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Un disparo le atravesó el cráneo.

Cayó hacia atrás sin soltar el objeto por el que habían torturado a Andreas.

Él, instintivamente, retrocedió, con lo que el cadáver le cayó delante.

Sentía el sabor de la sangre en la boca y no podía apartar la vista del hombre que sólo pocos segundos antes le estaba hablando y que ahora estaba tirado a sus pies con la sangre saliéndole de la cabeza a borbotones.

– Doctor Weber. -Una voz lo devolvió de nuevo a la realidad, como alguien que se despierta de repente. Un chino estaba a su lado-. Ahora está seguro. Tenemos que irnos. ¿Puede caminar?

Andreas asintió. Vio aparecer desde varios puntos del jardín a una docena de chinos. Uno de ellos cogió el ordenador apoyado en el pecho de uno de los cadáveres y se acercó a él.

– Venga, síganos.

Andreas no se movió. No podía. Lo cogieron por debajo de los brazos y se dirigieron hacia la valla, al fondo del jardín. Los otros se estaban ocupando de los cadáveres. La verja estaba sólo entornada, salieron y se encontraron en el patio del edificio de detrás de la oficina. Había un coche esperándolos. Lo hicieron subir. El conductor arrancó el vehículo.

El que le había hablado iba sentado a su lado.

– Doctor Weber, ahora lo llevaremos rápidamente a nuestro consulado. Podrá ducharse y le daremos ropa nueva. No sé si tendremos de su talla. -Hizo una pausa, mirándolo-. De todos modos, será mejor que la que lleva ahora. Hay una persona que quiere verlo.

Andreas sólo podía imaginarse a una persona china que quisiera hablar con él.

– Mientras tanto intente limpiarse un poco con esto -y le pasó una botellita de agua y unos pañuelos.

– Gracias. -Tenía que quitarse la sangre de la cara y enjuagarse la boca para eliminar aquel sabor que asociaba con la imagen de los dos muertos.

El chino vio la mano de Andreas.

– Espere, le abriré la botella.

El coche cruzó Múnich y se dirigió hacia el barrio residencial de Neuhausen.

Atravesaron la verja de la villa que albergaba el consulado, en el 107 de Romanstrasse.

Entraron en un garaje.

Hicieron bajar a Andreas. Como le habían prometido, lo llevaron a una habitación con baño. Fue a ducharse.

Desnudarse con la mano hinchada no fue una operación exenta de dolor.

Tuvo que dejar la ropa en una silla, un par de agentes la examinarían. Cuando hubo terminado, se secó y cogió la ropa nueva que le habían llevado al baño. Era algo pequeña, incluso la chaqueta, pero su aspecto era la última cosa que le importaba en ese momento.

– Tenga, doctor Weber, éstas son sus cosas -le comunicó uno de los dos agentes que habían permanecido con él en todo momento indicando varios objetos que había puesto sobre una mesita.

Andreas cogió la cartera, las llaves de su casa, la tarjeta magnética del despacho, el pasaporte y el móvil y se los metió en los bolsillos de la chaqueta. Le sorprendió que le devolvieran el teléfono.

Uno de los guardias debió de notarlo.

– Doctor, este edificio está completamente blindado, de aquí sólo sale lo que nosotros queremos. No pierda el tiempo comprobando esa información, me haría enfadar.

– Ahora salgamos, alguien quiere verlo -apremió el que parecía tener mayor graduación del grupo de agentes especializados.

Atravesaron varias habitaciones y subieron por dos tramos de escaleras antes de detenerse ante una puerta oscura. Uno de los agentes llamó.

– Entren. -Era la voz de Jasmine.

La puerta se abrió desde dentro. Además de ella y de otros tres chinos que Andreas no conocía, también estaban los dos ayudantes que ya había visto en Shanghái. Era evidente que no hacían nunca nada por separado.

– Doctor, bienvenido a nuestra casa. Lamento que haya sido testigo de una escena de una violencia tan brutal. Yo le habría dado encantada los tres días que le había prometido, pero convendrá conmigo en que no se dan las condiciones para seguir adelante.

»¿Ha podido descifrar el contenido del ordenador?

»Me han dicho que ha estado bastante tiempo en aquella salita oscura con todos esos servidores.

Andreas no la soportaba, con ese tono de suficiencia que empleaba.

– Sólo he podido comprobar que el programa funcionaba con una muestra de datos, no he podido hacer nada más.

– Bien, doctor, entonces ya está.

Dicho esto se dirigió en chino a todos los presentes en la sala.

– Fuera, tengo que hablar a solas con el profesor.

Salieron prácticamente en fila india.

– Señor Weber, voy a hacerle una proposición. Es la mejor que puedo hacerle, y también la única. Es la más ventajosa para todos. Usted ha probado su programa y está preparado para descifrar todos los datos. ¿Es así? -Jasmine lo miró fijamente a los ojos.

Él asintió.

– Pues entonces, continúe su trabajo.

»No es que nuestros técnicos no sean capaces de llevarlo a cabo en pocas horas, pero le hice una promesa a su amiga.

»Usted no estará seguro mientras parezca que sigue teniendo el ordenador en su poder.

Se interrumpió, mirando a Andreas con una media sonrisa.

– Le doy cinco horas para terminar el trabajo. Podrá leer los resultados, pero no podrá llevárselos consigo, no podrá tomar apuntes, no podrá imprimir nada.

»¿Estamos de acuerdo, doctor?

»Después podrá irse a casa y olvidar lo ocurrido. Nuestra misión terminará aquí.

– ¿Y de los otros, los que me han dejado así, qué me dice?

– Los otros, que ahora cuentan con dos hombres menos, sabrán que ya no tiene el ordenador, no puedo garantizarle más que eso.

»Ellos son un elemento que no influye en nuestro acuerdo. Nosotros no estamos aquí, por eso no puedo ayudarlo.

A Andreas no le quedaba mucha energía.

– Sólo quiero leer un documento. Cinco horas serán más que suficientes.

Jasmine se dirigió a la puerta, la abrió y llamó a dos agentes.

– El doctor trabajará aquí, traigan el ordenador.

Uno de los dos se dirigió a otra habitación, de donde regresó al cabo de un par de minutos con el portátil debajo del brazo.

– Enciéndalo, por favor -le dijo a Andreas.

Él puso en marcha el ordenador, tecleó la contraseña y esperó a que todos los programas se cargaran.

Una vez que el portátil estuvo operativo, la silla de Andreas, con él encima, fue arrastrada a dos metros de la mesa.

– Eh, pero ¿qué están haciendo? -exclamó, molesto.

– Tranquilo, aquí está entre amigos -le respondió un chino con americana y corbata-. Déjeme que conecte el ordenador a nuestra red y salve todo el contenido en uno de los servidores, después podrá empezar. No nos gustaría que por error borrara los datos. ¿Sabe?, siempre puede haber una distracción.

Una explicación incuestionable.

– Ya está, tardará sesenta minutos. Estará de acuerdo en que no es mucho para todos esos datos.

»Mientras tanto puede comer algo. La comida que le hemos pedido debe de estar a punto de llegar.

Si había algo que Andreas no tenía en ese momento era hambre.

No tuvo tiempo de terminar ese pensamiento cuando entró una funcionaria con una taza de té y tres bolsitas de plástico.

Procedían de un establecimiento chino de comida rápida.

Lo dejó todo sobre una mesa. Meticulosamente, fue sacando el contenido de las bolsitas.

Luego hizo una señal a Andreas para que se sentara a comer.

Él se sentó y miró la comida.

Cerdo con sal y pimienta.

Pato Pekín.

Arroz.

Se preguntó de dónde habrían sacado la comida a esas horas. Todavía no eran las diez de la mañana.

Se bebió el té.

Comió poquísimo. Tenía náuseas, la mano le dolía y le pasaban por la cabeza demasiadas imágenes horribles.

Se puso a leer el Frankfurter Allgemeine Zeitung que habían dejado sobre la misma mesa.

Una hora más tarde el chino le hizo una seña.

– Venga, doctor.