Franz con el código para descifrar los archivos. Quizá pueda serles útil. Imagino que, si todavía no han logrado saber lo que se esconde en el ordenador, seguramente es porque los datos están cifrados. Podría ser que el código usado fuera el mismo que el del correo electrónico: es extremadamente complejo.

»Señor Weber, le doy tres días. Después, un empleado del consulado chino se presentará a usted en Alemania. No haga tonterías, se lo digo desde el fondo de mi corazón. No implique a ningún policía, a ningún ente, a ninguna organización. Va su vida en ello. -Después se volvió hacia Julia-. Adiós, señora Tes, ha sido un gran honor conocerla. Deseo que la verdad pueda servirle de consuelo.

No dijo nada más y no esperó respuesta. Dio media vuelta y desapareció, dejando a Julia y a Andreas mirando una hoja de papel.

Kluge

Había dormido poco y mal. Kluge se despertó más cansado que cuando se había acostado. Se duchó, se afeitó y se vistió, no para ir a la oficina sino para dar una vuelta con el aire fresco de Múnich. Vivía en Lehel, uno de los barrios más bonitos de la ciudad, que daba al río Isar. Caminaba por el paseo peatonal y admiraba la estatua del Friedensengel, el ángel dorado de la paz, que parecía mirarlo desde lo alto.