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Un dato totalmente anómalo, si se compara con cualquier estadística de afectación tumoral.

En 2003 escribí el primer informe en que pedía expresamente interrumpir el experimento.

En mi opinión, no había que seguir aumentando el riesgo que corrían los trabajadores del centro de llamadas.

Los datos de los tres primeros años de estudio deberían haber sido suficientes para convencer al mundo académico, técnico y político de la inmediata necesidad de que las investigaciones en este sector se convirtieran en una prioridad absoluta.

Había que aclarar los efectos reales del uso prolongado del teléfono móvil.

Y no sólo eso. En el informe recomendaba que, hasta que los resultados de las investigaciones posteriores no contradijeran definitivamente los de la nuestra, se limitara el uso del móvil.

Me prometieron que mi petición sería examinada pero, hasta que tuvieran una respuesta, la investigación debía seguir adelante.

Seis meses más tarde el solicitante me comunicó que tomarían una decisión basándose en los resultados clínicos del año en curso.

Nadie del centro encontraba anómala la situación, y hay que señalar que gran parte de los que habían enfermado querían seguir trabajando, cosa que no autoricé.

En 2004 los empleados que quedaban de los que habían iniciado el proyecto eran 516.

En el transcurso de las revisiones de 2004 diagnosticamos cinco casos más de tumor: cuatro en el cerebro, uno en la piel. Una tasa del 0,9% que ahora se equiparaba a la media india.

Los datos, a mi parecer, eran suficientemente alarmantes como para interrumpir la investigación.

En primer lugar porque los casos de tumores estaban creciendo exponencialmente.

En segundo lugar porque, comparando los datos estadísticos de las formas tumorales específicas, los resultados eran demasiado anómalos.

Del 0,5% de la población italiana a la que de media se diagnosticó, en los últimos años, algún tipo de neoplasia, sólo hubo veinte mil casos de tumor cerebral. Esto representa el 0,03% de la población italiana.

Los cuatro empleados del centro que habían enfermado de la misma patología ese año representaban, sobre 516 personas, el 0,78%, una cifra veintiséis veces superior a la italiana.

El solicitante, una vez recibido el estudio Alfa 03, no consideró necesario interrumpir la investigación.

Una semana después de haber enviado el informe empezaron a trabajar a mi lado dos nuevos colaboradores, o al menos así se presentaron.

Desde entonces he estado constantemente vigilado, amenazado y, en tres ocasiones, he sufrido maltratos físicos de los que todavía no me he recuperado por completo.

Se me ha impedido de todas las maneras tanto divulgar los resultados de la investigación al exterior como terminar el experimento.

En 2005 se cumplían los cinco años durante los que los empleados se habían comprometido a quedarse para no perder la diferencia de sueldo que se les había ofrecido. En esos cinco años nadie había dejado el centro por su propia voluntad.

Recuerdo que, un día, un directivo subrayó que le parecía extraordinario que ninguna mujer se hubiera quedado embarazada o que ningún empleado hubiera querido cambiar de trabajo, entre otras cosas.

Desde mi punto de vista, solamente quiero comentar que un esquema de incentivos como el que se les había ofrecido hacía que fuera muy difícil para quien lo había aceptado salir de la empresa, sobre todo si no lo hacía en el primer año, o como mucho en el segundo.

En términos absolutos, como media, los operadores del centro de llamadas ganaban cien al año. Con las nuevas atribuciones, este sueldo se había convertido en novecientos al año.

En cuatro años habían ganado tres mil seiscientos. Si en ese momento hubieran querido dimitir, habrían tenido que pagar a la empresa tres mil doscientos, dinero que probablemente ya se habían gastado.

Mis «colaboradores» enviados desde Alemania negociaron la prolongación del contrato.

La mayoría de los empleados estuvieron contentos de firmar por otros cinco años a cambio de un sustancial aumento de la retribución.

Al final, los que decidieron irse fueron 69.

Ese año enfermaron diez empleados que, de los 511 originarios que se habían quedado, equivalían al 2%.

Sumados a los que habían dejado voluntariamente el centro, el número de sujetos que quedaban del grupo originario se había reducido a 432.

En el año 2006 se produjo un cambio radical.

Se comprobaron cincuenta nuevos casos de neoplasia, equivalentes al 11,6% de la población originaria.

Esta explosión de casos provocó importantes reacciones emocionales por parte del personal.

En ese momento todos conocían al menos a un compañero aquejado de alguna forma de enfermedad grave.

Los dos emisarios del solicitante fueron los encargados de reconducir la situación.

Se organizaron varias reuniones con todos los empleados.

Se intentó trasladar las sospechas sobre los móviles a otras posibles causas.

En aquellos años aparecieron una serie de estudios que concluían que el uso de móviles no podía relacionarse en ningún caso con la aparición de tumores.

Estos estudios se utilizaron como prueba irrefutable.

Y en realidad nadie los puso en duda.

Entre las varias explicaciones alternativas empezó a tomar fuerza la que relacionaba la situación con un desastre ocurrido en el país con anterioridad.

El centro estaba ubicado a sólo cuatrocientos kilómetros de Bhopal, ciudad víctima del famoso desastre medioambiental provocado por la empresa Union Carbide.

Siguiendo los protocolos establecidos, examiné a fondo todas las teorías, incluida ésta, que aparentemente podían resultar plausibles.

Explicaré brevemente lo que sucedió en Bhopal. En 1984, en un tanque de la fábrica se produjo una fuga de cuarenta toneladas de isocianato de metilo, un gas usado en la fabricación de pesticidas. Según algunas fuentes médicas, murieron más de veinte mil personas. En la zona todavía se producen un número terrorífico de muertes causadas por los efectos a largo plazo de aquel accidente.

El gas en cuestión, sin embargo, era más pesado que el aire y se expandió en una área muy vasta, pero delimitada a la ciudad de Bhopal y a sus alrededores inmediatos. Así pues, no era una situación comparable a la acaecida en Chernóbil, donde las emisiones nocivas se propagaron a centenares de kilómetros.

Volví a repasar los currículums de todos los empleados: ninguno procedía de Bhopal, tampoco ninguno había vivido allí temporalmente, ni por estudios ni por trabajo.

Así que podía excluirse por completo que el desastre de Bhopal pudiera haber influido en la salud de la población del área donde estaba ubicado el centro de llamadas.

A pesar del gran miedo reinante, la gente siguió trabajando y recibió otro aumento de sueldo.

De los veintidós empleados que habían enfermado en los años anteriores, dieciocho murieron sin haber podido seguir un tratamiento adecuado ni tampoco, claro está, una terapia adecuada contra el dolor. En 2006 a éstos se añadieron cincuenta más.

Ulrike se secó la frente y bebió un sorbo de la cerveza que tenía junto al ordenador. Miró a Andreas, él le devolvió la mirada con una sonrisa triste.

En el transcurso de 2007 enfermaron de varias neoplasias 104 personas, lo que equivalía al 27,2% de los empleados que habían iniciado el estudio.

Muchos de ellos presentaban síntomas tan avanzados que se podía asegurar un diagnóstico irreversible.

En el centro de llamadas se respiraba un clima de completo pánico.

Recibimos 43 dimisiones y los directores del centro tuvieron muchas dificultades para convencer a los demás de que se quedaran.

Se consideraba que el lugar estaba maldito, y la dirección del centro decidió trasladar la sede a otro edificio, situado a dos kilómetros de distancia.