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Hice lo que me decía. El jaguar y yo nos miramos fijamente por un instante, hasta que don Juan quebró la tensión arrojándole su sombrero a la cabeza. Cuando el animal saltó hacia atrás para evitar el golpe, don Juan emitió un largo y penetrante silbido. Después gritó a todo pulmón y dio tres o cuatro palmadas con las dos manos juntas, que sonaron como disparos apagados.

Don Juan me hizo señas a que me bajara de la piedra y me reuniera con él. Los dos dimos gritos y palmeamos las manos hasta que él decidió que habíamos ahuyentado a la fiera.

Mi cuerpo temblaba; sin embargo, no me había asustado. Le dije a don Juan que lo que más me había atemorizado no era el súbito gruñido del felino ni su mirada fija, sino la certeza de que ya había llevado mucho tiempo mirándome, antes de que yo levantara la cabeza.

Don Juan no dijo una sola palabra sobre la experiencia. Estaba sumido en profundos pensamientos. Cuando comencé a preguntarle si había visto al animal antes que yo, hizo un enérgico gesto para acallarme. Me dio la impresión de que hasta se hallaba intranquilo, confuso.

Al cabo de un momento me hizo señas de que echáramos a andar y abrió la marcha. Nos alejamos de las rocas, serpenteando a paso rápido por entre la maleza.

Media hora después llegamos a un claro del chaparral, donde descansamos por unos momentos. No habíamos dicho una palabra y yo ansiaba saber qué estaba pensando él.

– ¿Por qué caminamos serpenteando? -pregunté- ¿No sería mejor salir volando de aquí, en línea recta, como una flecha?

– ¡No! -dijo con firmeza-. No nos valdría de nada. Ese es un jaguar macho. Está hambriento y va a seguirnos.

– Mayor razón para salir de aquí como flechas -insistí.

– No es tan fácil -dijo-. Ese jaguar no se halla estorbado por la razón. Sabrá exactamente lo que tiene qué hacer para cazarnos. De verdad que verá nuestros pensamientos.

¿Qué es eso de que el jaguar ve los pensamientos? -pregunté, francamente incrédulo.

– No se trata de una metáfora -aseguró-. Lo digo en serio. Los animales grandes, como ése, tienen la capacidad de ver el pensamiento. Y no me refiero a acertar; lo que quiero decir es que lo saben todo directamente.

– Entonces ¿qué debemos hacer? -pregunté, esta vez realmente alarmado.

– Debemos volvernos menos racionales y tratar de ganar la batalla haciéndole imposible ver lo que tenemos en mente -respondió.

– ¿Y cómo puede ayudarnos el ser menos racionales? -pregunté.

– La razón nos hace escoger lo que le parece sensato a la mente. Por ejemplo, tu razón ya te indicó correr velozmente en línea recta. Lo que tu razón no tuvo en cuenta es que si corremos tenemos que cubrir como diez kilómetros antes de llegar a tu coche. Y el jaguar es más veloz que nosotros. Nos sacaría ventaja y nos cortaría el camino, esperándonos en el sitio más apropiado para saltarnos encima.

"Una alternativa mejor, pero menos racional, es correr serpenteando.

– ¿Cómo sabe usted qué es mejor, don Juan? -pregunté.

– Lo sé porque mi vínculo de conexión con el espíritu es muy claro -replicó-. Es decir, mi punto de encaje está en el sitio del conocimiento silencioso. Desde allí, puedo ver que es un jaguar hambriento, pero no cebado en hombres. Y está desconcertado por nuestros actos. Ahora, si corremos serpenteando, tendrá que hacer un esfuerzo para anticiparnos.

– ¿Hay otras alternativas, además de correr en zigzag? -pregunté.

– Sólo se me ocurren alternativas racionales -dijo-. Y no tenemos el equipo necesario para respaldarlas. Por ejemplo, podríamos subir a la cima de un montículo, pero se precisa un arma para defendernos. Y lo que necesitamos es estar a la par con las decisiones del jaguar, dictadas por el conocimiento silencioso. Debemos hacer lo que nos dicte el conocimiento silencioso, por más irrazonable que parezca.

Comenzó a trotar en zigzag. Yo lo seguía desde muy cerca, pero sin ninguna confianza de que correr así pudiera salvarnos. Estaba yo sufriendo una reacción de pánico tardío. Me obsesionaba la imagen del enorme gato oscuro, mirándome, listo para saltar sobre mí.

El chaparral del desierto consistía en arbustos desgarbados, separados entre sí por un metro y medio o poco menos. Las lluvias limitadas del desierto no permitían la existencia de plantas de follaje denso ni de malezas espesas. Sin embargo, el efecto visual del chaparral era de espesura impenetrable.

Don Juan se movía con extraordinaria agilidad; yo lo seguía como podía. Sugirió que pusiera más cuidado al pisar y que tratara de hacer menos ruido, pues el crujir de las ramas secas bajo mis pies estaba delatando nuestra presencia.

Traté deliberadamente de pisar en las huellas de don Juan para no quebrar más ramas secas. Serpenteamos a lo largo de unos cien metros, y de repente, la enorme masa oscura del jaguar, apareció a unos nueve o diez metros detrás de nosotros.

Grité a viva voz. Don Juan, sin detenerse, se volvió con prontitud, a tiempo de ver que el enorme animal desaparecía entre los arbustos hacia nuestra izquierda. Comenzó entonces a dar penetrantes silbidos y a palmotear fuertemente las manos.

En voz muy baja, dijo que a los felinos no les gustaba bajar ni subir cuestas, y que por ello íbamos a cruzar, a toda velocidad, el ancho y profundo barranco que se abría a unos cuantos metros a nuestra derecha.

Me dio la señal y ambos corrimos a toda prisa rompiendo matorrales. Nos deslizamos velozmente adentro del barranco por uno de sus empinados lados hasta llegar al fondo y ascendimos por el otro costado. Desde allí veíamos claramente los dos costados, el fondo del barranco y la planicie por donde habíamos venido corriendo. Don Juan susurró que como el jaguar iba siguiéndonos el rastro, con un poco de suerte lo veríamos descender al fondo del barranco.

Sin apartar la vista del lugar por donde veníamos, esperé, ansiosamente para ver al animal. Pero no vi nada. Empezaba a pensar que el jaguar había seguido de largo en la dirección opuesta, cuando oí el pavoroso rugido de la enorme bestia en el chaparral, justo detrás de nosotros. Tuve entonces la escalofriante seguridad de que don Juan estaba en lo cierto: para estar justo detrás de nosotros, el jaguar tenía que haber adivinado exactamente nuestras intenciones y cruzado el barranco antes que nosotros.

Sin pronunciar una sola palabra, don Juan echó a correr a una formidable velocidad. Lo seguí. Ambos serpenteamos por un largo rato. Yo estaba a punto de explotar sin aliento, cuando nos detuvimos.

El miedo de ser perseguido por el jaguar no me había impedido, sin embargo, admirar la prodigiosa hazaña física de don Juan. Corría como un hombre de veinte años. Empecé a contarle que verlo correr así me había recordado a alguien que en mi infancia me había impresionado profundamente con su velocidad, pero él me hizo señas de callar. Escuchaba con mucha atención y yo hice lo mismo.

Oí un leve crujido de hojas secas en el chaparral, justo delante de nosotros. Y un momento después la silueta negra del jaguar se hizo visible por un instante a unos cincuenta metros de nosotros.

Don Juan se encogió de hombros y señaló en la dirección donde estaba el animal.

– Parece que no podremos sacárnoslo de encima -dijo, con aire de resignación-. Caminemos tranquilamente, como si estuviéramos paseando por el parque. Ahora puedes contarme esa historia.

Rió estruendosamente cuando le dije que yo había perdido todo interés en contar la historia.

– Eso es castigo por no querer escucharte antes, ¿verdad? -preguntó, sonriendo.

Y yo, por supuesto, comencé a defenderme. Le dije que su acusación era decididamente absurda, y que lo que en realidad había sucedido es que perdí el hilo de la historia.

– Si un brujo no tiene importancia personal, le importa un comino perder o no el hilo de una historia -dijo, con un brillo malicioso en los ojos-. Puesto que ya no te queda ni un ápice de importancia personal, deberías contar tu historia ahora mismo. Este es el momento justo y el lugar más apropiado para ello. Un jaguar nos persigue con un hambre de todos los diablos y tú estás rememorando tu pasado: el perfecto no-hacer para cuando a uno lo persigue un jaguar.