– ¿Qué quieres decir? -lo interrumpió ella.
– Los teléfonos móviles deben cumplir una serie de normativas para poder ser comercializados; quizá han podido hacerlos pasar a pesar de no cumplir los requisitos.
»Pero es una hipótesis improbable: los móviles no sólo los comprueban las empresas fabricantes, sino que también lo hacen quienes los compran y los operadores de telefonía. Además, tienen que superar los controles gubernamentales en cada país donde se venden y obtener el certificado de conformidad.
– Dicho así, me parece poco probable incluso a mí.
– Una posibilidad que me obsesiona -continuó Andreas- es que hayan obtenido nuevas pruebas de la relación que tiene el uso del móvil con determinadas enfermedades.
Julia permaneció en silencio, era una posibilidad que no había tenido en cuenta.
– Pero que alguien sea capaz de matar para mantener en secreto un descubrimiento de ese tipo está fuera de mi entendimiento. ¿Verdad que comprendes que me cueste aceptar una explicación así?
– Sí. Es difícil de imaginar, pero tú eres un experto, ¿crees que puede ser posible?
– Julia, a mi modo de ver, llegar a matar con tal de ocultar un descubrimiento significa querer esconder unos resultados de los que, a día de hoy, nadie puede imaginar su alcance real. Las investigaciones que se han llevado a cabo hasta el momento en ese campo no han obtenido resultados definitivos, y también es por eso por lo que, por regla general, caen rápidamente en el olvido. Ahora bien, si ese hallazgo es tan revolucionario y presenta resultados claramente negativos, mantenerlo en secreto es un crimen contra la humanidad. Ningún director, por codicioso que sea, puede estar tan loco.
– Andreas, tú no estás loco, pero hay muchos locos de atar en este mundo.
– No lo niego. En realidad, otra cosa que me aleja de una hipótesis similar es que, al formar parte del grupo de investigadores que se ocupan de estos temas, no puedo aceptar el fracaso, significaría que hasta hoy no hemos entendido nada. -Se interrumpió-. Tengo sed, déjame que pida algo antes de continuar. ¿Tú qué quieres?
– Una copa de vino blanco, gracias.
Andreas paró a un asistente de vuelo que pasaba por el pasillo y le pidió dos copas de vino blanco y un vaso de agua mineral. Se lo llevaron casi al instante.
Siempre eran rápidos en el servicio durante las primeras horas de vuelo, luego normalmente solían desaparecer.
Andreas empezó a hablar de nuevo.
– Las investigaciones que hacemos nosotros en realidad están financiadas por compañías privadas y tienen como objetivo el estudio de la optimización del uso de las frecuencias de las redes. Compresión de datos y cosas por el estilo.
»Pero siempre me han interesado los resultados de las investigaciones que persiguen identificar potenciales riesgos relacionados con el uso de la tecnología. Hasta hoy se han hecho relativamente pocas.
– ¿Por qué? -preguntó Julia.
– En primer lugar porque es extremadamente difícil encontrar financiación. También hay que destacar que, hasta ahora, los resultados de las investigaciones siempre han dejado un amplio espacio a las críticas.
– ¿Qué tipo de críticas?
– Metodológicas, principalmente. Pero, además encuentran trabas a causa de la existencia de grandes intereses económicos: creo que, como lobby, el poder de las telecomunicaciones sólo está por debajo del petróleo y del armamento.
– Quizá, pero los posibles efectos colaterales del petróleo y las armas ya se conocen, prescindiendo del poder que ejerzan -observó Julia.
– Es verdad. Pero ninguno de los dos sectores se ha desarrollado a la velocidad en que lo han hecho las telecomunicaciones en los últimos años. El mercado mundial de la telefonía móvil genera hoy en día un volumen de negocio de aproximadamente un billón de euros al año.
»Y eso es sólo la tajada de los operadores.
»Después está el mercado de los proveedores de infraestructuras, el de los teléfonos móviles, que por sí solo mueve cien mil millones de euros, el de los fabricantes de circuitos integrados, el de los fabricantes de pantallas…, en resumen, de todos los componentes, y luego está el negocio de los derechos de autor sobre las aplicaciones informáticas.
»A eso tienes que añadir las agencias de marketing, el dinero que se invierte en publicidad, las redes de distribución. En el mundo trabajan centenares de miles de personas en ese sector. Hace sólo diez años eran una parte infinitesimal de lo que son hoy.
Andreas se interrumpió para beber un poco de agua con gas.
Julia estaba confusa.
– ¿Estás intentando decirme que a nadie le interesa subvencionar estudios más minuciosos, a pesar de tratarse de algo que utiliza la mayoría de la población mundial?
– Es uno de los negocios más grandes de nuestra era. No sólo ha crecido a un ritmo vertiginoso, sino que además se ha convertido en un servicio indispensable.
»Ya puede haber crisis financieras, recesiones: el mercado inmobiliario se derrumba, pero no el de los operadores de telefonía móvil.
»Comunicarse a través del móvil se ha convertido en una necesidad primaria.
»Y a todo el mundo le parece bien. A nosotros, a las empresas del sector y a los Estados. Puedes controlarlos a todos. Puedes interceptarlos a todos. Puedes saber la posición geográfica de todos. Aunque el móvil esté apagado. ¿Te das cuenta? ¡Incluso si está apagado! Hoy, la mayoría de los crímenes se resuelven estudiando las llamadas realizadas por los sospechosos, los lugares desde donde se han hecho, el contenido de las conversaciones.
– Pensándolo bien, lo que dices es cierto. Cuando lees los periódicos te das cuenta de que todas las investigaciones empiezan con la lectura del registro de llamadas -comentó Julia.
La azafata pasó para volver a llenar las copas y preguntar rápidamente qué querían para cenar.
Andreas siguió hablando.
– ¡Y la gente es feliz! Ni siquiera recuerdan cómo vivían hace sólo quince años.
– Si lo piensas es sorprendente, usábamos aquellas fichas telefónicas -confirmó Julia.
– Y nos poníamos contentos cuando escuchábamos los mensajes del contestador al volver a casa -recordó Andreas-. Pero, volviendo a las investigaciones, la financiación es escasa, existen enormes intereses en contra y la tecnología avanza a un ritmo tan vertiginoso que los estudios no consiguen llegar hasta el fondo de cada innovación.
»En la época en que se hicieron los primeros estudios, la gente todavía no usaba los móviles continuamente.
»Las tarifas eran caras, no existían los sms, y ya no te hablo de descargar los correos electrónicos. Servía para hablar unos pocos minutos.
– Sí, ya me acuerdo. Era carísimo.
– Exacto, cada minuto costaba el equivalente a dos euros. Hoy, con las tarifas «todo incluido», el uso se ha hecho ilimitado.
»No hace muchos años, cuando se realizaron gran parte de los estudios, había que ir con cuidado de a quién se llamaba y durante cuánto tiempo.
»Ahora, al disponer de mil minutos o más, se llama por cualquier tontería.
»Mil minutos son algo más de media hora al día. Parece poco, pero representan diecisiete horas al mes.
»Doscientas horas al año.
»En diez años son dos mil horas. Si tienes en cuenta que una jornada laboral tiene ocho horas, a este ritmo en diez años pasas doscientos cincuenta días laborables al teléfono.
»Todo un año de trabajo de cada diez hablando por el móvil.
– Visto así es tremendo. Un año entero al teléfono. Y me parece que hay mucha gente que se pasa media hora al día hablando. Creo que yo también formo parte de ese grupo, ahora que lo pienso -reflexionó Julia.
– Sí, son muchos, y hay gente que telefonea mucho más que la media. Los ves por todas partes: llaman para decir que llegarán a casa al cabo de dos minutos, pero ¿de qué sirve? Estarás en casa dentro de dos minutos. Todo el mundo llama para decir cosas irrelevantes, qué tiempo hace, dónde estás. Pero ¿qué cambia si no lo sabes?