– ¿A ti te parece que estamos solos? -contestó Andreas, pero se corrigió en seguida-: Perdona, cariño, no quería…, todavía estoy aturdido por todo lo que ha pasado. Después de la clínica vamos a alguna parte y hablamos.
Ulrike asintió y se contuvo de decirle a su marido lo que le habría gustado decirle.
Permanecieron en silencio el resto del viaje.
Andreas no se esperaba lo que la dulce Inge iba a hacerle. Pensaba que le tocaría llevar escayola durante un mes y todo volvería a ser como antes.
Llegó el resultado de la radiografía, Inge examinó la imagen a contraluz.
– Una fractura fea. Mira aquí, Andreas -y puso el dedo encima de una zona de la placa.
Él no pudo entender gran cosa, más que nada por la rapidez con que la amiga de su mujer apartó la radiografía de sus ojos y la puso sobre la mesa.
– Tendré que enderezar la fractura. ¿Puedes apoyar el codo en la camilla, por favor, Andreas?
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó, preocupado.
– Nada. Por como está, la fractura se curará mejor si separamos el último fragmento de hueso que todavía une los dos trozos.
Andreas no pudo decir nada más. Inge le había cogido el dedo y tiraba de él hacia ella.
El dolor fue atroz. Además, le pareció oír un ruido familiar. Las rodillas cedieron. Ulrike lo sostuvo, lanzando una mirada a su amiga.
– ¿Era necesario?
– La alternativa era operar. Tenemos que controlar los gastos -respondió ella, y sonrió.
– ¡Maldita seas! -susurró el pobre Andreas más desde el otro mundo que desde éste.
Le aplicaron una protección de goma que le inmovilizó el brazo sobre el pecho.
Tenía que volver a visitarse al cabo de una semana y seguir un tratamiento a base de antiinflamatorios antes de poner el yeso definitivo, que debería llevar durante cinco semanas.
Se despidieron de su amiga: Ulrike le dio las gracias una vez más por haber encontrado un hueco para visitar a su marido; Andreas estaba menos agradecido.
Salieron a la calle. La clínica era adyacente al Englischer Garten, uno de los muchos parques de Múnich, el más grande, en el corazón de Schwabing, el barrio de moda.
– Vamos al Seehaus, allí podremos hablar -propuso Andreas-. Es temprano, a esta hora no habrá mucha gente.
– Muy bien, como tú quieras.
El Seehaus es una famosa cervecería que se encuentra en el interior del Englischer Garten, a la orilla del lago. Es un lugar maravilloso, donde se puede comer y beber, principalmente cerveza, sentados al aire libre frente a un panorama relajante. Cisnes y patos de varias especies se acercan a las mesas más cercanas al lago con la esperanza de recibir algún trozo de bretzel.
No tardarían más de cinco minutos a pie en llegar.
Se pusieron en marcha.
Durante el trayecto hablaron del viaje del día siguiente. A Andreas le dolía terriblemente la mano. El analgésico que le había dado Inge todavía no había hecho efecto.
A pesar de que sólo eran las once de la mañana, hacía un día radiante, con un cielo azul, sin una nube. Pidieron dos cafés y dos butter bretzel, unos panecillos en forma de lazo rellenos de mantequilla, y se sentaron a una de las mesas justo a la orilla del lago.
Desde donde estaba, Andreas podía ver todo lo que ocurría a su alrededor. Parecía que no había nadie que se fijara en ellos, por fin podía hablar con Ulrike.
Entonces reparó en dos chinos que se sentaban dos mesas más allá. Las palabras se le quedaron atascadas en la boca: Jasmine lo había dejado claro cuando especificó que Julia sería la única que podía estar al corriente.
La mujer lo miraba mientras esperaba. Se volvió, siguiendo la mirada de Andreas. Vio dos turistas chinos, aparentemente inofensivos.
– ¿Y bien?
– Ahora no.
– ¿Cómo que ahora no? Habla bajo, no hay nadie que pueda oírnos, cuatro patos y dos chinos.
– Espérame un minuto, por favor, tengo que ir al baño.
– ¿Cómo, al baño…? -Pero la frase se le quedó en los labios. Andreas estaba poniendo a prueba su paciencia.
Su marido se levantó.
Los servicios estaban al otro lado de la cervecería.
«Si funcionó en Shanghái, seguro que también funcionará aquí», pensó.
En el baño sacó el móvil y escribió un mensaje. Como en Shanghái, no se lo envió a nadie. Lo guardó en la carpeta «Borradores» y volvió a la mesa donde estaba sentada su mujer.
Ulrike lo miró como quien mira a un vidente.
– ¿Y bien? -preguntó con una pizca de nerviosismo.
– Qué día tan maravilloso. ¿Te acuerdas de cuando vinimos la primera vez?
– Claro. ¿Has ordenado tus ideas en el baño? ¿Puedes hablar ahora?
– Sí, pensaba que después del funeral podríamos pasar unos días de vacaciones en casa de Markus.
– ¿En casa de Markus? -repitió Ulrike, que empezaba a preguntarse si, aparte de los analgésicos, su marido se había tomado algo más.
– Sí, en casa de Markus. Me ha enviado un mensaje esta mañana en el que nos invita a pasar el fin de semana que viene en el lago Starnberger. Creo que sería una buena idea. Léelo tú misma -y le pasó el móvil a su mujer.
Con un gesto de rabia ella agarró el teléfono, indecisa de si lanzarlo directamente al lago o darle una última oportunidad a su marido y leer el mensaje.
Se decidió por la segunda opción.
Pero en vez del mensaje de Markus, leyó: «Nos espían. Los chinos de la mesa de al lado. Sé quién mató a Jan y por qué, no fue un atraco. El móvil es una investigación y me he hecho con ella. Mañana, durante el viaje, encontraremos la manera de hablar sin correr riesgos. Hasta entonces no me hagas más preguntas. Nos controlan continuamente.»
Ulrike miraba fijamente la pantalla del móvil. La primera frase le sentó como si le hubieran dado una patada en el estómago. Empezó a temblar, no podía tener las manos quietas.
– ¿Así qué, cariño?, ¿qué opinas? ¿Vamos al lago?
Ella vio con el rabillo del ojo a los dos chinos que tenían sentados cerca. Parecían estar hablando de sus cosas.
– El lago Starnberger. Me parece una buena idea. ¿Crees que tendrás ánimos? Habrán pasado muy pocos días desde el funeral -consiguió decir con un hilo de voz.
– Creo que me irá bien, siempre que Julia no quiera que nos quedemos algunos días más en Milán.
– Mañana ya veremos cómo podemos ayudarla. Yo podría quedarme con ella un par de semanas. Podría cogerme vacaciones: con todos los días que me deben, puedo quedarme incluso más -dijo Ulrike.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Era todo tan triste, y ahora sabía que la versión de los ladrones chinos que habían matado a su amigo no se correspondía con la verdad. Su marido le había desvelado que el asunto era mucho más serio y complicado de lo que había creído hasta entonces. A Ulrike le costaba seguir comportándose con naturalidad, le costaba hablar, seguir el hilo de lo que Andreas le decía. Tenía miedo.
– ¿Has visto? Se pasan mensajitos. Qué simpáticos.
El funcionario Tao Liang sonrió por el comentario de su colega.
– ¿Quieres otra cerveza?
Milán
Regresaron a casa por la tarde.
Intentaron descansar un poco, pero varias llamadas de trabajo interrumpieron sus planes.
Por la noche prepararon el equipaje.
Aparte del esmoquin, Andreas no tenía ningún traje negro, y escogió un conjunto azul oscuro. Ulrike no tuvo el mismo problema, el negro era su color preferido.
Fue otra noche agitada para ambos.
El taxi llegó puntual a recogerlos a las nueve.
Treinta minutos y cincuenta euros después estaban en el aeropuerto.
Recogieron la tarjeta de embarque, pasaron los controles de seguridad y se dirigieron hacia la sala de espera de Lufthansa. Andreas no había localizado a ningún chino siguiéndolos. Se pusieron en un rincón apartado desde donde podían ver a cualquiera que tuviera intención de espiarlos. Sacó el ordenador de Ulrike de la bolsa. Nadie los miraba. Encendió el portátil, activó la función Bluetooth y se dirigió a su mujer.