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Me instó a acordarme exactamente el momento en que la máscara vino a mí, pero yo no pude.

– Vino al instante en que sentiste que esa furia fría se apoderaba de ti -me dijo-, y tuviste que enmascararla. No bromeaste al respecto, como hubiera hecho mi benefactor. No trataste de parecer razonable como lo hubiera hecho yo. No fingiste que te intrigaba, como hubiera hecho el nagual Elías. Esas son las tres máscaras de nagual que conozco. ¿Qué hiciste, entonces? Caminaste tranquilamente hasta tu auto y regalaste la mitad de los paquetes al muchacho que te ayudaba a llevarlos.

Hasta ese momento yo no me acordaba de que ciertamente le pedí al primer muchacho que pasó junto a mí que me ayudara a llevar los paquetes. Le conté a don Juan que también me había acordado de haber visto luces bailando delante de mis ojos. Yo pensé que las veía, porque estaba a punto de desmayarme a causa de la furia que sentía.

– No, no estabas a punto de desmayarte -corrigió don Juan-. Estabas a punto de entrar en un estado de ensueño y de ver al espíritu por tu propia cuenta, como Talía y mi benefactor, pero no lo hiciste porque eres un idiota. En vez de esto, regalaste tus paquetes.

Le dije a don Juan que no era generosidad lo que me había impulsado a regalar los paquetes, sino esa furia fría que me consumía.

Tenía que hacer algo para tranquilizarme y eso fue lo primero que se me ocurrió.

– Pero eso es exactamente lo que vengo diciéndote: tu generosidad no es auténtica -replicó.

Y, para fastidio mío, se echó a reír.

XII. EL TERCER PUNTO

Frecuentemente, don Juan nos llevaba a mí y al resto de sus aprendices, en breves viajes de un día, a la cordillera occidental. En una ocasión partimos al amanecer y en la tarde emprendimos el viaje de regreso. Decidí caminar junto a don Juan. Estar cerca de él siempre me tranquilizaba, mientras que estar entre sus volátiles aprendices me producía el efecto opuesto.

Todavía en las montañas, antes de llegar al llano, tuve que detenerme. Me dio un ataque de profunda melancolía, tan inesperado y tan fuerte que no pude hacer otra cosa que sentarme. Don Juan se sentó conmigo. Siguiendo su sugerencia, me tendí boca abajo sobre un gran peñasco redondo.

El resto de los aprendices, después de mofarse de mí, continuaron caminando. Sus risas y sus chillidos se fueron perdiendo en la distancia. Don Juan me instó a quedarme tranquilo y dejar que mi punto de encaje, que se había movido con súbita rapidez, según dijo, se acomodara en su nueva posición.

– No te pongas agitado -me aconsejó-. Dentro de un rato sentirás una especie de tirón, una palmada en la espalda, como si alguien te hubiera tocado. Y luego estarás bien.

El hecho de yacer inmóvil sobre la roca, esperando una palmada en la espalda, me hizo acordar espontáneamente de un evento pasado. La visión fue tan intensa y clara que no llegué a notar la esperada palmada. Supe que la recibí, porque mi melancolía desapareció instantáneamente.

Me apresuré a describir a don Juan el evento del que me estaba acordando. El sugirió que permaneciera en la piedra y moviera mi punto de encaje hasta el sitio exacto en donde estaba cuando sucedió lo que le describía.

– Tienes que acordarte de todos los detalles -me advirtió.

Había ocurrido hacía ya muchos años; una tarde en que don Juan y yo estuvimos en los altos del estado de Chihuahua, una zona plana y desierta, en el norte de México. Yo solía ir allí con él, porque la zona era rica en las hierbas medicinales que él recogía. Desde un punto de vista antropológico, aquella región era de un gran interés para mí. Los arqueólogos habían descubierto allí restos de lo que creían que había sido un gran puesto de intercambio comercial prehistórico, estratégicamente situado en una ruta natural que unía el sudeste norteamericano con el sur de México y América Central.

Cuantas veces había yo estado en ese desierto de Chihuahua sentía reforzada mi convicción de que los arqueólogos estaban acertados en su conclusión de que se trataba de una ruta natural. Yo, por supuesto, había explicado mis teorías a don Juan sobre la influencia de esa ruta en la diseminación de las culturas prehistóricas en el continente norteamericano. En aquel entonces yo estaba profundamente interesado en explicar la brujería entre los indios del sudeste norteamericano, México y América Central como un sistema de creencias transmitido a lo largo de las rutas comerciales, que había servido para crear, en cierto nivel abstracto, una especie de panindianismo precolombino.

Don Juan, naturalmente, reía estruendosamente cada vez que yo exponía mis teorías.

Al promediar la tarde, después que don Juan y yo hubimos llenados dos bolsas con hierbas medicinales sumamente raras, nos sentamos en la cima de un enorme peñasco a tomarnos un descanso antes de regresar hasta donde yo había dejado mi auto. Don Juan insistió en hablar allí sobre el arte del acecho. Dijo que el lugar y el momento eran de lo más adecuados para explicar sus complejidades, pero que a fin de comprenderlas yo debía primeramente entrar en la conciencia acrecentada.

Le exigí que, antes que nada, me explicara qué era la conciencia acrecentada. Don Juan, haciendo gala de una gran paciencia, la explicó en términos del movimiento del punto de encaje. Yo sabía todo cuanto me estaba diciendo. Le confesé que, en realidad, no necesitaba esas explicaciones. El respondió que las explicaciones nunca estaban de más, ya que se acumulan en nosotros y podían servir para uso inmediato o posterior o para ayudarnos a alcanzar el conocimiento silencioso.

Cuando le pedí que me explicara más detalladamente lo del conocimiento silencioso, se apresuró a responderme que el conocimiento silencioso es una posición general del punto de encaje, que milenios antes había sido la posición normal, del género humano, pero que por motivos imposibles de determinar, el punto de encaje del hombre se había alejado de esa posición específica para adoptar una nueva, llamada la "razón".

Don Juan observó que la mayoría de los seres humanos no son representativos de esa nueva posición, porque sus puntos de encaje no están situados exactamente en la posición de la razón en sí, sino en su vecindad inmediata. Lo mismo había sucedido en el caso del conocimiento silencioso: tampoco los puntos de encaje de todos los seres humanos estaban situados directamente en esa posición.

También dijo que otra posición del punto de encaje, el "sitio donde no hay compasión", es la vanguardia del conocimiento silencioso; y que existe aún otra posición clave llamada el "sitio de la preocupación", la antesala de la razón.

No vi nada oscuro en esa explicación tan crítica. Para mí todo era más que obvio. Comprendí cuanto él decía, en tanto esperaba el habitual golpe entre los omóplatos para hacerme entrar en la conciencia acrecentada. Pero el golpe nunca llegó, y yo seguí comprendiendo todo lo que él decía sin darme cuenta de que comprendía. Perduraba en mí la sensación de tranquilidad, de dar las cosas por hechas, propia de mi conciencia normal, así que no puse en tela de juicio mi extraña capacidad de comprender.

Don Juan me miró fijamente y me recomendó que me tendiera boca abajo en un peñasco redondo, con los brazos y las piernas abiertas como una rana.

Así permanecí por unos diez minutos, completamente tranquilo, casi dormido, hasta que me sacó de mi sopor el suave gruñido de un animal. Levanté la cabeza y, al mirar hacia arriba, se me erizaron los cabellos. Un gigantesco jaguar oscuro estaba sentado en otro peñasco, a escasos tres metros de mí, justo por encima de donde estaba don Juan sentado en el suelo. El jaguar, con la vista fija en mí, mostraba los colmillos, como si estuviera listo para saltar sobre mí.

– ¡No te muevas! -ordenó don Juan, en voz muy baja-. Y no lo mires a los ojos. Míralo fijamente al hocico y no parpadees. Tu vida depende de tu mirada.