Don Juan dijo que teníamos muchas cosas que discutir y me preguntó si quería ir al centro, a la plaza, a dar un paseo. Yo me encontraba en un estado de ánimo muy peculiar. Algo más temprano había notado un retraimiento en mí que iba y venía. Al principio, pensé que era el cansancio físico que nublaba mis pensamientos. Pero mis pensamientos eran claros como el agua. Esto me convenció de que lo que sentía era un resultado de mi cambio a la conciencia acrecentada.
Al caer la tarde, salimos de la casa y fuimos a la plaza del pueblo. Allí, me apresuré a preguntarle a don Juan, antes de que él tuviera la oportunidad de decir cualquier otra cosa, a qué se debía mi estado de ánimo. Lo atribuyó a un desplazamiento de energía. Me explicó que al limpiarse, al aclararse el vínculo de conexión con el intento, la energía que de ordinario era utilizada para enturbiarlo y mantener fija su posición en el sitio habitual se liberaba y se concentraba de manera automática en el vínculo mismo. Me aseguró que no había técnicas preconcebidas o maniobras que un brujo pudiera aprender con anticipación para mover esa energía. Más bien, era cuestión de un desplazamiento automático e instantáneo que sucedía una vez que se había alcanzado un determinado grado de pericia.
Le pregunté cuál era ese grado de pericia. Me dijo que los brujos lo llamaban "el puro entendimiento". La comprensión proporcionaba el impulso. Para lograr ese desplazamiento instantáneo de energía se requería una conexión clara y límpida con el intento y, para obtener una conexión clara y límpida, todo lo que se necesitaba era intentarla mediante el puro entendimiento.
Naturalmente, quise que me explicara "el puro entendimiento". Él río y se sentó en una banca.
– Voy a decirte algo fundamental acerca de los brujos y sus actos de brujería -continuó-. Algo acerca del salto mortal del pensamiento a lo inconcebible. Quizás esto te dé la clave para comprender el puro entendimiento.
Dijo que algunos brujos se dedicaban a relatar historias. El narrar historias era para ellos no sólo el explorador de vanguardia que sondeaba sus límites perceptuales, sino también su camino a la perfección, al poder, al espíritu, al puro entendimiento. Guardó silencio por un momento; era obvio que buscaba un ejemplo apropiado. Me recordó que los indios yaquis poseían una colección oral de eventos históricos que ellos llamaban "fechas memorables". Yo sabía que las fechas memorables eran una compilación de relatos orales de su historia como nación en pie de guerra contra los invasores de su tierra: los españoles primero, los mexicanos después. Don Juan dijo de manera enfática, siendo él mismo un indio yaqui, que las fechas memorables constituían un acopio de sus derrotas y de su desintegración.
– ¿Que dirías tú -preguntó- tú que eres un hombre educado, si un brujo que relata historias tomara un relato de las fechas memorables, digamos por ejemplo, la historia de Calixto Muni y le cambiara el final? En vez de decir que Calixto Muni fue descuartizado por sus ejecutores españoles, como realmente ocurrió, él narrara la historia de Calixto Muni como el rebelde victorioso que logró liberar a su pueblo.
Yo conocía la historia de Calixto Muni, un indio yaqui quien, según las fechas memorables, sirvió durante muchos años en un barco bucanero en el Caribe, con objeto de aprender estrategias de guerra. A su regreso a Sonora, se las arregló para levantarse en armas contra los españoles y declarar la guerra de independencia, tan sólo para ser traicionado, capturado y ejecutado.
Don Juan me instó a hacer algún comentario. Le dije que yo me veía obligado a creer que, el cambiar un relato objetivo, basado en hechos reales, conforme él lo describía, era un recurso psicológico del brujo narrador para expresar sus anhelos ocultos. O quizás una forma personal e idiosincrática de aminorar la frustración. Agregué que inclusive hasta llamaría a ese brujo narrador un patriota, porque era obviamente incapaz de aceptar la amarga derrota.
Don Juan se ahogó de risa.
– Pero no se trata sólo de un específico brujo que relata historias -arguyó-. Todos los brujos que relatan historias hacen lo mismo.
– En ese caso, es una estratagema socialmente aprobada que expresa los anhelos ocultos de toda una sociedad -respondí-. Una forma socialmente aceptada de desahogar colectivamente la tensión psicológica.
– Tu argumento es locuaz, convincente y muy razonable -comentó-. Pero debido a que te falta el puro entendimiento no puedes ver tu falla.
Me miró como si me estuviera persuadiendo a comprender lo que me decía. Yo no hice ningún comentario; cualquier cosa que hubiera dicho me habría hecho parecer resentido.
– El brujo que relata historias y que cambia el final de un relato real y socialmente aceptado -dijo- lo hace bajo la dirección y los auspicios del espíritu. Como puede y sabe manejar su conexión con el intento, puede también manejar el puro entendimiento y cambiar las cosas. El brujo narrador hace señas de que ha intentado cambiar el relato, quitándose el sombrero, poniéndolo sobre el suelo y dándole una vuelta completa de derecha a izquierda. Bajo los auspicios del espíritu, ese simple acto lo precipita dentro del espíritu mismo. Ha dejado que su pensamiento dé un salto mortal a lo inconcebible.
Don Juan levantó el brazo por encima de la cabeza y, por un instante, apuntó hacia el cielo, sobre la línea del horizonte.
– Debido a que su puro entendimiento es un explorador de vanguardia que sondea aquella inmensidad -prosiguió don Juan- el brujo narrador sabe, sin lugar a dudas, que, en algún lugar, de alguna manera, ahí en ese infinito, en este mismo momento, ha descendido el espíritu. El pensamiento ha dado un salto mortal a lo inconcebible y Calixto Muni es el victorioso. Ha liberado a su pueblo. Su lucha ha trascendido lo personal.
– ¡Quién eres tú y tu pinche racionalidad para poner cadenas al pensamiento!
IX. MOVER EL PUNTO DE ENCAJE
Un par de días más tarde, don Juan y yo emprendimos un viaje a las montañas. Explicó que había decidido ir a un lugar especial, que creara un ambiente apropiado en donde explicarme algunos aspectos complejos de la maestría del estar consciente de ser. Habitualmente don Juan prefería ir a la cordillera del oeste, que además estaba más cerca, pero esa vez eligió las cumbres del este. Esa cordillera era mucho más alta y estaba más lejos. A mí me parecía más siniestra, oscura e imponente. No podía sin embargo determinar si esa impresión era mía o si, de algún modo, había absorbido los sentimientos de don Juan acerca de esas montañas.
Al llegar a las colinas bajas, antes de comenzar el ascenso a las empinadas cumbres, nos sentamos a descansar. Abrí la mochila que las mujeres videntes del grupo de don Juan me habían preparado y encontré un enorme pedazo de queso. Al verlo experimenté un momento de fastidio, como me sucede de costumbre, ya que el queso me ha encantado toda la vida, pero nunca me ha sentado bien. Y siempre he sido incapaz de rechazarlo.
Don Juan, desde el momento que se dio cuenta de mi debilidad, hizo lo imposible por aguijonearme con ella. Al principio me sentí muy avergonzado, pero mi vergüenza disminuyó al descubrir que cuando no había queso a mi alrededor no lo echaba de menos. El problema era que los bromistas del grupo de don Juan siempre me ponían un gran trozo de queso al alcance de la mano. Y yo, por supuesto, siempre terminaba por comerlo.
– Termínalo en una sola sentada -me aconsejo don Juan, con un destello de malicia en los ojos-. Así no tendrás que preocuparte más por el asunto.
Probablemente bajo la influencia de tal consejo, tuve el enorme deseo de devorar todo el trozo. Don Juan rió tanto que, una vez más, sospeché que se había puesto de acuerdo con su grupo para tenderme una trampa.
Ya más en serio, sugirió que pasáramos la noche allí, en las colinas y que tomáramos uno o dos días para llegar a las cumbres más altas. Yo estuve de acuerdo.