Se miraron fijamente durante unos instantes.
– ¿Hará público lo que acaba de leer? -preguntó Andreas con un hilo de voz.
– Hasta la vista, doctor Weber. Ah, lo olvidaba. Por favor, dígale a la señora Tes que el funcionario Liao Chen ha estado encantado de poder ayudarla autorizando esta operación en territorio extranjero. Creo que espera un favor a cambio.
Jasmine acabó la frase con una ligera sonrisa, parecía complacida.
No le tendió la mano, y mucho menos la mejilla.
Dio media vuelta y abrió la puerta de una de las habitaciones adyacentes. La dejó abierta y Andreas la oyó hablar en chino. Debía de haber dado orden de que se lo llevaran, ya que un funcionario del consulado entró inmediatamente y se dirigió a él.
– Vamos, sígame.
– ¿Qué ha dicho?
– Ya ha oído lo que he dicho. Los han encontrado carbonizados en el coche.
– ¿Cuál fue su última comunicación?
– Que habían encontrado el ordenador.
– ¿Nada más?
– No.
– ¿Dónde estaban?
– En el estudio de investigación que dirige el profesor amigo del que murió en China.
– ¿Y el ordenador?
– En el coche han encontrado algo que podría ser un ordenador.
– ¿Cómo ha ocurrido?
– El vehículo chocó a gran velocidad contra la mediana, volcó y en seguida se incendió.
– ¿Hay testigos?
– Varios, todos han confirmado la misma versión. El coche circulaba a gran velocidad, perdió el control y se incendió inmediatamente.
– ¿Un accidente, pues?
– Estaban muertos mientras conducían, señor.
– ¿Cómo ha dicho?
– Según el doctor Reichert ya estaban muertos antes del accidente. Ha encontrado orificios de bala en el cráneo.
– ¿Quién lo hizo?
– No lo sabemos.
– ¿No lo saben?
Ulrike
El coche del consulado lo dejó delante de su casa.
No se despidieron. Andreas bajó, cerró la puerta y esperó a que se fueran. En la acera de enfrente había un Audi aparcado con dos chinos dentro. Debía de ser la escolta que le habían prometido.
¡Para lo que iba a servir!
Abrió el portal que daba acceso al edificio. Entró en el vestíbulo y, en vez de subir a la primera planta, abrió de par en par la puerta que daba al sótano. Bajó la escalera sin encender la luz. No había ventanas, la oscuridad era casi total. Se apoyó en la pared y cogió el móvil de la chaqueta.
Quería comprobar que el archivo que había copiado en el consulado chino estaba íntegro y podía leerse.
Estaba convencido de que tenían la casa vigilada, y lo que iba a hacer le parecía lo más seguro y lógico, dadas las precarias condiciones físicas y mentales en que se encontraba.
Buscó en las opciones del móvil hasta que encontró el archivo que había salvado.
Allí estaba.
Intentó abrirlo.
¡Funcionaba! Apareció la primera página del documento que había leído poco antes en el consulado chino.
Cerró el archivo, volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo y subió la escalera para irse a casa.
Eran las cuatro de la tarde, esperaba no encontrar a nadie.
Ulrike se precipitó a la entrada. Después de innumerables intentos de llamar a su marido al móvil y averiguar que nadie de la oficina lo había visto, había vuelto a casa a primera hora de la tarde, esperando encontrarlo en la cama durmiendo.
Estaba a punto de llamar a la policía cuando oyó entrar a Andreas. Lo vio. Estaba hecho una pena. Fue a abrazarlo, pero él la detuvo con un gesto. Sólo pensar que alguien pudiera rozarle la mano le provocaba una punzada de dolor.
Ulrike vio la mano.
– Dime, ¿qué te ha pasado? Vamos en seguida al hospital -dijo, preocupada.
– No, por favor. Ahora no, necesito descansar -contestó Andreas en voz baja.
– Tesoro, ven a sentarte.
Y lo acompañó hasta la butaca del salón.
– ¿Es sólo la mano? -quiso saber Ulrike.
– Y algún cardenal. Me han atracado. Me han agredido. Delante de la oficina. Estaba volviendo a casa. Me han robado el ordenador portátil. He intentado resistirme, pero me he caído y me he roto un dedo.
– Oh, Dios mío. ¿Delante de la oficina? Pero ¿cómo? -preguntó incrédula Ulrike.
– Eran dos, no los vi llegar.
– ¿Y crees que querían robarte la investigación en la que has estado trabajando? -insistió su mujer.
– No lo sé, es posible -respondió Andreas.
– ¿Y tu ropa? ¿De quién es esta americana?
– Es de Günther, esta noche he cogido su ropa de recambio de la oficina, la mía estaba demasiado sucia.
– Has llamado…
Andreas la interrumpió con un gesto.
– Te lo contaré todo más tarde, me cuesta hablar.
– Claro, perdona, cariño. ¿Quieres que te prepare un baño?
Andreas asintió.
– ¿Quieres una infusión?
– Sí, cariño, gracias -y rompió a llorar.
Ulrike le dio un beso en la mejilla mojada y se levantó a prepararle la bañera.
Diez minutos más tarde Andreas se zambulló en una orgía de espuma y perfumes.
Su mujer le lavó el pelo. Lo secó con cuidado para no rozarle la mano hinchada. Le puso la bata y se dirigieron a la cocina.
Las infusiones humeantes estaban aguardándolos.
Se sentaron en las dos sillas de mimbre.
– ¿Quieres hablar? -le preguntó Ulrike.
– Un segundo. -Cogió un viejo recibo del gas que había sobre la mesa-. Sosténmelo, por favor -le dijo a su mujer.
Cogió un bolígrafo y empezó a escribir.
Cuando hubo acabado, Ulrike cogió con ímpetu el trozo de papel y leyó: «No puedo hablar. Es probable que la casa esté vigilada. Mañana por la mañana saldremos y buscaremos un lugar seguro. No me hagas más preguntas sobre lo que ha pasado.»
Miró a Andreas. Estaba asustada, ¿en qué clase de lío se había metido su marido?
– ¿Te apetece comer algo? -preguntó.
– Un bocadillo, gracias. Debo introducir algo en el estómago para tomarme un par de analgésicos, después me acostaré e intentaré dormir un poco.
Se despertaron a las siete. Para Andreas fue una noche de sufrimiento, entre pesadillas y dolor. Para Ulrike, una noche de preocupación, con mil preguntas sin responder. Llamaron a sus respectivos trabajos para informar de que iban a tomarse una semana de vacaciones. A nadie le sorprendió, todos sabían que uno de sus mejores amigos había sido asesinado en China pocos días antes.
Desde el centro de investigación le dijeron a Andreas que no había nada fuera de lo habitual, excepto una cosa: el vigilante nocturno se había encontrado mal y había estado durmiendo gran parte de la noche hasta que a las siete había llamado a una ambulancia. Sin embargo, no habían notado que faltara nada.
Se vistieron, más concretamente Ulrike los vistió a los dos, y desayunaron.
– Tengo que llamar a Julia. ¿Podrías pedirme una cita urgente con Inge para mi mano, mientras tanto? -le pidió Andreas.
– En seguida lo hago.
La llamada a su amiga fue breve. Andreas le dijo que podía organizar el funeral cuando le pareciera mejor. Julia no hizo preguntas, entendió que lo había conseguido. El funeral, pues, se celebraría dentro de dos días, ya habían llegado casi todos los parientes más cercanos, era inútil posponerlo más. ¿A ellos les iba bien esa fecha? Claro, saldrían de Múnich al día siguiente.
Andreas llamó a su secretaria para que reservara los billetes de avión y esperó en línea a que le confirmara los horarios.
Mientras tanto, Ulrike había podido concertar una visita en la clínica de su amiga.
Salieron para coger un taxi que habían solicitado por teléfono, en aquella zona había pocas plazas de aparcamiento y normalmente estaban ocupadas.
Ulrike no aguantó más.
– ¿Podemos hablar ahora? -preguntó en voz muy baja, una vez estuvieron sentados detrás.