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– Bien, doctor Weber, veo que es usted una persona razonable. Démelo, no haga estupideces, así podremos irnos todos a casa -dijo el tipo de la pistola, un alemán de Colonia, a juzgar por su acento.

Medía más de un metro ochenta, tenía el pelo corto, rubio, y una nariz aplastada de boxeador. Le cogió el ordenador de las manos.

– Ahora puede levantarse. Vayámonos de aquí, fuera hay más luz -intervino el segundo. De los dos, era el que iba más elegantemente vestido, tenía el pelo canoso, llevaba barba y unas gafas con montura azul. Andreas no pudo adivinar de dónde era, porque hablaba un alemán sin acento alguno.

Salieron y se quedaron al lado de una mesa. Las luces de neón de la oficina que daban a la calle seguían encendidas.

El hombre sin acento siguió hablando.

– Puede sentarse, si quiere. Doctor, tenemos que proceder con una cierta prisa, como puede imaginar. Sólo nos falta por saber lo que usted quiere.

La pausa que siguió fue demasiado breve para que Andreas pudiera pensar una respuesta.

– Se lo pregunto como amigo: ¿quiere vivir?

Andreas había resistido hasta el límite de sus fuerzas.

Se desplomó en la silla, las piernas ya no lo sostenían.

– Claro que quiero vivir. Jan también quería vivir, ¿cambia eso algo?

– Doctor Weber, míreme -ordenó el de Colonia-. Usted vivirá. Sólo tiene que decir la verdad. ¿Ha hecho copias del contenido de este ordenador? ¿Ha conseguido descifrarlo? Piénselo bien antes de contestar.

Andreas se iba recuperando lentamente. Se secó la cara cubierta de sudor con las mangas de la camisa.

– No he hecho ninguna copia. No soy especialista en códigos, lo he intentado pero no lo he conseguido, de no ser así no habría venido aquí. Eso lo entienden, ¿verdad?

No tuvo tiempo de protegerse.

El de Colonia le asestó una patada en la espinilla de la pierna derecha. Antes de que pudiera gritar de dolor, un puñetazo, procedente del otro hombre, debió de acertarle en la nuca, porque de pronto se encontró en el suelo.

Cuatro manos lo sentaron nuevamente en la silla.

Andreas se aferró a los reposabrazos para no resbalar. Se sentía derrotado.

– Doctor Weber -siguió hablando el que le había pegado por detrás-, disculpe si no nos hemos explicado bien. Por desgracia, las hemos visto de todos los colores. Hemos estado en medio mundo y hemos presenciado cosas que será mejor que usted no sepa.

»Somos capaces de saber cuándo alguien dice la verdad. ¿Cómo decirlo? Lo olemos. Responda. No mienta. ¿Ha hecho copias de los datos?

Andreas no tuvo tiempo de abrir la boca. El de la nariz de boxeador le cogió el dedo meñique de la mano izquierda y se lo rompió.

El dedo hizo crac.

Un crac delicado, como el que se oye cuando se parte un huesecillo de pollo. Un ruido que Andreas no olvidaría en toda su vida.

Un grito de dolor rompió el silencio que por la noche reina en las oficinas.

Andreas respiraba como si acabara de hacer tres minutos de apnea. La cabeza le daba vueltas, tenía la vista desenfocada.

– ¿Y bien, doctor? -preguntó el canoso.

– He hecho una copia en el servidor -susurró él.

– Eso es, doctor, eso es. Vamos a borrarla, levántese. Así podrá volver a casa con su Ulrike.

Fue como una sacudida para Andreas. Un sentimiento de disgusto lo recorrió de pies a cabeza mientras, haciendo palanca con los brazos, intentaba levantarse de la silla.

– Debe de ser un trabajo estupendo ir asustando a la gente -jadeó con amargura.

De nuevo, el puñetazo le llegó desde atrás.

Esta vez quien lo golpeó fue el de Colonia.

Andreas cayó hacia adelante. Apoyó mal la mano, descargando todo el peso sobre el meñique roto.

Se desmayó al instante.

Cuando despertó estaba sentado en una silla de la sala de los servidores. En el reloj de la pared vio que no había pasado mucho tiempo desde que había perdido el conocimiento.

Reconoció la voz sin acento:

– Bienvenido de nuevo, doctor. Por favor, encienda el ordenador y conéctese a la red. Tenemos prisa y dentro de diez minutos mi colega le romperá el otro meñique.

Andreas estaba más aturdido que en la peor de las borracheras. Tenía ganas de vomitar, seguramente el golpe en la cabeza le había provocado una conmoción cerebral.

Inspiró tres veces profundamente. Encendió el ordenador y conectó el cable de red que estaba sobre la mesa.

– Apártese, dígame la contraseña para acceder al ordenador.

– Suria2004.

– Soy ingeniero electrónico, no intente tomarnos el pelo -le advirtió el de Colonia.

Andreas lo miró a la cara, ligeramente sorprendido. No esperaba que un ingeniero electrónico pudiera romperle el dedo a nadie.

La contraseña era correcta.

El canoso se la apuntó en una libretita. Una vez conectado, Andreas les indicó dónde estaba la carpeta de red con la copia de los datos.

– Es ésta -dijo.

El ingeniero hizo clic con el ratón sobre la carpeta y la abrió. Luego hizo lo mismo con varias carpetas secundarias, examinó la extensión de los archivos, sus propiedades, y estudió el programa que había escrito Andreas.

– Excelente trabajo, doctor. ¿También ha salvado en el ordenador el programa para descifrar los códigos?

– Sí.

– Muy bien. Ahora borraremos las copias del servidor y luego ya podremos irnos.

Necesitaron un par de minutos para hacer desaparecer todos los datos.

Hecho esto, el experto tecleó una serie de instrucciones que ni siquiera Andreas, considerando su relativa experiencia como programador, habría sido capaz de escribir. Después se levantó y empezó a hablar.

– Bueno, ahora pasemos a la segunda pregunta. ¿Ha leído algo de lo que hay en el ordenador? -y le cogió la mano, hinchada como un globo.

No tuvo que apretar mucho antes de obtener la confirmación de que el pobre Andreas no había leído prácticamente nada. No había tenido tiempo.

– Ahora podemos irnos, no ha quedado ninguna copia en el fichero de reserva. Coge tú el ordenador.

– Sí, déjame que haga primero una llamada -dijo el de las gafas, y recuperó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta.

– ¿Sí? Soy yo. Sí, ya sé qué hora es. Me dijo que lo llamara cuando tuviéramos algo. Hemos encontrado lo que buscábamos. ¿Oiga? Ha colgado. Siempre de buen humor. Ya podemos irnos.

Levantaron a Andreas y caminaron sujetándolo entre los dos, como si fuera un sándwich.

Bajaron la escalera hasta la planta baja y se dirigieron hacia la salida secundaria, la misma que Andreas había utilizado para entrar. Podía oír los ronquidos del vigilante jurado.

Debían de haberlo dormido estando de guardia, en la entrada principal.

Salieron al jardín.

Lo arrastraron hasta el alto seto que lo rodeaba por un lado.

– Doctor, lo ha hecho muy bien -dijo el de Colonia-. No se reproche nunca nada. Ha escogido la mejor opción. Por usted, por los hijos de Jan, por su mujer.

»El resultado habría sido siempre el mismo, pero el sufrimiento habría sido muchísimo mayor.

»Nosotros nos vamos.

»La historia termina aquí.

»Usted no hablará con nadie de lo que ha sucedido. Si quiere ir a la policía, contárselo a su mujer, a la mujer de Jan…, a cualquiera, si cuenta a alguien lo que ha ocurrido esta noche, usted no morirá.

»Morirá Ulrike.

»Y un año más tarde, uno de los hijos de Jan. Hasta que un día vendré a divertirme directamente con usted. ¿Quiere demostrarme otra vez que es una persona inteligente? -le preguntó en un susurro.

– No hablaré con nadie. Déjeme volver a casa. Sólo quiero olvidar.

– Muy bien, doctor, entonces…

No pudo terminar la frase. Un borbotón de sangre inundó la cara de Andreas y el hombre de Colonia se le desplomó encima. Le habían disparado. Pero no se había oído ningún disparo. El segundo, que llevaba el ordenador en la mano, no pudo hacer un solo movimiento.