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Ella tragó saliva, convulsivamente. Él decidió interpretar eso como un sí.

– Hay muchas opciones -dijo, con la voz ronca, subiendo otro poco las manos por sus muslos-. No sé muy bien por dónde empezar.

Se detuvo a mirarla un momento. Ella tenía la respiración agitada, rápida, los labios entreabiertos e hinchados por sus besos. Y estaba como atontada, totalmente bajo su hechizo.

Se inclinó nuevamente, hacia la otra oreja, procurando que sus palabras le llegaran ardientes y húmedas hasta el alma:

– Pero creo que debería comenzar por donde me necesitas más. En primer lugar te besaría… -le presionó con los pulgares la blanda piel de la entrepierna- aquí.

Guardó silencio un momento, el suficiente para que ella se estremeciera de deseo.

– ¿Te gustaría eso? -continuó, con toda la intención de atormentarla y seducirla-. Sí, veo que sí. Pero eso no sería suficiente, para ninguno de los dos. -Deslizó los pulgares hasta tocarle le hendidura de la entrepierna y los presionó suavemente, para que ella supiera exactamente a qué se refería-. Creo que te gustaría mucho un beso aquí -añadió-, casi tanto -deslizó hacia abajo los pulgares por los bordes, acercándolos más y más a su centro- como un beso en la boca.

Ella estaba respirando más rápido.

– Tendría que estar un buen rato ahí -musitó él-, y tal vez cambiar los labios por la lengua, pasarla por este borde. -Empleó la uña para indicar el lugar-. Y mientras tanto te iría abriendo más y más. ¿Así, tal vez?

Se apartó, para examinar su obra. Lo que vio era pasmosamente erótico. Ella estaba sentada en el borde de la mesa, con las piernas abiertas, aunque no tanto para lo que deseaba hacer. La orilla de la falda le seguía colgando entre los muslos, ocultando su abertura, pero en cierto modo eso la hacía más tentadora. No necesitaba verle eso, no todavía en todo caso. Su posición ya era lo bastante seductora, todavía más por su pecho, todavía desnudo a su vista, con el pezón duro, suplicando más caricias.

Pero nada, nada podría haberle azuzado más el deseo que su cara. Los labios entreabiertos, los ojos oscurecidos a un azul cobalto por la pasión. Cada respiración de ella parecía decirle: «Tómame».

Y eso casi bastó para obligarlo a renunciar a su perversa seducción y enterrarse en ella allí mismo y en ese instante.

Pero no, tenía que hacerlo lento. Tenía que atormentarla, torturarla, llevarla a las alturas del éxtasis y mantenerla ahí todo el tiempo que pudiera. Tenía que asegurarse de que los dos comprendieran que eso era algo de lo que no podrían prescindir jamás.

De todos modos, eso era difícil; no, era difícil para él, pues estaba tan excitado que le resultaba condenadamente difícil contenerse.

– ¿Qué te parece, Francesca? -musitó, apretándole nuevamente los muslos-. Creo que no te hemos abierto mucho, ¿no crees?

Ella emitió un sonido. Él no supo qué era, pero lo encendió.

– Tal vez más de esto -dijo, y se le acercó más hasta que sus piernas quedaron totalmente abiertas.

La falda le quedó tirante sobre los muslos.

– Pst, pst, esto tiene que ser muy incómodo. A ver, déjame que te ayude.

Cogió la orilla del vestido y la tironeó hasta dejarla suelta sobre su cintura. Y esa parte de ella quedó totalmente al descubierto.

Él no la veía todavía, teniendo sus ojos fijos en su cara. Pero saber en qué posición estaba ella los hizo estremecerse a los dos, a él de deseo y a ella de expectación, y él tuvo que enderezar los hombros y acerarlos para conservar su autodominio. Todavía no era el momento. Lo sería, y pronto, seguro; estaba seguro de que se moriría si no la hacía suya esa noche.

Pero por el momento, seguía siendo Francesca. Y lo que él lograra hacerle sentir.

– No tienes frío, ¿verdad? -le susurró con la boca pegada al oído.

Ella sólo contestó con una respiración temblorosa.

Él puso un dedo en su centro femenino y comenzó a acariciárselo.

– Jamás permitiría que sintieras frío. Eso sería muy poco caballeroso. -Comenzó a acariciarla ahí en círculos, ardientes, lentos-. Si estuviéramos al aire libre, te ofrecería mi chaqueta. Pero aquí -le introdujo un dedo, lo suficiente para hacerla ahogar una exclamación-, sólo puedo ofrecerte mi boca.

Ella emitió otro sonido incoherente, que sonó apenas como un gritito ahogado.

– Sí -dijo él, perversamente-, eso es lo que te haría. Te besaría ahí, justo donde sentirías el mayor placer.

Ella no pudo hacer otra cosa que respirar.

– Creo que comenzaría con los labios -continuó él-, pero luego tendría que continuar con la lengua para poder explorarte más en profundidad. -Le introdujo más los dedos para demostrarle lo que pensaba hacer con la lengua-. Más o menos así, creo, pero sería más ardiente. -Le pasó la lengua por el interior de la oreja-. Y más mojado.

– Michael -gimió ella.

Ah, dijo su nombre, y nada más. Estaba acercándose al borde.

– Lo saborearía todo -susurró-. Hasta la última gota de ti. Y entonces, cuando estuviera seguro de que te había explorado totalmente, te abriría más. -Le abrió los pliegues con los dedos, introduciéndolos y abriéndola de la manera más perversa posible, y luego le atormentó la piel con la uña-. Por si me hubiera dejado algún rincón secreto.

– Michael -volvió a gemir ella.

– ¿Quién sabe cuánto tiempo te besaría? -susurró él-. Podría no ser capaz de parar. -Movió un poco la cara para poder mordisquearle el cuello-. Podría ser que tú no quisieras que parara. -Le introdujo otro dedo-. ¿Quieres que pare?

Jugaba con fuego cada vez que le hacía una pregunta, cada vez que le daba la oportunidad de decir no. Si estuviera más frío, más calculador, simplemente continuaría con la seducción y la poseería antes de que ella comenzara a considerar sus actos. Ella estaría tan inmersa en la oleada de pasión que antes de que se diera cuenta él estaría dentro de ella y sería, por fin e indeleblemente suya.

Pero había algo en él que no le permitía ser tan implacable; ella era Francesca, y necesitaba su aprobación aún cuando esta no fuera otra cosa que un gemido o un gesto de asentimiento. Era probable que después lo lamentara, pero él no quería que pudiera decir, ni siquiera para sí misma, que había sido sin pensarlo, que no había dicho sí.

Necesitaba el sí de ella. La amaba desde hacía tantos años, había soñado tanto tiempo con acariciarla, y ahora que había llegado el momento, simplemente no sabía si podría soportar que ella no lo deseara. El corazón de un hombre se puede romper de muchas maneras, y no sabía si podría sobrevivir a otra rotura más.

– ¿Quieres que pare? -repitió.

Esta vez sí paró. No retiró las manos, pero dejó de moverlas; se quedó quieto y le dio tiempo para contestar. Y apartó la cabeza, lo justo para que ella le mirara la cara, o si no eso, lo justo para poder mirarla él.

– No -susurró ella, sin levantar los ojos hacia los de él.

A él le dio un vuelco el corazón.

– Entonces será mejor que haga lo que he dicho -musitó.

Y lo hizo. Se arrodilló y la besó ahí. La besó mientras ella se estremecía; siguió besándola mientras ella gemía. Continuó besándola ahí cuando ella le cogió el pelo y se lo tironeó, y continuó cuando ella le soltó el pelo y movió las manos buscando desesperada un lugar para afirmarse.

La besó de todas las maneras que le había prometido, y continuó hasta que ella casi tuvo su orgasmo.

Casi.

Lo habría hecho, habría continuado, pero no lo consiguió. Tenía que tenerla. Había deseado eso tanto tiempo, había deseado hacerla gritar su nombre y estremecerse de placer en sus brazos… que cuando eso ocurriera, la primera vez al menos, deseaba estar dentro de ella. Deseaba sentirla alrededor de su miembro, y deseaba…