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– ¿Qué es lo que se traía usted, don Juan? -pregunté, sorprendido yo mismo por la frialdad de mi tono.

– Eso fue la primera lección en no tener compasión -respondió.

Comentó que, en el trayecto hacia Guaymas, me había advertido sobre la inminente lección en no tener compasión.

Admití que no le había prestado atención, convencido de que conversábamos sólo para romper la monotonía del viaje.

– Nunca hablo por hablar -dijo con severidad-. A estas alturas, ya deberías saberlo. Lo que hice esta tarde fue crear la situación adecuada para que descendiera el espíritu y moviera tu punto de encaje a un lugar exacto, un lugar que los brujos llaman "el sitio donde no hay compasión".

"El problema que los brujos deben resolver -continuó él- es que el sitio donde no hay compasión debe ser alcanzado con un mínimo de ayuda. El nagual prepara la escena, pero es el aprendiz quien llama al espíritu a que mueva su punto de encaje.

"Hoy día, tú hiciste eso. Yo te ayudé, quizá con un tantito de melodrama, moviendo mi punto de encaje a una posición específica que me convirtió en un viejo débil y caprichoso. Yo no estaba jugando a ser un viejo. Yo era un viejo senil.

El destello travieso de sus ojos me indicó que estaba disfrutando de ese momento.

– No era absolutamente necesario que yo hiciera eso -prosiguió-. Podría haberte dirigido a llamar al espíritu sin esas tácticas tan ajenas, pero no pude reprimirme. Ya que ese suceso no se repetirá jamás, quería comprobar si me era o no posible mover el punto de encaje como mi propio benefactor. Créemelo, para mí fue una sorpresa tan grande como debe de haberlo sido para ti.

Me sentía increíblemente tranquilo y a gusto. No tenía problema alguno en aceptar lo que me estaba diciendo y no hice preguntas, pues lo comprendía todo sin necesidad de explicaciones.

Don Juan dijo entonces algo que yo ya sabía, pero no podía verbalizar, ya que no habría podido hallar palabras adecuadas para expresarlo. Dijo que todo cuanto los brujos hacen es una consecuencia del movimiento de sus puntos de encaje, y que esos movimientos están regidos por la cantidad de energía que los brujos tienen a su disposición.

Le mencioné a don Juan que yo sabía todo eso y mucho más. Y él comentó que dentro de todo ser humano hay un gigantesco y oscuro lago de conocimiento silencioso que cada uno de nosotros podía intuir. Me dijo que yo podía intuirlo, quizá con un poco más de claridad que el hombre común y corriente, debido a mi participación en el camino del guerrero. Dijo luego que los brujos son los únicos seres en el mundo que, haciendo deliberadamente dos cosas trascendentales, llegan más allá del nivel intuitivo: primero, conciben la existencia del punto de encaje y segundo, logran que el punto de encaje se mueva.

Acentuó una y otra vez que lo más sofisticado de los brujos es el estar consciente de nuestro potencial como seres perceptivos, y el saber que el contenido de la percepción depende de la posición del punto de encaje.

Al llegar a ese momento comencé a experimentar una singular dificultad para concentrarme en lo que él decía, no porque estuviera distraído o fatigado, sino porque mi mente, por cuenta propia, jugaba a anticiparse a las palabras que él iba a usar. Era como si una parte desconocida de mi ser estuviera tratando infructuosamente de hallar términos adecuados para expresar sus pensamientos silenciosos. Mientras don Juan hablaba, yo tenía la sensación de que él iba a expresar mis propios pensamientos silenciosos. Me fascinaba comprobar que su elección de palabras era siempre mejor de lo que habría sido la mía. Pero al anticiparme a lo que iba a decir también disminuía mi concentración.

Detuve abruptamente el coche y me estacioné al costado de la carretera. Y allí tuve, por primera vez en mi vida, una clara noción de mi dualismo. Dos partes obviamente separadas, existían dentro de mi ser. Una era muy vieja, tranquila, indiferente; era pesada, oscura y estaba conectada con todo lo demás. Era la parte de mí a la que nada le importaba, pues era igual a toda cosa; era la parte que gozaba sin esperar nada. La otra parte era ligera, nueva, esponjosa, agitada; era nerviosa y rápida. Se importaba a sí misma porque se sentía insegura y no gozaba de nada, simplemente porque carecía de la capacidad de conectarse. Estaba sola, en la superficie, y era vulnerable. Era la parte con la que yo observaba al mundo.

Intencionalmente, miré a mi alrededor con esa parte. Por doquier vi grandes cultivos. Y esa parte de mí, insegura, esponjosa y preocupada quedó atrapada entre el orgullo que le inspiraba la laboriosidad del hombre y la tristeza de ver el magnífico y viejo desierto de Sonora convertido en un panorama de surcos simétricos y plantas domesticadas.

A la parte vieja, oscura y pesada de mí eso no le importó nada. Y las dos partes entraron en un debate. La parte esponjosa quería que la parte pesada se preocupara; la parte pesada quería que la otra dejara de fastidiarse y gozara de las cosas.

– ¿Por qué paraste? -preguntó don Juan.

Su voz me provocó una reacción, pero no sería exacto decir que fui yo quien reaccionó. El sonido de su voz pareció solidificar a la parte esponjosa y, de pronto, volví a ser reconociblemente yo mismo.

Describí a don Juan la comprensión que acababa de tener sobre mi dualismo. Dijo que, cuando el punto de encaje se mueve y llega al sitio donde no hay compasión, la posición de la racionalidad y el sentido común se debilita. Mi sensación de tener un lado más viejo, oscuro, y silencioso era una visión de los antecedentes de la razón.

– Sé exactamente lo que usted me dice -manifesté-. Sé muchísimas cosas, pero no puedo hablar de lo que sé. No se me ocurre cómo comenzar.

– Ya te he mencionado esto -dijo él-. Lo que estás experimentando y llamas dualismo es una visión del mundo desde otra posición de tu punto de encaje. Desde esa posición puedes sentir el mundo de una manera diferente y a eso lo llamas el lado más antiguo del hombre. Y lo que ese lado más antiguo sabe se llama el conocimiento silencioso. Es un conocimiento que tú aún no puedes expresar.

– ¿Por qué? -pregunté.

– Porque para expresarlo necesitas tener y usar una extraordinaria cantidad de energía -respondió-. En este momento no puedes gastar esa clase de energía, porque no la tienes.

El conocimiento silencioso es algo que todos poseemos -prosiguió-. Algo que tiene total dominio, total conocimiento de todo. Pero no puede pensar; por lo tanto, no puede expresar lo que sabe.

"Los brujos creen que en una época, al comienzo, cuando el hombre comprendió que sabía y quiso estar consciente de lo que sabía, perdió de vista lo que sabía.

"El error del hombre fue querer conocer directamente lo que sabía, tal como conocía las cosas de la vida diaria. Cuanto más deseaba ese conocimiento, más efímero, más silencioso se volvían

"Ese conocimiento silencioso, que nadie puede describir, es, por supuesto, el intento, el espíritu, lo abstracto.

– Pero ¿qué significa eso de que el hombre perdió de vista lo que sabía? -pregunté.

– Significa que el hombre renunció al conocimiento silencioso por el mundo de la razón -respondió-. Cuanto más se aferra al mundo de la razón, más efímero se vuelve el conocimiento silencioso.

Puse el coche en marcha y seguimos el viaje en silencio. Don Juan no trató de darme indicaciones sobre dónde ir ni cómo manejar, como solía hacer para exacerbar mi importancia personal. Yo no tenía una idea clara del rumbo que llevaba, pero algo en mí sí lo sabía. Dejé que esa parte se hiciera cargo de todo.

Muy avanzada ya la noche, y sin que yo conscientemente supiera por que, llegamos a una enorme casa en una zona rural del estado de Sinaloa, en el norte de México. El viaje pareció terminar en un abrir y cerrar de ojos. Yo no podía recordar los detalles del trayecto. Sólo sabía que no habíamos conversado.

La casa parecía estar vacía. No había señales de que allí viviera nadie. Sin embargo, de algún modo yo sabía que los amigos de don Juan vivían en esa casa. Sentía su presencia sin necesidad de verlos.