Выбрать главу

Justo al mediodía estábamos en las afueras de Guaymas, en el norte de México, en viaje desde Nogales, Arizona, cuando noté que a don Juan le pasaba algo. Desde hacía más o menos una hora estaba desacostumbradamente silencioso y sombrío. No quise darle mucha importancia, pero, de pronto, su cuerpo se contorsionó descontroladamente y la barbilla le golpeó el pecho, como si los músculos del cuello ya no pudieran sostener el peso de su cabeza

– ¿Lo marea el movimiento del carro, don Juan? -pregunté, súbitamente alarmado.

No me respondió. Respiraba por la boca, con mucha dificultad.

Durante la primera parte de nuestro viaje, que duraba ya varias horas, don Juan había estado muy bien. Hablamos largo y tendido sobre mil cosas. En la ciudad de Santa Ana, donde paramos a llenar el tanque de gasolina, hasta había hecho unos ejercicios chistosísimos contra el techo del auto para desentumecer los músculos de sus hombros.

– ¿Qué le pasa, don Juan? -pregunté.

Sentía punzadas de angustia en el estómago. El, aún con la barbilla sobre el pecho, murmuró que deseaba ir a un determinado restaurante y, con voz lenta y vacilante, me dio indicaciones exactas para llegar allí.

Estacioné el coche en una calle adyacente, a una cuadra del restaurante. Cuando abrí la puerta del coche para salir, don Juan se aferró de mi brazo con puño de hierro. Penosamente y con mi ayuda se arrastró por el asiento y salió por mi puerta. Ya en la acera se sujetó de mis hombros con ambas manos para mantener la espalda derecha. En un silencio nefasto, caminamos hacia el desmantelado edificio donde estaba el restaurante, yo sosteniéndolo a duras penas y él arrastrando los pies.

Don Juan iba colgado de mi brazo con todo su peso. Su respiración era tan acelerada y el temblor de su cuerpo llegó a ser tan alarmante, que caí en el pánico. Tropecé y tuve que apoyarme contra la pared para evitar que los dos cayéramos a la acera. Mi angustia era tal que no podía pensar. Lo miré a los ojos. Estaban opacos, sin su brillo habitual.

Entramos a paso torpe en el restaurante; un amable camarero se precipitó, como de sobreaviso, a ayudar a don Juan.

– ¿Cómo andan los males hoy viejito? -le gritó a don Juan en el oído.

Luego lo llevó, prácticamente en vilo, desde la puerta hasta una mesa; lo hizo sentar y desapareció.

– ¿Lo conoce a usted, don Juan? -le pregunté cuando estuvimos sentados.

El, sin mirarme, murmuró algo ininteligible. Me levanté y fui a la cocina del restaurante, en busca del ocupado camarero.

– ¿Conoce usted al anciano que ha venido conmigo? -le pregunté, cuando pude arrinconarlo.

– Por supuesto que lo conozco -respondió, con la actitud de quien apenas tiene paciencia para responder a una sola pregunta-. Es el viejo a quien le dan los ataques cerebrales.

Su contestación puso las cosas en claro. Comprendí entonces que don Juan había sufrido un leve derrame cerebral mientras viajábamos. No había nada que yo pudiera haber hecho para evitarle ese ataque, pero me sentía inerme y angustiado. El presentimiento de que lo peor aún no había sucedido me causó pánico.

Volví a la mesa y me senté en silencio. Al cabo de un rato, llegó el mismo camarero, con dos platos de camarones frescos y dos grandes tazones de sopa de tortuga. Se me ocurrió que, o bien en ese restaurante sólo se servían esos platos, o don Juan comía lo mismo cada vez que iba allí.

El camarero le habló a don Juan en voz tan alta que se lo oía por sobre el estrépito del resto de la clientela.

– Le va a caer muy bien su comida -gritó-. Se va a chupar los dedos. Si me necesita, levante el brazo y vendré enseguida.

Don Juan asintió con la cabeza y el camarero se retiró, no sin antes darle una palmadita afectuosa en la espalda.

Don Juan comió vorazmente, sonriendo para sí de vez en cuando. Yo estaba tan angustiado que sólo el hecho de pensar en comer me daba náuseas. Pero al fin, alcancé una especie de umbral de la ansiedad muy conocido para mí en mi tensa vida diaria; una vez que lo hube alcanzado mientras más me preocupaba más hambre sentía. Probé la comida y la encontré asombrosamente buena.

Terminando de comer, me sentí algo mejor, pero la situación no había cambiado y mi aflicción no disminuía. De repente, don Juan levantó el brazo por sobre la cabeza. En un momento se presentó el camarero para entregarme la cuenta. Le pagué y él ayudó a don Juan a ponerse de pie. Lo condujo del brazo hasta la calle y lo despidió efusivamente.

Volvimos al coche con el mismo trabajo; don Juan se apoyaba pesadamente en mi brazo, jadeaba y se detenía a recobrar el aliento cada pocos pasos. El camarero se había quedado en la puerta, como para asegurarse de que yo no iba a dejar caer al anciano.

Don Juan tardó dos o tres interminables minutos en subir al auto.

– Dígame, don Juan, ¿qué puedo hacer por usted? -supliqué.

– Da la vuelta al auto -ordenó, con voz vacilante y apenas audible-. Quiero ir al otro lado de la ciudad, a una tienda que me gusta mucho. Allí también me conocen. Son amigos míos.

Le dije que yo no sabía donde quedaba esa tienda. Masculló incoherencias y estalló en un berrinche: golpeó el piso del coche con los pies, hizo pucheros y hasta se babeó la camisa. Luego pareció tener un instante de lucidez. Me puse muy nervioso al presenciar cómo luchaba por ordenar sus pensamientos. Finalmente, logró indicarme cómo llegar hasta la dicha tienda.

Mi nerviosidad había llegado al colmo. Temía que el derrame cerebral de don Juan fuera más grave de lo que yo imaginaba. Quería deshacerme de él, dejarlo en manos de su familia o de sus amigos. Desgraciadamente, yo no sabía quiénes eran. Pensé que debería volver al restaurante para preguntar al camarero si por casualidad conocía a la familia de don Juan. Decidí esperar. Di una vuelta en redondo y me dirigí al otro extremo de la ciudad, en busca de la tienda. Después de todo, allí lo conocían; por seguro alguien me daría razón de su familia.

Cuanto más analizaba mi aprieto, más mal me sentía. Me vino una terrible sensación de tristeza. Todo se venía abajo. Don Juan ya no contaba. Lo echaría de menos, sí, pero la pena de perderlo no era tan grande como mi fastidio por tener que cargar con él.

Manejé casi una hora dando vueltas en busca de la famosa tienda. No di con ella. Don Juan admitió que podía haberse equivocado, que quizás el local estaba en otra ciudad. Para entonces, yo ya estaba completamente exhausto y no tenía ni idea de como salirme del aprieto.

En mi estado normal de conciencia, siempre había tenido la extraña sensación de conocer a don Juan mejor de lo que mi razón me indicaba. En ese momento, bajo la presión de su deterioro mental, tuve la certeza, sin saber por qué, de que sus amigos lo esperaban en algún lugar de México, aunque yo no sabía dónde.

Mi agotamiento era más que físico; era una mezcla de preocupación y remordimientos. Me preocupaba tener que cargar con un viejo que quizá estuviera mortalmente enfermo. Y me remordía la conciencia el serle tan desleal.

Me estacioné en una calle cerca al mar. Le llevó casi diez minutos bajar del coche. Caminamos despacio por la calle rumbo al malecón, pero a medida que nos aproximábamos, don Juan se empacó como una mula y se negó a seguir, murmurando que el agua de la bahía de Guaymas lo asustaba.

Dio la vuelta y se encaminó a la plaza principal. Y yo tuve que seguirlo. Era una plaza polvorienta en donde ni siquiera había bancas. Don Juan se sentó en el cordón de la acera. Pasó un camión de limpieza, haciendo rotar sus cepillos de acero, pero sin expulsión de agua. La nube de polvo me hizo toser.

La situación era tan intolerable que hasta me pasó por la mente la idea de abandonarlo allí mismo. Me sentí avergonzado por semejante pensamiento y lo tomé por el hombro en un gesto de afecto.

– Debe usted hacer un esfuerzo y decirme adónde puedo llevarlo -le dije en voz baja-. ¿Adónde quiere usted que vaya?

– A la mierda -replicó, en voz resquebrajada y ronca.