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– Probablemente nada -Julia esbozó una sonrisa.

– Y los operadores nos empujan a hacerlo. Si hace diez años te gastabas cincuenta euros en veinte minutos de llamadas, hoy, con la misma cantidad, tienes mil minutos, y debes usarlos todos.

– Y ¿por qué no? Total, ya los has pagado, ¿no es así?

– Claro, y los operadores pretenden que el cliente genere otros beneficios, por ejemplo, descargando aplicaciones o utilizando servicios que no están incluidos en la tarifa que tiene contratada. ¿Sabes cómo miden su éxito los operadores?

– ¿Con el número de abonados? -aventuró Julia.

– Sí. Pero además del número de clientes, calculan el beneficio que obtienen de cada usuario. Este índice se llama ARPU, Average Return Per User, es decir, ingresos medios por usuario.

»Si los precios por minuto bajan, para mantener el mismo ARPU debe aumentar el uso. Parece que el sistema funciona: cuanto más barato parece que es llamar, más se llama y se supera el límite máximo, pagando caros los minutos extra. La India es el país del mundo donde cuesta menos llamar, porque la gente es pobre. Pero las tarifas son tan bajas que para la población media es una ganga: se pasan horas al teléfono; total, cuesta poco, casi nada.

»Las modalidades de consumo han cambiado radicalmente en los últimos años, lo que puede tener importantes consecuencias, incluso físicas, para los consumidores.

– No comprendo vuestro cometido, entonces. ¿No tendríais que formar parte de la garantía que deberían tener los consumidores? -Los discursos de Andreas empezaban a poner nerviosa a Julia.

– Te repito que hoy en día la investigación discurre por detrás de la tecnología y de su uso intensivo, no al revés.

– Pero ¿qué se sabe a ciencia cierta? -insistió ella.

– Poco. Las comprobaciones se realizan con células in vitro. Se exponen algunas células a radiaciones constantes y se ve el efecto que tienen, simplificando mucho lo que es la realidad fisiológica. Se han descubierto modificaciones en la estructura de las células, pero estas evidencias tampoco sirven de nada. Como ves, ni siquiera es obligatorio usar el auricular. El único caso que recuerdo tuvo lugar en Inglaterra, donde se desaconsejó el uso de móviles a los menores de una determinada edad, creo que era a los catorce años.

– No debes de ser el único de tu sector que tenga dudas, ¿no? -preguntó Julia, cada vez más molesta.

– No, pero ¿qué esperabas? ¿Cuánto tiempo hace que se sabe que los gases de escape son nocivos para el medio ambiente? Y no han limitado su utilización. Lo mismo ocurre con el tabaco. Y con el alcohol.

– Pero no es lo mismo -intervino Julia una vez más.

– Es verdad, aquí nos encontramos frente a algo distinto. No podemos comparar el consumo de alcohol y tabaco con el uso del móvil. Hoy en día se sabe que fumar y beber en exceso perjudica la salud, y cada uno decide responsablemente. Los móviles, en cambio, se han convertido en indispensables y no se consideran peligrosos a pesar de su uso indiscriminado. Ésa es la diferencia.

– ¿Qué es lo que intentas decirme? ¿Que aunque los datos del ordenador confirmaran tus sospechas, no cambiaría nada? Entonces, ¿qué sentido tiene seguir adelante?

Andreas reflexionó durante unos segundos antes de responder.

– Si se demostrara que el uso del móvil es irreversiblemente nocivo a largo plazo, significaría que nos enfrentamos al riesgo de sufrir una pandemia.

»Para detenerla, habría que adoptar medidas extremadamente drásticas inmediatamente. Pero la experiencia nos dice que el progreso no se detiene, a menos que el coste financiero sea insostenible.

»En nuestro caso, el coste financiero serán los tratamientos médicos necesarios para aquella franja de población que enferme con los años. Es muy probable que sea el progreso médico y tecnológico el que tenga que poner remedio a la imprudencia de nuestra época.

»La solución no reside en dejar de utilizar las máquinas, sino en crear máquinas «limpias».

»Así que tu pregunta de si vale la pena seguir adelante no es correcta. Cualquier cosa que haga progresar el conocimiento vale un sacrificio.

»La verdadera cuestión es que el estudio debería demostrar totalmente, de manera irrefutable, una clara relación causa-efecto entre uso y enfermedad. En caso contrario serían necesarias largas y laboriosas comprobaciones que retrasarían mucho el reconocimiento internacional del peligro.

– Así pues, ¿qué piensas hacer? -le preguntó Julia.

– Intentaré echarle un vistazo al ordenador, si me lo permiten. No hablaré de ello con nadie, ni siquiera con Ulrike, y tú debes hacer lo mismo.

El documento

Andreas distinguió en seguida la mirada de su mujer. Había ido a recogerlo al aeropuerto y lo esperaba en la puerta de llegadas. Habían hablado un par de veces por teléfono en los últimos dos días, pero parecía que hubieran pasado semanas sin verse.

Se abrazaron y se estrecharon como hacía mucho que no lo hacían.

– Me alegro de verte, cariño. ¿Cómo estás?

– Bastante bien. Contento de estar en casa. Vamos a recoger el coche -sugirió Andreas.

– ¿Y Julia?

– Julia ha sido muy fuerte. En el depósito fue horrible. Pobre Jan, qué muerte tan espantosa. Cuando ella le habló, prometiéndole que nunca les contaría a sus hijos en qué estado lo había encontrado, empecé a sentirme mal. Por suerte no has tenido que verlo, fue desgarrador.

Ulrike buscó un pañuelo en el bolso.

– Toma, tesoro, éste está limpio -dijo Andreas, y le tendió uno de los kleenex que llevaba en el bolsillo. La cogió del brazo y se dirigieron a los ascensores que llevaban al parking cubierto.

– Todo esto es tan injusto, tan triste. ¿Cuándo será el funeral? -preguntó Ulrike.

– La urna con las cenizas tendría que llegar mañana a Milán. Julia ya nos dirá la fecha. ¿Quieres que conduzca yo, cariño? Estoy bien.

– No, ya lo cojo yo, gracias.

El Golf negro estaba aparcado en la tercera planta. Andreas se sentó al lado de su esposa, que ya había puesto el motor en marcha.

– ¿Estás segura de que quieres conducir?

– Sí, sí, no te preocupes. Los niños todavía no lo saben, ¿verdad? -preguntó Ulrike cuando salieron del aparcamiento.

– Julia se lo dirá hoy o mañana.

– Todavía me acuerdo de las palabras de mi madre cuando me dijo que papá había muerto. Yo también era pequeña cuando ocurrió, cómo lloré. Estaba desesperada.

Ulrike se internó en la autopista, era el camino más rápido.

– Fue un tumor en el hígado, ¿verdad? -recordó Andreas.

– Sí, fulminante. Murió dos semanas después de que le dieran el diagnóstico. ¿Qué ocurre? -Ulrike redujo bruscamente la velocidad.

Dos coches de la policía advertían que se circulara con precaución un poco más adelante. Tuvieron que detenerse, el tráfico estaba bloqueado.

– Será un accidente. ¿También estaba así cuando has venido? -preguntó Andreas.

– Creo que no, no me he dado cuenta desde el otro carril, si no hubiera cogido la nacional.

Instintivamente Andreas se volvió. Siempre tenía miedo, en esas situaciones, de que algún coche por detrás no frenara a tiempo. Lo que vio le dio un susto de muerte. Conduciendo el Mercedes que tenían a su espalda vio a un joven chino. No podía ser una coincidencia. Debía de estar allí por él. Jasmine había mentido, no le iba a dar tres días, ni siquiera uno.

Ulrike notó que algo no iba bien.

– ¿Qué pasa, Andreas?, ¿no te encuentras bien?

– Nada, estaba pensando en los niños de Jan, me gustaría contribuir a su educación con un fondo -mintió.

– Me parece una idea estupenda, cariño. Yo también había pensado en algo parecido.