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Prosiguió todavía un buen rato inmerso en sus pensamientos. Se encontró delante del Museo de la Técnica, la meta preferida de sus nietos. Al pararse allí delante se acordó de todo lo que había hecho para que su empresa hiciera donaciones al museo.

No se trataba sólo de filantropía: quería que desde pequeños los futuros clientes estuvieran familiarizados con el nombre de la empresa.

Se volvió, hizo una inspiración profunda. Se olía aire de montaña. Consideró si era mejor volver a casa a pie o coger el tranvía.

La parada estaba justo delante del museo.

Se decidió por el tranvía.

Más tarde pasaría por la oficina para preparar su salida de escena.

Tenía que pensar en una historia creíble, quizá algún leve problema de salud. O bien que había decidido dedicar más tiempo a su familia y a sí mismo.

Sí, eso sonaba mejor.

El tranvía estaba llegando.

Se dispuso a esperarlo en el andén. Había bastante gente aguardando para subir. El tranvía corría veloz como siempre. Los transportes públicos en Múnich no son sólo extensos y puntuales, también son rápidos. Eso hace que el uso de vehículos particulares por parte de muchos de los habitantes de la ciudad sea muy limitado.

Cuando el tranvía estuvo a pocos metros de él, Kluge sintió que cuatro manos lo aferraban y lo lanzaban hacia los raíles. Vio que el tranvía se le echaba encima, sin posibilidad de evitarlo. Las mismas manos que lo habían empujado, sin dejar nunca su presa, lo retiraron hacia atrás en el andén.

El conductor vio de repente una silueta delante del morro del tranvía y casi en el mismo instante la vio desaparecer.

Por poco no tuvo un infarto. Como reacción, golpeó el freno de emergencia. La mayoría de los pasajeros que iban de pie se cayeron.

El tranvía se detuvo.

El conductor bajó hecho una furia a buscar al responsable de aquel desastre. No parecía que hubiera heridos graves a bordo, sólo un par de personas se quejaban de las contusiones sufridas en la caída.

El conductor no consiguió encontrar a nadie.

Kluge ya estaba en el otro lado de la calle y caminaba entre los dos hombres que le habían procurado aquella desagradable experiencia. No oponía resistencia, sabía que habría sido inútil.

– ¿Adónde me llevan?

– A ninguna parte, sólo lo acompañamos hasta el final del Ludwigsbrücke. No nos gustaría que le ocurriera nada malo, doctor Kluge -respondió uno de los dos.

Lo dejaron al final del puente, detrás de él podía oír las sirenas de la policía acudiendo a la parada del tranvía para las comprobaciones de rigor.

La advertencia había sido clara.

No podía dejar la empresa.

Al menos, no por decisión suya.

Empezó a caminar hacia su casa.

A mitad de camino sonó su móvil. Era su hija. Estudiaba y vivía en Heidelberg, donde estaba terminando la carrera universitaria.

– Hola, Astrid -respondió en voz baja.

– Hola, papá. ¿Te molesto? ¿Puedes hablar? -preguntó tímidamente la chica, que sabía los innumerables asuntos de trabajo que desde siempre abrumaban a su padre.

– Claro, tesoro, dime.

– Hoy me ha ocurrido algo extraño. Cuando he ido a coger mi coche, en el parabrisas había una hoja de papel que decía que comprobara los frenos antes de salir. Primero he pensado que se trataba de una broma. Pero luego, cuando he puesto en marcha el coche y he hecho un par de metros de prueba, efectivamente los frenos no funcionaban. Ni siquiera el freno de mano. He puesto punto muerto hasta que se ha parado. No te imaginas qué susto.

– ¿Te ha pasado algo? -preguntó el padre, muy preocupado.

– No, no, estoy bien. Claro que, si no hubiera sido por la nota, no sé si ahora estaría en condiciones de decir lo mismo. Te llamo para preguntarte qué tengo que hacer. ¿Quieres que vaya a la policía?

– No. Yo me encargo del tema. No te preocupes -contestó con decisión Kluge-. No hagas nada. Te prometo que no volverá a suceder. Querían enviarme un mensaje a mí.

– ¿Quiénes?

– No sé decírtelo. Hemos despedido a algunos empleados últimamente a causa de la crisis económica. Quizá lo que te ha ocurrido esté relacionado con eso. Informaré en seguida al jefe de seguridad para que tome las medidas oportunas. No tienes nada más que temer -respondió enérgicamente un padre que, en realidad, tenía ganas de sentarse y echarse a llorar en medio de la calle.

– De acuerdo, papá. Pero ¿tú estás bien?

– ¿Cómo quieres que esté bien con lo que acabas de contarme? Pero no te preocupes, tesoro, nadie te hará daño. Nadie. Te llamo más tarde. Un abrazo.

– Hasta luego, papá. Ten cuidado, por favor.

Colgaron.

Kluge caminó hasta su casa.

Acababa de decidir lo que iba a hacer. No les daría otra oportunidad.

Una vez en casa se duchó por segunda vez esa mañana y se vistió para ir a la oficina. Escogió el traje más elegante que tenía. Debía irse.

Julia

Iban sentados en sus asientos de clase business, el uno junto al otro. El avión acababa de alcanzar la velocidad de crucero y el capitán había apagado la señal que los obligaba a permanecer sentados con los cinturones abrochados.

Julia abrió los ojos. Había recorrido mentalmente los últimos días con creciente dolor y rabia. ¿Cómo se lo diría a sus hijos? Se cubrió la cara con las dos manos, inclinándose hacia adelante: nunca conseguiría llenar el vacío que Jan había dejado en sus vidas. No podía ser madre y padre al mismo tiempo. Un lamento acompañó sus lágrimas. Notó una mano acariciarle la espalda. Hizo una serie de respiraciones profundas y miró en dirección a su amigo Andreas, que le tendía un pañuelo de papel.

Julia se secó los ojos y se sonó la nariz.

– ¿Quieres algo de beber?, ¿agua, zumo?

– No. Ahora se me pasa, perdóname.

– ¿Quieres intentar dormir un poco?

– ¿Dormir? Ahora no. No podría.

Durante el despegue Andreas había estudiado el papel que le había dado Jasmine: las variables que determinaba cada letra eran efectivamente múltiples y complejas, sin la solución nunca podría haber resuelto aquel enigma. Se volvió hacia la mujer de su mejor amigo.

– Julia, ¿qué quieres que haga?

– ¿Te refieres al ordenador?

– Sí.

La pregunta la sorprendió y le molestó al mismo tiempo.

– ¿Por qué? ¿No quieres descifrarlo?

– Claro que quiero. Pero también tengo miedo. Por ti, por mí, por los niños. He pensado día y noche en qué es lo que puede haber que sea tan secreto como para empujar a alguien a hacer lo que ha hecho. Está claro que se trata de algo relevante para el director ejecutivo. Pero ¿qué puede ser?

– Tienes el código, pronto podremos saberlo, así mandaremos a la cárcel a ese asesino -intervino ella, decidida.

– Siempre que sea el código correcto, Julia. Quizá Lee haya hecho alguna estafa tipo Enron. Dinero negro o qué sé yo. En ese caso debería ser fácil incriminarlo.

– Será algo así, ¿qué otra cosa podría ser? Es el director general.

– Sin embargo, estoy bastante convencido de que los datos del ordenador son técnicos y no financieros.

– ¿Por qué? -preguntó Julia.

– Porque la cuantía de datos cifrados es enorme, y el formato no es el que podría esperarse de unas transacciones económicas. Pero si son datos técnicos, ¿a qué pueden referirse?

– Ése es tu terreno, ¿no? ¿No te has planteado nada?

– Al principio pensé que quizá los móviles que fabrican puedan tener una serie de características que no se ajusten a las normativas internacionales.