Pero si la hacía suya, si dejaba su marca en ella de la manera más física posible, estaría para siempre, siempre con él.
Y ella sería suya.
Ella se desprendió de su mano y, girándose, retrocedió hasta dejar unos cuantos pasos de distancia entre ellos.
– ¿No quieres otro beso, Francesca? -musitó, avanzando hacia ella con agilidad felina.
– Fue un error -musitó ella, con la voz trémula.
Retrocedió otro paso y tuvo que detenerse porque chocó con el borde de una mesa.
– No si nos casamos -dijo él, acercándosele.
– No puedo casarme contigo, lo sabes.
Él le cogió la mano y se la acarició suavemente con el pulgar.
– Y eso ¿por qué?
– Porque yo… tú… eres tú.
– Cierto -dijo él, llevándose la mano de ella a la boca y besándole la palma. Luego deslizó la lengua por su muñeca, simplemente porque podía-. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo -añadió, mirándola a través de las pestañas-, ya no hay ningún otro que yo quiera ser.
– Michael -susurró ella, arqueándose hacia atrás.
Lo deseaba, comprendió él. Lo notaba en su respiración.
– ¿Michael no o Michael sí? -musitó, besándole el interior del codo.
– No lo sé -gimió ella.
– Muy justo.
Fue subiendo los labios hasta mordisquearle suavemente el mentón, hasta que ella no tuvo otra opción que echar atrás la cabeza. Y él no tuvo otra opción que besarle el cuello.
Continuó besándola, deslizando los labios lenta y concienzudamente, sin dejar ni una pulgada de su piel libre del asalto sensual. Subió la boca por el contorno de la mandíbula, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y de allí bajó hasta el borde del escote, que cogió entre los dientes. La oyó ahogar una exclamación, pero no le dijo que parara, por lo que fue bajando y bajando el corpiño hasta que quedó libre un pecho.
Dios santo, cuánto le gustaba esa nueva moda femenina.
– ¿Michael? -susurró ella.
– Chss.
No quería tener que contestar ninguna pregunta; no quería que ella pudiera pensar como para hacer una pregunta.
Deslizó la lengua por debajo del pecho, saboreando el aroma salado y dulce de su piel y luego ahuecó la mano en él. Había ahuecado la mano ahí por encima del vestido aquella vez que se besaron, y encontró que eso era el cielo, pero no era nada comparado con la sensación de su pecho cálido y desnudo en su mano.
– Oooh -gimió ella-. Ooh…
Él le sopló suavemente al pezón.
– ¿Puedo besarte? -le preguntó, mirándola.
Eso era un riesgo, esperar su respuesta. Tal vez no debería haberle hecho esa pregunta, pero aunque toda su intención era seducirla, no lograba resignarse a hacerlo sin recibir por lo menos una respuesta afirmativa suya.
– ¿Puedo? -repitió, y endulzó la petición lamiéndole ligeramente el pezón.
– ¡Sí! -exclamó ella-. Sí, por el amor de Dios, sí.
Él sonrió, una sonrisa larga, lánguida, saboreando el momento. Y luego, dejándola estremecerse de expectación tal vez un segundo más de lo que era justo, se inclinó y se apoderó de su pecho con la boca, derramando años y años de deseo en ese pecho, centrándolo perversamente en ese inocente pezón.
Ella no tenía ni una mínima posibilidad.
– ¡Oooh! -exclamó ella, cogiéndose del borde de la mesa para afirmarse y arquear todo el cuerpo-. Ohh. Ohh, Michael. Ohh, Dios mío.
Aprovechó su pasión para cogerla por las caderas y levantarla hasta dejarla sentada en la mesa, con las piernas separadas para él, y se instaló entre ellas, en esa cuna femenina.
Sintió correr la satisfacción por sus venas, aun cuando su cuerpo gritaba, reclamando su propio placer. Le encantaba poder hacerle eso a ella, hacerla exclamar, gemir y gritar de deseo. Ella era muy fuerte, siempre fría y serena, pero en ese momento era simple y puramente de él, esclavizada por sus necesidades, cautiva de las expertas caricias de él.
Le besó el pecho, le lamió, mordisqueó y tironeó el pezón. La torturó hasta que creyó que ella iba a estallar. Tenía la respiración agitada y entrecortada, y sus gemidos eran cada vez más incoherentes.
Y mientras tanto él deslizaba las manos por sus piernas, primero cogiéndole los tobillos, luego las pantorrillas, subiéndole más y más la falda y las enaguas, hasta que quedaron arrugadas sobre sus rodillas.
Y sólo entonces se apartó y le permitió tener una insinuación de alivio.
Ella lo estaba mirando con los ojos empañados, los labios rosados y entreabiertos. No dijo nada; él comprendió que era incapaz de decir algo. Pero vio la pregunta en sus ojos. Bien podía estar sin habla, pero aún estaba algo lejos del desquiciamiento total.
– Me pareció que sería cruel torturarte más tiempo -dijo, cogiéndole suavemente el pezón entre el pulgar y el índice.
Ella emitió un gemido.
– Te gusta esto -dijo. Era una afirmación, no una particularmente elegante, pero ella era Francesca, no una mujer anónima a la que iba a dar un revolcón rápido cerrando los ojos e imaginándose su cara. Y cada vez que ella gemía de placer el corazón le vibraba de alegría-. Te gusta -repitió, sonriendo satisfecho.
– Sí -musitó ella-. Sí.
Él se inclinó a rozarle la oreja con los labios.
– Esto también te gustará.
– ¿Qué? -preguntó ella, sorprendiéndolo. Había creído que ella estaba tan sumergida en la pasión que no podría hacerle preguntas.
Le subió otro poco las faldas, lo suficiente para que no se deslizaran y cayeran hacia abajo.
– Deseas oírlo, ¿verdad? -musitó, subiendo las manos hasta dejarlas apoyadas en sus rodillas-. Le apretó suavemente los muslos, trazándole círculos con los pulgares-. Quieres saber.
Ella asintió.
Él se le acercó más otra vez, y le rozó suavemente los labios con los suyos, pero dejándose espacio para poder continuar hablando:
– Me hacías muchas preguntas -susurró, deslizando los labios hacia su oreja-. Michael, cuéntame algo pícaro. Cuéntame algo inicuo.
Ella se ruborizó. Él no le vio el rubor, pero lo percibió, sintió en su piel cómo le subía la sangre a las mejillas.
– Pero yo nunca te dije lo que deseabas oír, ¿verdad? -continuó, mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja-. Siempre te dejaba fuera de la puerta del dormitorio.
Se interrumpió, no porque deseara oír una respuesta sino porque deseaba oírla respirar.
– ¿Te quedabas con la curiosidad? -musitó-. ¿Después te quedabas con la curiosidad de saber lo que no te había dicho? -Nuevamente la rozó con los labios, sólo para sentirlos deslizándose por su oreja-. ¿Querías saber lo que hacía cuando me portaba mal?
No le exigiría contestar, eso no sería justo, pero no pudo impedir que su mente retrocediera a esos momentos, a las incontables veces que la atormentaba con insinuaciones respecto a sus proezas sexuales.
Sin embargo, nunca había logrado hablar de eso, aun cuando ella siempre preguntaba.
– ¿Quieres que te lo diga? -susurró. Notó que ella se movía ligeramente por la sorpresa y se echó a reír-. No sobre ellas, Francesca. Sobre ti. Sólo de ti.
Ella desvió ligeramente la cara, por lo que sus labios se deslizaron por su mejilla. Se apartó un poco para verle la cara y vio su pregunta claramente en sus ojos.
«¿Qué quieres decir?»
Él deslizó las manos sobre sus muslos, ejerciendo la presión necesaria para separárselos otro poco.
– ¿Quieres que te diga lo que voy a hacer ahora? -Se inclinó y le pasó la lengua por el pezón, que ya estaba duro y tenso con el aire frío de la tarde-. ¿A ti?