De una manera muy casual, don Juan me preguntó si me había acordado de algo sobre las cuatro disposiciones del acecho. Admití que había tratado, pero que me falló la memoria.
– ¿No recuerdas que te enseñé lo que significa no tener compasión? -preguntó-. No tener compasión, lo opuesto a tenerse lástima a sí mismo.
Yo no me acordaba de nada. Don Juan pareció quedarse pensando qué decir. De pronto las comisuras de su boca se dejaron caer en un gesto de fingida impotencia. Se encogió de hombros y, levantándose, caminó apresuradamente una corta distancia hasta la cima plana de una pequeña colina.
– Los brujos no tienen compasión -dijo, mientras nos sentábamos en el suelo rocoso-. Pero ya tú sabes todo eso. Lo hemos conversado tantas veces.
Después de un largo silencio dijo que continuaríamos discutiendo los centros abstractos de las historias de la brujería, pero que tenía la intención de hablar cada vez menos sobre ellos, pues se acercaba el momento en que me sería dado descubrirlos yo mismo y permitir que me revelaran su significado.
– Como ya te he dicho -continué-, el cuarto centro abstracto se llama "el descenso del espíritu" o "ser movido por el intento". La historia cuenta que, a fin de revelar los misterios de la brujería al hombre del que hemos estado hablando, fue necesario que el espíritu descendiera. El espíritu eligió un momento en que el hombre estaba distraído, con la guardia baja y, sin mostrar piedad alguna, dejó que su presencia moviera, por sí misma, el punto de encaje de ese hombre a una determinada posición. Una posición que los brujos describen como el sitio donde uno pierde la compasión o el sitio donde no hay piedad. Puesto que el hombre de nuestra historia perdió allí la compasión, el no tener compasión se convirtió en el primer principio de la brujería.
"El primer principio nunca debe confundirse con el primer efecto del aprendizaje de brujería, que es el moverse desde la conciencia normal a la conciencia acrecentada.
– No comprendo lo que trata usted de decirme -me quejé.
– Lo que quiero decir es que, según todas las apariencias, el moverse de un estado de conciencia al otro es lo primero que le ocurre a un aprendiz de brujo -replicó-. Por consiguiente es natural para un aprendiz asumir que el movimiento del punto de encaje es el primer principio de la brujería. Pero no es así. El primer principio de la brujería es el no tener compasión. Pero ya hemos hablado anteriormente de esto. Sólo estoy tratando de hacerte acordar.
En ese momento pude sinceramente haber dicho que no tenía ni la menor idea de lo que don Juan decía, pero también pude haber dicho que tenía la extraña sensación de que lo sabía muy bien.
– Acuérdate de la primera vez que te hablé de no tener compasión -me instó-. Acordarse tiene que ver con el movimiento del punto de encaje.
Esperó un momento para ver si yo seguía o no su sugerencia. Como era obvio que yo no podía hacerlo, continuo con su explicación. Dijo que por misterioso que fuera el moverse a la conciencia acrecentada sólo hacía falta la presencia del espíritu para lograrlo.
Comenté que ese día o bien sus enseñanzas eran extremadamente oscuras o yo estaba terriblemente denso, pues no podía seguir sus pensamientos en absoluto. Respondió, con mucha firmeza, que mi confusión no tenía la menor importancia y que lo único significativo era el que yo comprendiera que un mero contacto con el espíritu bastaba para facilitar el movimiento del punto de encaje.
– Ya te he dicho que el nagual es el conducto del espíritu -prosiguió-. Hay dos razones por las que el nagual puede dejar que el espíritu se exprese a través de él. Una es porque pasa toda su vida redefiniendo impecablemente su vínculo de conexión con el intento, y la otra es porque tiene más energía que el hombre común y corriente. Por ello, lo primero que experimenta un aprendiz de brujo es un cambio en su nivel de conciencia, un cambio provocado simplemente por la presencia del nagual. En realidad, no hay, ni se necesita ningún procedimiento para mover el punto de encaje. El espíritu toca al aprendiz a través del nagual y su punto de encaje se mueve. Así es de simple.
Le dije que sus aseveraciones me eran muy inquietantes, porque contradecían lo que yo difícilmente había aprendido a través de mi experiencia personaclass="underline" que la conciencia acrecentada era posible gracias a una maniobra sofisticada, aunque inexplicable, que don Juan llevaba a cabo para guiar mi percepción. A lo largo de mis años de relación con él, una y otra vez me había hecho entrar en la conciencia acrecentada golpeándome la espalda. Le hice notar su contradicción.
Alegó que lo de golpear la espalda es una genuina maniobra para manejar la percepción la primera vez que se pone en practica. De allí en adelante es solo una treta para atrapar la atención y borrar las dudas. El hecho de que el insistiera en darme palmadas lo llamó un pequeño ardid, producto de su personalidad moderada. Comentó, no del todo en broma, que yo debía estar agradecido de que él fuera un hombre tan simple y tan poco dado a lo bizarro. De lo contrario, para que se pudiera borrar cualquier duda de mi mente y el espíritu pudiera mover mi punto de encaje, yo habría tenido que vérmelas con ritos macabros.
– Lo que se necesita para que la magia pueda apoderarse de nosotros es borrar nuestras dudas -dijo-. Una vez que las dudas desaparecen, todo es posible.
Me hizo recordar un acontecimiento que yo había presenciado algunos meses antes, en la ciudad de México, el cual me había resultado incomprensible hasta que él me lo explicó, utilizando el paradigma de los brujos.
Lo que yo había presenciado fue una operación quirúrgica llevada a cabo por una famosa curandera psíquica. Su paciente fue un amigo mío y, para operarlo, la curandera entró en un trance muy dramático.
Pude observar que, utilizando un cuchillo de cocina, abrió la cavidad abdominal del paciente en la región umbilical, separó el hígado enfermo, lo lavó en un balde de alcohol, volvió a ponerlo en su sitio y cerró la abertura, que no tenía ni gota de sangre, con la mera presión de sus manos.
Varias personas, que estuvieron presentes en la habitación en penumbra, presenciaron la operación. Algunos parecían haber sido invitados como yo, los otros, parecían ser los ayudantes de la curandera.
Después de la operación hablé brevemente con tres de los invitados. Todos estaban de acuerdo en que habían presenciado lo mismo que yo. Cuando hablé con mi amigo, el paciente, me contó que él sólo había sentido un dolor constante, pero no fuerte, en el estómago y una sensación de ardor en el lado derecho.
Le había relatado todo esto a don Juan y hasta me atreví a dar una explicación cínica. Dije que, en mi opinión, la penumbra del cuarto se prestaba perfectamente para la prestidigitación, y que eso podría explicar el hecho de que vi los órganos internos fuera de la cavidad abdominal, enjuagados en el balde de alcohol. Por otro lado, el impacto emocional causado por el dramático trance de la curandera, que también me pareció un truco, ayudó a crear entre los presentes una atmósfera de fe casi religiosa.
De inmediato don Juan señaló que esto era una opinión cínica en vez de una explicación cínica, pues no explicaba el hecho de que mi amigo se hubiera recuperado de su enfermedad. Don Juan propuso entonces una explicación basada en el conocimiento de los brujos. Dijo que todo el acontecimiento se basaba en el hecho, incomprensible para la razón, de que la curandera fuese capaz de mover el punto de encaje del exacto número de personas en el cuarto. El único truco, si así se le podía llamar, era que el número de personas no excediera el que ella podía manejar.
Su dramático trance y el histrionismo consiguiente eran, según don Juan, o bien artificios conscientemente usados para atrapar la atención de los presentes o maniobras dictadas por el espíritu mismo, para ser usadas conscientemente. Como fuese, constituían el medio más apropiado para que la curandera pudiera fomentar la unidad de pensamiento necesaria para borrar dudas en los presentes, y así forzarlos a entrar en la conciencia acrecentada.