Andreas estaba intentando saber qué hacer. Al principio pensaba volver a casa, descansar un poco y luego ir a la oficina para trabajar en el ordenador. Pero tenía que cambiar los planes. No tenía tiempo. Debía ponerse a trabajar en seguida.
– Ulrike, ¿puedes dejarme en la oficina, por favor?
– ¿Cómo? ¿No quieres ir a casa a descansar? Después de todo lo que has pasado, ¿quieres ir a la oficina? -preguntó incrédula su mujer.
– Preferiría no tener que ir, tesoro, pero debo acabar un proyecto para la semana que viene, no tengo elección. Es mejor que me ponga en seguida. Después quiero dedicarme a Julia y a los niños sin tener que preocuparme de nada. No estoy muy cansado, he dormido bastante en el avión -mintió Andreas por segunda vez.
– Muy bien, pero también tienes que pensar en tu salud. ¿No hay nadie en el despacho que pueda hacerlo en tu lugar?
– No, es un tema que he llevado personalmente desde el principio, no tengo alternativa.
El tráfico empezó a ser fluido, pasaron al lado de una ambulancia: había habido un accidente, un coche destrozado estaba arrimado a la mediana.
– ¿Por qué no vas a casa al menos para darte una ducha? -Ulrike intentó convencer a su marido, pero sin éxito.
Cuando estuvieron cerca de la salida de Allianz Arena, él le pidió que dejara la autopista.
– ¿Por qué? ¿No querías ir al despacho? -preguntó sorprendida Ulrike-. ¿Por dónde quieres ir?
– Tengo la impresión de que alguien nos está siguiendo. Coge la próxima salida, por favor -replicó Andreas.
– ¿Quién nos sigue? ¿Has bebido en el avión? ¿Por qué iban a seguirnos? -preguntó ella, incrédula.
– Porque hay mucha gente interesada en el proyecto que quiero terminar. Es un poco complicado, ya te lo contaré más tarde.
– Pero ¿qué estás diciendo?
– Mira, cariño, es un encargo del gobierno, no puedo hablar de ello. No es la primera vez que ocurre. Tú también conoces las cláusulas que hay que firmar para obtener trabajos de esa clase. Mañana te lo cuento todo, como siempre hago, ahora no tenemos suficiente tiempo -sentenció Andreas.
Ulrike cogió la salida, seguida a distancia por otros dos coches que hicieron la misma maniobra. Empezó a sentir cierta inquietud.
– ¿Quieres asegurarte? Déjame a mí, conozco un par de caminos que llevan a la ciudad. Los usa poca gente y sólo cuando la autopista está congestionada. Si alguien nos sigue, lo veremos en seguida.
Ulrike se conocía la zona y giró en una carretera secundaria. Pocos kilómetros después, desembocó en un camino rural que pasaba cerca de una hilera de típicas casas bávaras. No pasaba nadie, excepto ellos y, a distancia, los dos coches que habían tomado la misma salida de la autopista.
– ¿Qué coches son? -preguntó Ulrike.
– Me parecen un BMW y un Volkswagen Touareg -contestó Andreas, que ya estaba más tranquilo porque no veía ningún Mercedes detrás de ellos.
Al siguiente cruce, el BMW giró a la izquierda.
– Bueno, al menos uno no nos estaba siguiendo -comentó Ulrike.
– Parece que no.
– Pero ¿por qué no llamas a la policía si crees que tu estudio puede estar en peligro? Quizá puedan ayudarte.
– Los llamaría si estuviera seguro, pero no lo estoy. A ver si el Volkswagen nos sigue hasta mi despacho. En ese caso, llamamos a la policía.
Sin embargo, en la siguiente rotonda, el Touareg se metió por otra calle.
– Mejor así, ¿no? Me has dado un susto de muerte. Al menos ahora estarás tranquilo -dijo Ulrike.
– Sí, gracias. Perdona por hacerte desviar y por mi paranoia. Han ocurrido demasiadas cosas últimamente.
– Te entiendo, cariño, no te preocupes.
Veinte minutos después llegaron frente a la oficina de Andreas.
– ¿Quieres que venga a recogerte más tarde? -preguntó ella.
– Ulrike, mira, no creo que vuelva antes de mañana por la tarde. Tengo que terminar de analizar unos datos y escribir el informe final.
– Pero ¿estás loco? ¿Mañana por la tarde? No te aguantas de pie, antes tienes que dormir.
– Si veo que estoy demasiado cansado dormiré un par de horas en el despacho. Te lo ruego, cariño, es lo mejor. Tenemos que ir a Milán dentro de poco para el funeral.
Ulrike sabía cuándo no le quedaba otra opción que seguir las indicaciones de su marido. Si quería acabar el trabajo para dedicarse a Julia y a los niños, no habría modo de hacerlo cambiar de opinión. Sin embargo, no estaba tranquila.
– Andreas, me preocupas.
– No tienes por qué preocuparte, tesoro, todo está bajo control. Déjame terminar este estudio, luego me tomaré dos semanas de vacaciones. Confía en mí. Te llamo cuando haya acabado. Me encerraré en la sala de servidores, allí no hay cobertura. -Le dio un beso y bajó del coche.
Pero no entró directamente en la oficina. Esperó a que Ulrike girara en el semáforo del final de la calle.
Entonces se dirigió hacia Zenettistrasse.
Tardó los veinte minutos de rigor. Se volvió repetidamente, no parecía que nadie lo siguiera. En el número 2 llamó a Markus Spicker desde el portero automático. Era uno de sus mejores amigos en Múnich. Trabajaba desde casa como arquitecto y salía raramente.
– ¿Quién es? -resonó la voz de su amigo.
– Soy yo, Andreas, ¿puedo subir?
– ¿Andreas? Claro, sube.
Markus vivía en el primer piso, en un apartamento pequeño pero decorado con un gusto extremadamente sofisticado. Le abrió la puerta en bata de seda.
– Hola, Andreas, vamos, entra. ¿Cómo estás? -Se acercó a él y lo abrazó-. Ayer me enteré de lo que había pasado. He intentado llamarte, no sé si lo has visto. ¿Cuándo has vuelto?
– Esta mañana, he aterrizado hace un par de horas.
– Ven, nos sentaremos en el salón. ¿Te traigo algo? ¿Tienes hambre, sed?
– Estoy bien, gracias. ¿Te he despertado?
– No. Ya me había levantado. La muerte de Jan me ha afectado mucho. Me habré dormido hacia las cinco, pero sólo durante un par de horas. ¿Estás seguro de que no quieres nada? Yo necesito un café.
– Haz dos, gracias.
En cuanto su amigo entró en la cocina, Andreas se puso al lado de la ventana. Escrutaba la calle. En la acera sólo vio a tres personas. Una de ellas era un chino que estaba hablando por el móvil mientras caminaba en dirección a Lindwurmstrasse. Andreas notó que se le aceleraba el ritmo cardíaco como si acabara de hacer una carrera. No conseguía apartar la vista de él. El hombre se detuvo en el cruce, girándose y mirando en dirección a la casa de Markus. Andreas se echó hacia atrás. Estaba sudado como si hubiera corrido.
– El café está listo.
– Ahora vuelvo, voy un momento al baño.
– Claro.
En el baño apagó el móvil y también quitó la batería y la tarjeta SIM. Esperaba que de ese modo no pudieran localizarlo. Se sintió como un idiota por no haberlo hecho antes.
Se refrescó la cara varias veces antes de salir. No podía quedarse mucho.
– Sentémonos en el sofá -lo invitó Markus, que lo esperaba con la bandeja en la mano.
Estuvieron hablando durante veinte minutos, antes de que Andreas se marchara.
Quedaron en llamarse al día siguiente.
Abandonó el apartamento y bajó por la escalera. Luego, en vez de salir por la puerta principal, pasó por la que daba al jardín. Al fondo había un muro que daba al patio de la casa de enfrente. Lo saltó.
Él y Markus lo habían hecho miles de veces. Era un atajo para llegar a Theresienwiese cuando se celebraba la Oktoberfest.
Se encaminó hacia Goethestrasse.
Allí llegó hasta la parada de taxis y cogió uno.
Bajó en la calle paralela a la de su oficina. Entonces hizo lo mismo que había hecho en casa de Markus pero al revés. Entró en el patio de un edificio del siglo XIX que albergaba cuatro despachos de notarios. Atravesó el pequeño aparcamiento interior. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y saltó la verja que daba al jardín de su oficina.